Premio de Honor

Chicho, un Goya europeísta

  • El realizador de 'Historias para no dormir' y 'Un, dos, tres' es un precursor de formatos y tendencias audiovisuales en España

Chicho Ibáñez Serrador a principios de los 70 en su despacho Chicho Ibáñez Serrador a principios de los 70 en su despacho

Chicho Ibáñez Serrador a principios de los 70 en su despacho / RTVE

Cuando propuso a TVE hacer la serie sobre figuras ilustres de los Premios Nobel que ya había hecho en Argentino le respondieron que nones, que esos premios estaban plagados de tipos progres y peligrosos. La España de los 60 aún era así, tan corta de miras. Chicho Ibáñez Serrador, un apocado adolescente que se curtió en escenarios y giras, había dado la vuelta al mundo cuando recaló en Prado del Rey, prometiendo innovación, modernidad y hasta premios internacionales (con El asfalto, Historias de la frivolidad). Con terror y humor, sus dos fijaciones, coloreó una pantalla que todavía era tan en blanco y negro como el resto del país.

Había regresado de Sudamérica en 1963, con un bagaje de programas realizados y un par de cintas donde mostró lo que quería y podía hacer. Y empezó con Mañana puede ser verdad, esos cuentos proféticos, entre la intriga y la ciencia ficción, tan de su gusto. Pero, ya en los 70, su mayor popularidad se la dio el puro entretenimiento, el concurso Un, dos, tres, nacido en 1972 un tanto por encargo para animar la parrilla. Con el peruano Kiko Ledgard, que venía a probar suerte en España, levantaron el formato de un concurso en tres partes que, debidamente adobadas (con guiño a la censura como en Historias de la frivolidad), asombraban a las familias del tardofranquismo. Un, dos, tres es patrimonio nacional de los recuerdos colectivos.

El concurso, ya en la etapa en color de la TVE  única, vivió sus momentos de más audiencia en la etapa de Pilar Miró como directora general, sobre 1987, cuando el espacio regresó a los viernes.  La propia directora se sentaba en la mesa de montaje y le pegaba unos tajos que no te menees a la 'torta' que le mandaba Chicho. Cogía la catana de la concreción y le pegaba sus buenos recortes al concurso de Narciso y los empastes de Mayra Gómez Kemp y lo dejaba en poco más de hora y media. A falta de índices de audiencia el Un, dos, tres encabezaba los llamados paneles de aceptación y reunía a más de 20 millones de españoles, más que el gol de Iniesta.

Ibáñez Serrador, alumno aventajado de Hitchcock y maestro de realizadores puntillosos, tozudo, innovador, mirador de reojo, estuvo siempre listo en una TVE de arenas movedizas (fue director del programas en el semiaperturista 1974 y le cesaron con el escote de Rocío Jurado) y hasta este siglo siempre estuvo adelantado  a su tiempo.

Entre sus dramáticos de miedo, sus miedos dramáticos, Hablemos de sexo, El semáforo  y en tiempos negruzcos, de tanto miedo en la calle, Historias para no dormir, fue profeta de la normalidad y del europeísmo. Avanzó  formatos y tendencias aunque la televisió le terminó de superar como una ola por la cabeza, a él y a sus planteamientos.

Si hubiera nacido ahora sería un director de casting impagable y creador de youtubers. Con la cara adecuada y tras una dosis de reiteración, fabricaba estrellas, aunque alguna se estrellara. Pertenecía a una generación de pioneros que se nos está marchando  del todo.  Aún nos debe una penúltima profecía antes de que recoja en Sevilla el Goya de Honor.

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