Resaca mortal en Los Caños

La muerte sigue

  • La magnitud de la tragedia provocada por el naufragio de la patera crece cada día

  • Los vecinos no recuerdan un drama así en su historia

Y el Peñón pregunta al mar qué está pasando, y el mar con su tempestad sigue tragando. (Comparsa El Bache, 1993).

Por la playa de los Caños de Meca, un hombre de mediana edad con bigote cano y chándal rojo avanza con andar sosegado. Buenos días, saluda. Buenos días. ¿Han recuperado más cuerpos? Dos más. Es viernes por la mañana y el temporal de estos últimos días ha dejado paso a una mañana soleada. El mar está menos bravo, aunque algunas olas levantan sus crestas pidiendo pelea todavía. El hombre deja atrás al grupo entre el que nos encontramos, se despoja del chándal y se adentra en el agua. Un silbato enérgico de un guardia civil le detiene. ¿Qué hace, dónde va? A bañarme. ¿A bañarse? Esta playa está cerrada al baño. ¿Por qué? Porque estamos recuperando cadáveres, ¿le parece un motivo suficiente?, le espeta un guardia con cara de incredulidad.

Más allá, en la esquina de La Laja, un surfista con su tabla cabalga a lo suyo, ajeno a la neumática del Servicio Marítimo de la Guardia Civil que recorre la playa de un extremo a otro en busca de más víctimas. La normalidad con la que algunos se toman la tragedia de la inmigración contrasta con las lágrimas de una chica madrileña que visita los Caños junto a su novio y se topa con el rastro del naufragio de la patera. “Esto es un crimen contra la humanidad. Cuando los ves ahí, en la arena tirados, tan cerca, es cuando tomas verdadera conciencia de un problema que es de todos, no de España, Marruecos o la Unión Europea”, nos dice mientras intenta digerir lo que ven sus ojos.

Agentes de la Guardia Civil sacan del agua la décima víctima del naufragio de la patera del pasado lunes. Agentes de la Guardia Civil sacan del agua la décima víctima del naufragio de la patera del pasado lunes.

Agentes de la Guardia Civil sacan del agua la décima víctima del naufragio de la patera del pasado lunes. / Julio González

Son distintas reacciones tras un suceso ante el que no se puede volver la mirada y que rompe el cuerpo a los testigos. Uno de ellos, Paco Jiménez, fue el primero en dar la voz de alarma la madrugada del lunes. Este viernes, en el despacho de vinos de la avenida Trafalgar, relata a este diario la secuencia de los hechos. “Serían las tres y media de la mañana cuando unos golpes en la puerta de mi casa me alertaron. Me dio miedo y no abrí. Oía voces y trasiego de personas, pero no quise meterme en jaleos porque no sabía lo que me podía encontrar. Creo que es comprensible. Me quedé un rato esperando hasta que me asomé y vi que había cinco personas escondidas junto al supermercado. Estaban chorreando, temblando, de frío y miedo, entonces salí para intentar echar una mano y llamé a la Guardia Civil. Llevo 40 años viviendo en Los Caños y jamás había visto algo igual. Yo procuro ir a lo mío y no meterme en problemas. Alguna vez ha llegado una patera hasta aquí, pero lo de esta semana ha sido una desgracia terrible”.

Los inmigrantes estuvieron 25 horas en el mar antes de chocar con el arrecife

Desde entonces, desde esa madrugada del lunes, el mar de Cádiz ha ido dejando sobre la arena un reguero de cadáveres que engorda una estadística macabra que no para de crecer desde que hace justo 30 años llegó la primera patera a nuestras costas. Desde entonces, imágenes como la de los cadáveres de la patera de Rota de octubre de 2003 o las de esta misma semana se han grabado en la memoria colectiva de un pueblo que lleva lo mejor que puede su condición de frontera sur de Europa.

La mano de la novena víctima sale por debajo de la manta que lo cubre. El pasado viernes en los Caños. La mano de la novena víctima sale por debajo de la manta que lo cubre. El pasado viernes en los Caños.

La mano de la novena víctima sale por debajo de la manta que lo cubre. El pasado viernes en los Caños. / Julio González

Lo peor es que, salvo los 22 inmigrantes que fueron rescatados por la Guardia Civil y Salvamento Marítimo, y que ya han sido puestos a disposición judicial para su devolución a Marruecos, así como el patrón de la patera y su ayudante, que han ingresado en prisión, el resto de los ocupantes de la embarcación, en la que viajaban unas 40 personas, es muy probable que haya muerto. El teniente del puesto de la Guardia Civil de Barbate, José Antonio Oliva, nos daba frente al arrecife de los Caños en que se estrelló la patera su versión de los hechos. “Aunque era noche cerrada, una vez que la patera chocó con el arrecife que tenemos ahí sus ocupantes verían las luces del núcleo urbano, de las farolas y algunas casas, por lo que no podemos pensar que se desorientaran. Lo que sí parece más probable es que al lanzarse al agua todos a la vez, algunos con salvavidas y otros sin ellos y sin saber nadar, eso sería un caos, un sálvese quien pueda en el que sólo unos pocos pudieron alcanzar la costa”.

Hay que tener en cuenta también el cansancio con el que llegarían los inmigrantes tras 25 horas navegando en un mar embravecido. Algunos supervivientes han contado a la Policía que iban unos encima de otros, turnándose para poder sentarse, y que el patrón de la patera les cobró primero a cada uno los 1.500 euros que costaba el pasaje antes de comunicarles que viajarían todos en una única y desvencijada patera de madera.

Otros agentes del Instituto Armado comentaban también que prefieren pensar que algunos inmigrantes pudieron llegar a tierra y huir, aunque el hecho de que el mar haya ido devolviendo los cadáveres también hace presagiar que la desgracia será aún peor. Ya van una docena de muertos con el aparecido ayer. Y la cifra crece por momentos.

Y mientras los días pasan, los miembros del Grupo Especial de Actividades Subacuáticas de la Guardia Civil (GEAS) siguen peinando la zona. Uno de los submarinistas nos reconocía –en uno de los escasos descansos concedidos para pisar tierra firme– que el agua “está muy oscura, no se ve nada, el fondo es como chocolate, así que más que mirando lo que vamos es tocando para intentar encontrar algún cuerpo que se haya quedado atrapado entre las rocas”. Este agente, junto a su compañero, llegó a recorrer en varias ocasiones la playa de un extremo a otro andando con el mar a la altura del pecho para intentar tocar algo, ver un bulto, una mano, como ocurrió el jueves, que les haga zambullirse y recolectar su más triste cosecha, una cosecha de personas que se lanzan al mar en busca de una oportunidad, una marea que crece sin tener en cuenta otro ciclo que el de la vida, y cuando no se tiene otra cosa que perder que la propia supervivencia, y la recompensa es la esperanza, no hay frontera que los detenga.

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