EL BOLSILLO POR JOSÉ IGNACIO RUFINO

Dése usted por fusionado

Las denominadas economías de escala son un comodín: lo mismo valen para un roto que para un descosido. Son capaces de explicar muchas cosas de la vida diaria, y no digamos en las épocas de crisis. Seguramente, usted ya no dude que estamos inmersos en una crisis económica. Esta semana, los telediarios, los periódicos, Almunia desde Bruselas y –más Rajoy, pero también, por fin, Zapatero– el Parlamento han terminado de grabar a fuego en nuestro corazoncito consumidor e inversor que la cosa está muy mala.

Como usted quizá sepa también, las economías de escala son un principio económico que dice que donde comen cuatro, comen seis. O, visto desde el “ángulo inverso” –expresión chirriante propia de las repeticiones del fútbol en la tele–, que siete juntos son más provechosos y dan más rendimiento que siete por separado. Son primas de las sinergias y hermanas de la productividad. Antes de que alguien maquine dejarme sin mi título y mi oficio por poco riguroso y muy vulgar, advertiremos de que me sé la definición técnica del fenómeno, sin ni siquiera acudir a Wikipedia: las economías de escala son una mejor absorción del coste fijo en cualquier proceso productivo; a mayor escala, menor coste por unidad producida. Pero si empezamos el artículo así, usted apaga y se va. Si los besos que no se dan quedan en el limbo para siempre, los artículos que no se leen también tienen un triste destino en la inopia: no se vaya, que es domingo y hay tiempo. Queremos proponer hoy que las economías de escala están por todos los lados, y emergen como malecones ante los embates de la marejada. Son una coartada técnica de primer orden en estos tiempos caninos, más caninos aun a fuerza de escuchar por todos lados que son caninos y más que lo van a ser.

Como sucede con la familia numerosa, en la base del contrato matrimonial están las economías de escala, incluso si el régimen a que se acoge la pareja es de separación de bienes y no ganancial. De hecho, más de una pareja se mantiene unida porque separarse es antieconómico (menos para abogados, detectives, restaurantes con velas y hotelitos con encanto adonde huir en la antesala del adiós). Multiplica los costes familiares: alquiler o hipoteca, coches, ordenadores, conexiones a Internet, electrodomésticos, la propia olla y hasta las vacaciones. Hay casi que duplicar la capacidad instalada para poder hacer frente a las mismas necesidades: se producen deseconomías de escala (les juro que el termino existe). También están las mágicas economías de escala detrás del hecho de que comprar un litro de caldo de pollo o de tomate frito en tetrabrik sea más barato que hacerlo en casa con todos sus avíos, incluso si no tenemos en cuenta el precio del tiempo o el gas. Ni el del Agerul, necesario para dejar la cocina en perfecto estado de revista tras la lucha.

Por eso, en épocas de crisis, las familias salen a buscar economías de escala aunque no lo sepan: en la cesta de la compra, en el número de lavadoras semanales, en los niños compartiendo bañeras. Y las empresas, más.

Si producir mil unidades es más barato –por cada unidad– que producir quinientas, es lógico deducir que las fusiones se realizan para conseguir los beneficios de la escala. Por eso hay ciertos mercados en los que, o se tiene cierta dimensión, o no se puede competir en ellos, como el del maltrecho automóvil, que ha padecido en ésta una de las peores semanas de su reciente historia. Sin embargo, ¿por qué hay más fusiones en tiempos de crisis?¿Por qué las crisis provocan fusiones a la par que cierres? En algunos casos, como en el del proyecto de fusión entre Iberia y British Airways, la versión oficial es que buscan protegerse con la que se avecina: petróleo caro y compañías de bajo coste. No sabemos en ésta, pero en muchas de estas operaciones lo que se produce es una abosrción encubierta: usted está débil ante la crisis, yo me lo como a usted.  Exagerando un poco, las periodos de depresión económica son como el festín que se dan los osos con los salmones débiles que han cumplido con el inexorable rito genético de desovar. Para quien tuvo y aún tiene, conseguir escalas está de saldo.

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