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Cuestión de fe y piel

  • Tres cargadores gaditanos muestran la imagen religiosa que decidieron tatuarse, bien como resultado de una promesa o simplemente por deseo

UN creyente. Una promesa. Un tatuaje. Baldomero Aranda prometió al Nazareno que inmortalizaría su rostro sobre su piel si convertía en realidad un ruego. Su petición cobró forma y el gaditano cumplió con su palabra. De ello hace ya 18 años y la imagen religiosa permanece desde entonces grabada en su paletilla izquierda.  

"No soy una persona amante de los tatuajes. Sólo tengo éste, y no creo que me vuelva a hacer otro. Esta imagen surgió por una promesa que, gracias a Dios, se cumplió, y estoy muy satisfecho del resultado. En 18 años, no he tenido que retocarlo ni una sola vez, y no le encuentro ni un solo defecto", comparte Aranda, un apasionado de la Semana Santa y de la carga. Ayer acompañó al Cristo del Mayor Dolor de la Sanidad, hoy recorrerá las calles con Jesús de la Sentencia y el Sábado Santo lo hará con la Virgen de la Soledad del Santo Entierro. "Y éste es uno de los años más cortos para mí", puntualiza Chico, que en Semanas Santas anteriores ha portado el Nazareno, la Sagrada Cena y el Nazareno del Amor.

Aún se le eriza el vello cuando recuerda que, hace unos años, estando tumbado boca abajo en la playa, sintió que alguien le acariciaba la espalda. "Era una señora mayor, de más de 70 años. Se besó la mano y tocó la imagen en varias ocasiones. Me confesó su devoción por el Nazareno, y me dijo: Que te dé mucha salud, hijo. A mí me ha ayudado mucho". "No lo olvidaré en la vida", manifiesta rotundo el cofrade, de 42 años.  

Tampoco olvidará el día que cumplió con su promesa, poniéndose en las manos del tatuador Panky. "Le llevé una foto de un primer plano de la imagen que me gustaba mucho, y la calcó. Sólo precisó de una sesión para darle forma y hacer esta obra de arte". En ella invirtió Chico unas 25.000 pesetas, y volvería a hacerlo porque, como bien dice, las promesas hay que cumplirlas.

La imagen de Jesús Caído que luce Pedro Rengel en su paletilla izquierda no responde a ninguna promesa, sino más bien a un deseo, como relata el propio cargador. "Fue iniciativa propia, un antojo. Es algo que tenía pensado desde hace mucho tiempo, y por fin pude hacérmelo hace seis años. Jesús Caído es mi titular, es mi Cristo, y me apetecía llevarlo siempre conmigo". 

Al igual que Aranda, Rengel carga varios pasos de la Semana Santa gaditana. Se inició en este mundo hace 17 años, cuando tenía 25, y lo hizo con la hermandad del Martes Santo. Desde hace dos años también lleva el paso de palio de la Virgen de Gracia y Esperanza de la cofradía de la Oración en el Huerto, y tiene intención de seguir cargando "hasta que me dejen y las fuerzas me lo permitan". 

En cambio, no tiene intención de volver a marcar su piel. Al menos, no por ahora. Se conforma con la imagen religiosa y un tribal con forma de dragón que luce en el brazo izquierdo. "Estoy contento con mis dos tatuajes. Con la imagen de Jesús Caído estoy muy contento. Me sorprendió el resultado porque es igual que la foto que le llevé a Willy, el tatuador. Pero mi intención nunca ha sido lucirlo. Simplemente, es una imagen que quiero llevar conmigo". 

Considera el gaditano que los tatuajes de imágenes religiosas "no están bien vistas". "Tatuajes talegueros, dicen que son. Es lo que yo he escuchado, pero a mí me da igual". Insiste en que no se lo hizo con la intención de exhibirlo. 

Dos sesiones fueron necesarias para iniciar y rematar el diseño, además de un desembolso de 200 euros. En la primera sesión, el profesional marcó el contorno del retrato y, una vez cicatrizada la piel, Pedro regresó al estudio de Nosferatu Tattoo para sombrear, en blanco y negro, el dibujo y darle color a las gotas de sangre que resbalan por el cuello del Caído. "No es la imagen de un Cristo cualquiera. Quería que se identificara con el Cristo de mi hermandad ,y el resultado fue magnífico". 

Alejandro Cortés recurrió al mismo tatuador que Rengel para cumplir con su deseo de llevar siempre consigo la imagen de la Virgen de la Soledad de la Vera-Cruz. Es la hermandad de su familia y en la que él mismo comenzó a procesionar, como monaguillo, a la edad de seis años. Nueve son los que lleva cargando su paso de palio, y cuatro los meses que lleva luciendo la imagen religiosa en su brazo derecho. El grabado de la Virgen -con diadema de hebrea porque el cofrade la prefería sin corona- está rematada con una paloma que simboliza el Espíritu Santo. También luce un rosario con las iniciales de su familia que se tatuó en Soria hace unos años, y en la cara interna del brazo se puede leer el nombre de su hijo, Ezequiel, junto a dos cabezas de querubines. 

"Estoy encantado con el dibujo porque yo no quería tatuarme la típica imagen de la Virgen. Se lo comenté a mi hermano y me mostró fotografías de Nuestra Señora de la Soledad vestida de hebrea. Me gusta más así que con la corona", comenta el joven de 28 años. La obra de la Dolorosa fue realizada en tres sesiones, y el coste rondó los 550 euros. "Sarna con gusto no pica", ríe tras mencionar el precio. 

El cargador, que también porta al Despojado, al Cristo de Las Cigarreras y a la Virgen de la Soledad del Santo Entierro, no descarta volver a recurrir a las agujas para inmortalizar en su cuerpo una imagen religiosa o, mejor dicho, una parte de ella, pues su intención es dibujarse sólo "los ojos de Jesús Despojado". "Pero en todo caso, me lo haría más adelante", apostilla. 

Bien por promesa o simplemente por deseo, los tres cargadores gaditanos se muestran encantados con las estampas talladas en su propia piel. 

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