Secuestro y extorsión de menores inmigrantes

“No hago nada malo, es por los míos”

  • Dris es el marroquí que se dedicaba a la extorsión de menores inmigrantes. Llegó con 18 años, trabajó en bazares y de jornalero, se casó con una española y descubrió un negocio

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Hay que ponerse en el pellejo de un joven de quince años al que le han pasado las siguientes cosas en muy pocas horas. Más o menos ésta es la secuencia. Sus padres pagaron 2.500 euros para que tomara una patera y saltara el Estrecho. Lo hizo, alcanzó la línea de costa en un viaje terrorífico, el mar da mucho miedo. Tal y como le dijeron le cogerían los guardias, le tratarían bien, y lo llevarían a un centro de acogida de menores. A él le llevan al SAMU de El Bosque, en la Sierra, lejos para lo que esperaba. No hay problema, aunque él suponía que España era otra cosa. Pensaba en fútbol, buenas casas, sitios lujosos, aunque El Bosque no está mal. Allí le dan clases de español.

Pero ese no es su destino. Alguien vendrá por ti. Quien llega es Dris, marroquí como él. Le dice que es el contacto. Bajan en coche hasta Puerto Real, dan mil vueltas, el quinceañero no sabe ni donde está, aunque está en un carril al que llaman Malasnoches. Abren una verja que, a su vez, se abre a una parcela de dos mil metros cuadrados, en cuyo fondo hay un chalé con pintura ladrillo en construcción o en destrucción, no se sabe muy bien. No hay luz, no hay agua. Lo que hay es un colchón en una habitación cerrada a cal y canto.

Al quinceañero le quitan las zapatillas y le entregan unas chanclas. También un bocadillo y una pocas mantas. Así se encuentra cuando horas después le ciega una luz, aunque es de día. Es la Guardia Civil y al lado está su contacto, Dris, esposado. Está hambriento. Un agente le da su bocadillo, de filete de pollo, y un actimel. Lo devora. Estás libre. Regresas a El Bosque. Aunque su rostro es puro desconcierto, el chico hace un gesto con la mano en el pecho de agradecimiento, pero su plan nunca fue volver a El Bosque ni a ningún centro. Su plan, le habían dicho sus padres, era llegar hasta Bilbao, sea lo que sea eso, esperar que un ertzaina, sea lo que sea eso, le pillara en la estación de autobuses, ir allí a un centro y salir a los 18 con una pensión. A eso se le llama un proyecto migratorio.

Al joven le falló la última parte, la parte que maneja Dris, que le cogió en la salida del centro de El Bosque y le dijo vente conmigo. Como tantos menores marroquíes, su tarea consiste en llegar a España y ser un gancho en Europa para su familia. Puedes viajar en patera o en patera y bisnes. Si llevas pagado lo primero, el resto del viaje -“ninguno quiere quedarse en Andalucía”, explica la Guardia Civil- te lo tienes que buscar tú, escaparte del centro de acogida y subir. Si llevas pagado el bisnes alguien vendrá para ponerte en el bus que te lleve arriba. Pero los chavales, explican los agentes, están cegados por Europa, hacen los que le digan en la familia y esperan el paraíso.

Dris era un intermediario entre la patera y el bisnes. Con buenos contactos en Marruecos, conocía qué jóvenes tenía que captar en los centros de menores. Entonces, metido en esa tarea, diseñó un porte nuevo, una pequeña variación que le supusiera un mayor margen de negocio. Cogía a los jóvenes, los llevaba al chalé a medio construir de su suegro en Malasnoches y pedía a las familias 500 euros para que los chavales hicieran su última etapa. Su gasto, una vez que la familia pagaba, y de los veinte casos registrados todas pagaron menos una, consistía en comprar unos tenis baratos de los chinos y un billete a Bilbao. El resto era ganancia.Así es como funcionaba la extorsión que la Guardia Civil ha desmantelado en Puerto Real. Así ha caído un buscavidas como Dris, que llegó, que sepa la Benemérita, cuando tenía 18 años -es su primer registro-, que trabajó en bazares en Córdoba y Albacete, que fue jornalero, y que encontró su pasaporte, una española, con la que se casó y la que le hizo español.

Dris tenía un compinche, Omar. Cuando la Guardia Civil entra en la vivienda de la calle Capricornio en la que vive Dris, Omar está en la última fase del negocio paralelo: está cagando bellotas. No una pocas bellotas de hachís. La Guardia Civil encuentra 248 y Omar se topa con los agentes cuando estaba hacendo cuerpo para deshacerse de las dos últimas. Una auténtica bestia. Había pasado 250 bellotas en su intestino al tiempo que traía el dinero de Marruecos de los últimos chavales que habían mandado al norte, a veces captados de dos en dos o de cuatro en cuatro.

El sistema no es una novedad. Desde los años 90 la Guardia Civil tiene constancia de grupos que esperan a paisanos en la línea de costa, los trasladan a un lugar escondido y les exigen dinero o, de lo contrario, los ponen ante una comandancia para que sean deportados. Todos pagan. Es sencillo y nada violento. Pero Dris es al primero que se pilla haciendo lo mismo con menores. Y, además, tiene a Omar que hace los viajes a Marruecos y da beneficios extra. Aparte están los dos incautos que , mientras los agentes recuentan bellotas con olor a mierda, van a comprarlas. 1.900 euros llevaban encima. Españoles detenidos que ya veían negocio. Eso es mala suerte.

Lo que declaró Dris es que “no hago nada malo, ayudo a los míos”. Los ayudo por un sobreprecio, se añadiría. La compleja investigación de la Guardia Civil y el apoyo de los centros de menores ha hecho posible desmantelar este nuevo modo de extorsión.

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