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EN PRIMERA PERSONA

La soledad más inoportuna

  • Dejar a un familiar solo en el hospital y marcharte a casa resignado. Los protocolos eficaces son más científicos que emocionales

Una mujer, con guantes y mascarillas, usa el teléfono a las puertas de un hospital Una mujer, con guantes y mascarillas, usa el teléfono a las puertas de un hospital

Una mujer, con guantes y mascarillas, usa el teléfono a las puertas de un hospital / JULIO GONZÁLEZ (Puerto Real)

Suena el teléfono. Sonido de Whatsapp: Banda Sonora Original en días de teletrabajo confinado. Es de una amiga médica, una de las muchas personas que en estos días trabajan hasta la saciedad. Un esfuerzo, a veces, más mental que físico porque viven el día a día pensando en que lo peor está por llegar, que mañana, quizás, sea el día en el que todo se desborde. No escribe nada. Es un largo mensaje de audio que me llama la atención.

Pulso Play. ‘Hola, estoy en casa descansando. Ya hace unas horas que salí de la guardia y me gustaría hacer una reflexión. No es nada para que se publique, sino algo que me apetece hacer”, me dice. Pulso el botón de pausa, me coloco los auriculares y me siento en el sofá a escuchar sabiendo ya que la cosa no va de que faltan mascarillas o de que algún compañero está en cuarentena y se sobrecarga la faena hospitalaria.

No entiendo cómo puede estar pasando esto”, me dice nada más empezar. “Lo había escuchado en boca de otros profesionales, de Madrid y otros sitios, pero lo veía como lejano, irreal”. Me explica, más o menos, qué protocolo se sigue cuando llega un paciente con sospecha de estar infectado por el virus en un hospital como el que trabaja, uno cualquiera de un sitio cualquiera. Lo hace rápido. Sabe que sé cómo funciona el proceso porque lo hemos hablado otras veces y enseguida intuyo que no quiere ir por ahí. Sus palabras se hacen más contundentes cuando habla de “aislamiento”. Del que se produce en las salas de las Urgencias, en el mejor de los casos, y del que se mantiene en las habitaciones cuando los pacientes suben a planta. Ingresos a puerta cerrada.

Habla de una señora octogenaria que llegó al hospital “muy malita” y que se ingresó en una habitación “solita, con sus miedos”. Me dice que siente que, además de la oportuna medicación, en el trato humano, no puede hacer nada más que apuntar los teléfonos de los familiares para que, “al día siguiente o si pasa algo”, les llamen. Su voz empieza a quebrarse, me la imagino grabando el mensaje con los ojos vidriosos y los míos empiezan a acompañarle.

Ayer se murió una señora y se murió solita”, continúa diciendo tras una pausa para tomar aire, haciendo uso de diminutivos que, al menos a mí, me desgarran. “No tenía el virus. Se sospechaba, pero no lo tenía”, apunta. Y aunque no lo dice, yo leo entre líneas que, quizás, que muriese sola se podría haber evitado agilizando las pruebas o con una mejor organización de todo. Pero solo es un pensamiento mío. Ella no lo dice, pero creo que lo piensa.

Sigue reflexionando. “Hemos pasado de darle todos los derechos a los pacientes a quitárselos de golpe. Yo sé que estamos viviendo una pandemia mundial pero no puedo pensar que una persona se muera solita”, insiste. “No es una pandemia de hace dos siglos, algo habremos evolucionado en lo humano, en la cercanía”. De nuevo un silencio. “¿Sabes? La gente es muy noble. Nadie se rebela. Les decimos a las familias que vamos a aislar a su madre o a su padre, que se tienen que marchar a casa, y agachan la cabeza entre lágrimas para dejarnos su teléfono”, explica titubeante.

Ella sabe qué es lo que hay que hacer. Lo marcan los protocolos, lo recuerdan los epidemiólogos y ella misma lo aconseja. Protección, distancia de seguridad, contacto mínimo… Pero cada vez que alguien se va del hospital, dejando allí a un familiar grave y probablemente sin despedirse por última vez, en su interior espera rebeldía. Desea que los hijos digan: “No. Me quedo en la habitación con mi padre, aislado con él, venimos de la misma casa, de compartir habitación durante todo este tiempo y ahora voy a seguir haciéndolo para acompañarle en su último suspiro”. Pero eso no pasa. Se van a sus casas resignados porque la conciencia que todos tenemos frente a esta situación es mucho más profunda de lo que creemos. Siente y agradece que esa situación no se dé, porque tampoco sabría manejarla. Los protocolos son más científicos que emocionales y de eso no hablan.

“¿Hemos perdido la capacidad de darle la mano al paciente enfermo? ¿de estar con esa persona hasta que fallece? ¿hemos vuelto a tener a los leprosos aislados del mundo para recogerlos después y entregarlos a la familia?”, termina su mensaje. Preguntas al aire que yo no sé responder. Aún no he contestado a su mensaje.

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