San Fernando

150 minutos de Lunes Santo

  • La hermandad de los Estudiantes desafió los partes del tiempo y se echó a la calle. Fue la única en hacerlo pero finalmente se dio media vuelta antes de llegar a la Carrera Oficial ante un cielo cada vez más amenazador

LA  del Lunes Santo ha sido una de las jornadas más castigadas a lo largo de la década ominosa de lluvia que arrastra la Semana Santa.  Ayer llovía sobre mojado. Llovía sobre un Lunes Santo con heridas de guerra que por tercer año consecutivo se enfrentaba a la lluvia. Otra vez lo mismo. Otra vez igual. Otra vez el mismo plan dentro de los templos del Lunes Santo.

Mientras, afuera, a primeras horas de la mañana, la lluvia caía sobre la cera derramada durante la noche anterior. La primera jornada de la Semana Santa, que también se vio azuzada por la incertidumbre, la agitación y los vaivenes del mal tiempo, había conseguido salvarse. Y a pesar de los pronósticos, consiguió regalar a La Isla una noche de cirios y candelerías encendidas. Justo a tiempo. Porque la madrugada trajo de nuevo la lluvia y la mañana del Lunes Santo llegó cerrada, gris y encapotada. Y sin aparente solución para el resto de la jornada.

Las hermandades del día -Afligidos, Medinaceli, Ecce-Homo- fueron de la resignación a la esperanza y se aferraron a los partes meteorológicos que pronosticaban una mejoría para las primeras horas de la tarde. Así dejaron pasar las horas, se entregaron a la rutina mañanera del día de la salida -la misa, los hermanos, los reencuentros, las ofrendas- mientras que el sol de la primavera se abría paso poco o poco, anhelando acariciar los dorados de los tres pasos -de las tres cofradías- que a la tarde tenían previsto -querían- procesionar.

Para un cofrade, que en lo que respecta a los sentimientos se vuelve un niño en cuanto que cae la hoja del calendario que marca el Viernes de Dolores, es una tragedia que el viento de levante te impida encender la candelería.  Es un desastre mayúsculo que la lluvia te deje en el interior de la iglesia, que obligue a la hermandad a darse la vuelta cuando apenas lleva unos metros de su recorrido o que tenga que recortar su itinerario ante la presencia de una nube amenazadora. Hablamos de Semana Santa -de sentimientos, vivencias, nostalgia y recuerdos- y las emociones se miden en otro plano, muy distinto al de la realidad cotidiana, que nos hace más hombres. Aquí, en Semana -hoy, ayer- llora lo mismo en la iglesia el monaguillo que no puede salir, la niña que ve truncado su sueño de estrenarse como nazarena, el  adolescente que acaba de entrar en el grupo joven y que porta una insignia del cortejo o el miembro de la junta  de gobierno y el anciano que cree que  la vida no le dará más oportunidades de revestirse con la túnica penitente. 

En todo caso, el  repertorio de males -la caja de pandora cofradiera- entra dentro de las reglas del juego. Y que el azar de los años te lleve alguna que otra vez a enfrentarte a ellos es normal. Es lo habitual, es lo que se espera. Pero que lo haga por tercer año consecutivo sin dar tregua alguna para que la jornada se disfrute con normalidad resulta desesperante.

Así, no es extrañar que las caras de los hermanos de las tres cofradías del día fueran ayer de una frustrada y cansina resignación a medida que avanzaba el Lunes Santo. A ninguna de las hermandades les cogió por sorpresa que la jornada se presentara bajo la amenaza de la lluvia. No era nada nuevo. Las tres se sometieron a la rutina de la lluvia antes de tomar una decisión: consulta de partes meteorológicos, llamadas teléfonicas, reuniones de la junta... Irónicamente, un clásico ya del Lunes Santo, una jornada que antaño -¿alguien se acuerda ya?- presumía con orgullo ser de los días que más suerte tenía con el tiempo.

Un 'sí', dos 'noes'

Afligidos fue la primera de la tarde en tomar ayer una decisión. Dio el 'sí, salimos' en la parroquia del Santo Cristo minutos antes de que dieran las seis, la hora fijada para su salida procesional. Y -sorprendentemente- se quedó sola en una tarde de Lunes Santo que, por momentos, se tornaba más nublada y cada vez tenía peor pinta.

Los partes del tiempo que se barajaban a primeras horas insistían en una mínima probabilidad de precipitaciones para la tarde, porcentaje que crecía con la llegada de la noche. Y a esos pronósticos -que daban cierto margen a las cofradías durante unas horas- se aferró la hermandad de los Estudiantes.

En esos momentos, había claros en el cielo -los hubo desde primeras horas de la tarde- pero estos desaparecieron rápidamente, en cuanto la cruz de guía de la cofradía se plantó en la plaza Madre Teresa de Calcuta en busca de la calle Ancha, uno de los momentos especiales que depara la tarde del Lunes Santo.

Seguro que las nubes influyeron en el estado de ánimo de las otras dos hermandades de la jornada cuyas juntas de gobierno estaban reunidas en esos momentos para tomar una decisión. ¿Salir o no salir? La votación se torna difícil cuando se cruzan los sentimientos. Ambas, el año pasado, se vieron sorprendidas por la lluvia en los últimos tramos de su recorrido procesional, ya bien entrada la noche. Y eso, evidentemente, pesa a la hora de tomar una decisión.

