Día de Difuntos | J. A. Hernández Guerrero

La otra vida comienza aquí

  • La consideración de la vida humana como un camino implica la aceptación de un destino

Parto del hecho de que la creencia en la realidad –o en la posibilidad– de otra vida es una evidencia constante en la historia y en la sociedad humanas, y reconozco también que, como ocurre con la mayoría de nuestras convicciones, es difícil explicarla con un simple razonamiento lógico. Esta dificultad, sin embargo, no invalida la creencia, aunque sí nos descubre las raíces de algunas teorías que la niegan. Con esta afirmación pretendo identificar parcialmente algunas de las doctrinas dogmáticas de los que niegan la otra vida sin aportar razones convincentes. La aspiración a la supervivencia –a la prolongación sin un final de la existencia individual– es un impulso intensamente experimentado, aunque se imagine y se explique de diferentes maneras en las distintas concepciones religiosas –como, por ejemplo, en el budismo, en el Antiguo Egipto, en el zoroastrismo, en el judaísmo o en el islamismo–, en la filosofía friega y en la moderna, en las artes, en la música y en la literatura. En el cristianismo, posee una interpretación muy diferente porque, desde la Encarnación del Verbo, la trascendencia y la espiritualidad no se oponen a la inmanencia y a la corporeidad sino que las asumen e integran. Esta afirmación implica que la otra vida empieza aquí y ahora, y, por lo tanto, el creyente en las palabras de Jesús de Nazaret, que nos explica cómo “el reino de Dios está ya en medio de vosotros”, nos impulsa –nos ha de impulsar– para que colaboremos en la construcción de “otra vida” desde la actualidad. La fe implica adquirir el compromiso de transformar esta vida según ese modelo de existencia humana plena. Esa vida futura tiene sentido si nos sirve para orientar y para estimular un espacio y un tiempo creados para el crecimiento en la justicia, en la libertad, en la paz, en la solidaridad y en el amor. La consideración de la vida humana como un camino implica la aceptación de un destino, de una meta que no es simplemente la ruina, la destrucción y la nada. La esperanza –la seguridad- de que los esfuerzos, a veces silenciosos, de tantos seres humanos por ayudar, servir y disminuir los sufrimientos de los más desprotegidos alcanzan pleno sentido cuando se tiene en cuenta que, además del premio de la tranquilidad en la conciencia, recibe el estímulo de una recompensa perdurable. Ese destino que, según las enseñanzas de la Iglesia, no es un lugar sino un estado en el que se cumplen las expectativas de paz, de justicia y de amor.

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