Resaca mortal en los Caños

Desencanto

  • Una parte de la juventud marroquí emprende una huida de un régimen que le asfixia y en el que no encuentran salidas tras una primavera árabe desilusionante

La décima víctima que apareció en Los Caños. La décima víctima que apareció en Los Caños.

La décima víctima que apareció en Los Caños. / Julio González

Hayat Belkacem era una joven de 22 años de Tetuán que estudiaba Derecho, hija de una humilde operaria de una planta de tratamiento de pescado. Hayat tenía la mirada puesta en Europa. Por eso una noche del pasado septiembre se embarcó, pero no tuvo tiempo de experimentar esa incierta singladura de 14 kilómetros. No salió de la costa marroquí. La Marina Real abrió fuego. Dicen que dieron el alto y que la embarcación era una Go Fast de las destinadas al narcotráfico. No les hicieron caso. Hubo tres heridos y una víctima mortal. Hayat fue la víctima mortal. Los tres heridos eran tan jóvenes como ella.

Es casi seguro que Hayat estuviera días antes en la concentración de unos 300 jóvenes universitarios en la playa de Martil pidiendo al Rey migración gratis y segura. En las redes sociales se viraliza cada selfie de jóvenes embarcados en pateras. Se graban en el inicio de la travesía. Cantan canciones alegres y lo cuelgan en twitter o en facebook cuando llegan. Es la prueba de que se puede huir y una invitación a otros a intentarlo.

Hace tiempo que por el CIE de Tarifa apenas si se ve algún subsahariano. Casi todos son marroquíes, casi todos son del Rif, casi todos son jóvenes. Algunos niños, pero la mayoría jóvenes.

Entre 2016 y 2017 los jóvenes se hicieron fuertes en Alhucemas. Protestaban contra el deterioro de los servicios públicos y la falta de oportunidades. Hubo dos respuestas a ese levantamiento juvenil. La primera fue condenar a Naser Zefzafi, nieto de uno de los ministros de la efímera república del Rif, al que se le consideraba líder, a veinte años de cárcel. Otros 50 chavales fueron condenados a penas de entre cinco y quince años. La segunda respuesta fue volver a implantar el servicio militar obligatorio, lo último que querían hacer miles de marroquíes occidentalizados.

En un año en que se superan todos los registros de flujo migratorio en el Estrecho, en un año en el que acabaremos por encima de las 50.000 personas que han dado el salto tanto en la vía Atlántica (Cádiz) como en la mediterránea (mar de Alborán), hay un hecho novedoso. Los marroquíes se la vuelven a jugar. No pasaba desde hace una década.

20 años fue la condena al líder de la protesta juvenil de alhucemas

Gabriel Delgado, director del secretario de Migraciones de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, está en permanente contacto con la otra orilla, con Tánger, aunque afirma que “yo sólo puedo suponer”. Entre sus teorías deductivas está el material de las pateras, la madera. “Se dice que lo viajes son mucho más baratos. No hablamos de redes mafiosas, como en el caso del paso de subsaharianos en embarcaciones que también se emplean para la droga. Aquí hablamos de micro redes con contactos familiares o vecinales que hacen el trayecto. Las condiciones de seguridad son ínfimas, como se ha visto en Los Caños, que algunos ni siquiera llevaban chalecos. Eso no ocurre en otros tránsitos. Son viajes aún más precarios de lo precarios que son ya los de las grandes redes”.

Para Delgado, está quedando claro que, a diferencia de la inmigración de los 90 y principios de siglo, “no hablamos de una población rural que va la aventura por una cuestión de supervivencia. Aquí lo que existe es una asfixia, un desencanto. Cuando les contestan con la oportunidad de entrar en un ejército cuyo fin último es el adoctrinamiento, una idea de patria, hay muchos jóvenes del norte que no quieren saber nada de eso, que sienten la necesidad de escapar”. Y hay otros pasajeros: “Son los niños e la calle, los que se mueven en los suburbios de las grandes ciudades sin nada que hacer y que están solos. Su única oportunidad es el salto”. En Ceuta hay muchos de estos niños, se les ve alrededor del puerto, hasta arriba de pegamento.

Una fuente del Obispado de Tánger, donde se trabaja muy directamente con los inmigrantes subsaharianos aporta otra vertiente de la situación, la que afecta a la personas con las que él trabaja, la que explicaría su insólita escasa presencia en las pateras en los últimos meses. “No estoy seguro de por qué no pasan ahora tantos subsaharianos –señala– , pero desde luego puede ser porque ahora hay muchos más controles por parte de la Policía marroquí. Está habiendo muchos arrestos en las grandes ciudades lejos de Tánger, como Casablanca, Agadir, Meknes. Entran en las habitaciones de las gentes, las detienen y las deportan. Por eso no pueden llegar aquí, y por eso seguramente no se embarcan”.

Marruecos busca, con el apoyo de España, un tratamiento especial por ser el país que contiene la frontera. Ser la Turquía de la vía atlántica. Esto vale para los subsaharianos. Para el nuevo éxodo juvenil marroquí las claves son otras. Para los chavales que buscan oportunidades el éxito está en llegar a la otra orilla, no ser detectados para no ser devueltos al punto de partida, no destrozar la embarcación en una rompiente, no ser disparados por la Marina real... La rebeldía contra su destino contiene un coraje que conmueve. Cada cuerpo de un joven que escupe el mar, con la piel de un blanco lunar, es un insoportable fracaso sin límite. Un fracaso de todos.

Concentración ayer en Barbate. Concentración ayer en Barbate.

Concentración ayer en Barbate. / Manuel Aragón Pina

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