Poco antes de las siete menos cuarto -hora a la que la archicofradía de Jesús de Medinaceli tenía fijada su salida desde la Iglesia Mayor- el hermano mayor de la corporación se dirigió a los hermanos para anunciar la decisión más difícil, la suspensión de la estación de penitencia.

La escena se repitió casi al mismo tiempo en la parroquia de la Pastora. La cofradía del Ecce-Homo, que inicialmente había barajado la posibilidad de salir e, incluso, de recortar el itinerario para regresar por la calle Rosario, optó por el 'no' de la prudencia dadas previsiones de lluvia que había para la noche y el escaso margen de maniobra que la hermandad tendría en caso de que arreciara un aguacero. El riesgo de quedarse expuesta era grande.  Por ello, su junta optó finalmente también por el 'no'.

La última cofradía de la tarde había decidido también suspender su salida procesional. El mal tiempo volvía a empañar irremisiblemente la jornada del Lunes Santo y también una nueva Semana Santa, que volvía a quedar incompleta.

Mejor, media vuelta

Afligidos se quedó sola en la tarde del Lunes Santo. Cuando se enteró a través del Consejo de Hermanadades de la decisión que tanto Medinaceli como Ecce Homo habían adoptado, el cortejo de los Estudiantes se repartía ya entre las calles Ancha y Manuel Roldán. La hermandad buscaba ya Real para hacer su entrada en Carrera Oficial, que estaba prevista a las ocho de la tarde.

Pero no llegó a hacerlo. Si tan solo hora y media antes había optado por arriesgarse, ahora se lo pensó mejor y dio media vuelta ante la presencia, cada vez más amenazadora de las nubes y lo desapacible que se presentaba la tarde, en la que por momentos parecía que iba a empezar a llover. Si esto finalmente ocurría, la cofradía apenas tendría tiempo de reaccionar. Así que decidió volver a su templo sin mayor dilación.

La hermandad siguió su recorrido por Capitanía -Cardenal Spínola- y dio la vuelta por Murillo y Rosario para subir luego la calle Colón en busca de la parroquia del Santo Cristo. El Lunes Santo había quedado reducido a dos horas a causa -otra vez- de la lluvia.

En las calles del centro, sin embargo, la segunda tarde de la Semana Santa contó con una numerosa presencia de público que paseó por los tramos más céntricos de la plaza del Rey y llenó sus terrazas mientras aguardaba sin resultado para disfrutar de alguno de los cortejos procesionales. No en vano, el Lunes es una de las jornadas predilectas por los cofrades. Aunque ayer la tarde no tuvo la suerte del Domingo de Ramos, que las hermandades -y el público- vivieron con normalidad a pesar de los amenazadores partes del tiempo. Esta vez, esta tarde, no hubo tregua para las cofradías.

El Lunes Santo se quedó poco más de 150 minutos, que fue el tiempo que el cortejo de los Estudiantes estuvo en la calle. Se quedó en una desabrida y nublada tarde que se vivió con la agitación y el malestar propio que provoca la persistente amenaza de precipitaciones.

Eso sí, tuvo sus momentos cofrades -pocos, poquísimos- como cuando se escuchó Amarguras de Font de Anta en la plaza Madre Teresa de Calcuta y la cuadrilla de José González García, El Mellao, se estrenó -¿se estrenaba?- con Dominico Guillén de capataz frente a la mole dorada del paso de misterio de Nuestro Padre Jesús de los Afligidos y María Santísima de la Amargura.

El regreso de la hermandad al templo se hizo con normalidad. A ritmo ágil. A las ocho de la tarde, la cruz de guía de los Estudiantes estaba ya fuera de la calle Colón, a punto de entrar en la avenida Reyes Católicos. A las ocho y media hizo su entrada en la parroquia del Santo Cristo. Y ahí acabó el Lunes Santo. El tercer Lunes Santo consecutivo que la lluvia estropea o deja a medias.

En la Iglesia Mayor y en la parroquia de la Divina Pastora, la tensión que se había vivido durante toda la jornada pudo con los nervios. En el interior de ambos templos se vivieron escenas muy emotivas cuando la junta de gobierno comunicó su decisión de no salir a la calle. Medinaceli se quedaba dentro. 

El nuevo paso de Jesús Cautivo y Rescatado tendrá que esperar mejor ocasión para mostrar a La Isla las primeras fases del dorado y policromado de la talla, un estreno que cambia por completo la clásica imagen del popular misterio y, por supuesto, realza al Cristo sobre el paso de Manuel Guzmán.

La amenaza de lluvia frustró lo que debería haber sido una prometedora tarde para los hermanos, por lo relevante de la novedad que ayer traían a La Isla. Los hermanos rezaron el vía crucis y, a las ocho de la tarde, se abrieron las puertas de la Iglesia Mayor para recibir la visita de los isleños que quisieron contemplar a los pasos de Jesús Cautivo y de María Santísima de la Trinidad dispuestos para una salida procesional que nunca llegaron a fectuar.

Lo mismo ocurrió en la Divina Pastora, con la hermandad del Ecce-Homo, donde se vivieron momentos especialmente emotivos durante toda la tarde junto al bellísimo misterio de Jesús Presentado al Pueblo y al palio de María Santísima de la Salud. Otra vez se quedaba dentro y otra vez las ilusiones de un Lunes Santo se esfumaban en apenas unos minutos. Todo acabó en apenas dos horas y media.

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