Enfoque | El auge de la cirugía estética 'Velaske, ¿yo soi guapa?'

  • El afán de ser bello se ha reducido siempre a un ansia por ser amado o, en su versión más cruda, admirado

  • Ese deseo, exagerado, puede llevar al transtorno dismórfico corporal

Bodas de Cadmo y Harmonía. Bodas de Cadmo y Harmonía.

Bodas de Cadmo y Harmonía.

En las bodas de Cadmo y Harmonía –cuenta la mitología–, las musas cantaban:“Lo que es bello es amado; lo que no es bello, no es amado”. Y resumían así, en una línea coral bastante pop, unos cuantos milenios de drama en torno a qué somos, a cómo somos. Lo bello no ha sido, por supuesto, un concepto estanco a lo largo del tiempo, pero sí que ha estado asociado a cualidades que también han ido variando a lo largo del tiempo. El término griego más aproximado para belleza era kalón: aquello que atrae la mirada. Lo bello terminó asociándose con lo valioso, con lo transcendental, con lo feroz. Bello –decía Safo, dando una interesante vuelta a lo que cantaba el coro de musas– es lo que se ama.

Casi siempre, el concepto de belleza ha estado relacionado con el concepto de armonía (que Platón tomó de Pitágoras). Un cuerpo armónico, un rostro armónico, y todos pensamos en las estatuas griegas y sus actualizaciones renacentistas, que nos hacen casi llorar de insignificancia. Y todos pensamos, sí, en el inevitable parecido entre esos mármoles y el cuerpo de atletas, bailarines, modelos. Ah, no hemos cambiado tanto, suspiramos. Lo bello es lo bello.

Hay algo de cierto, más allá de los acuerdos de cada época. Un puñado de investigaciones científicas muestran que los rostros más simétricos suelen ser valorados como más atractivos, y no sólo en el marco del mundo occidental. Curiosamente, todo dentro de un límite: un rostro completamente simétrico nos provocaría rechazo.

Lo bello es lo valioso, lo excepcional. Por eso, en cuanto pudo, el ser humano se colocó las plumas y pieles preceptivas para demostrar un estatus. Y nuestro tatarabuelo prehistórico vio que lucía bien, y que eso era bello y, probablemente, bueno. Es curiosa la relación entre bondad y belleza: antes del pensamiento helenístico, ya se nos advertía de que el mal, para ser triunfante, ha de ser bello (¿no era Lucifer el ángel más hermoso?). Sin embargo, lo bello nos encandila, como la luz a las polillas: Catherine A. Sanderson explicaba en Social Psychology que el atractivo influye a la hora de recibir veredictos y sentencias más favorables.

Lo bello es amado; lo que no es bello, no es amado.

Hoy día, todos somos guapos. Lo somos, sin duda, respecto a esa gran pesadilla que fue el pasado y en la que los feos, más que feos, eran grotescos: piensen, simplemente, en los estragos de la sífilis, de la viruela, de una mala alimentación. Tenemos dientes, tenemos pelo: nos venderían como bellezones hace quinientos años. La majestad de la aristocracia estaba en la ostentación de sus ropajes pero, también, en un aspecto cuidado que los distinguía del resto:en una piel mimada, en unos dientes arreglados (aunque fuera con prótesis de distinta condición), en tocados o postizos que disimularan un pelo ralo o ausento. ¿Tiranía estética, la de ahora? Ja, la duquesa de Báthory ve vuestras inyecciones de bótox y pone en la partida, sin temblar el pulso, la sangre de 650 muchachitas. La presión es brutal, como bien sabía la infanta Margarita del trap de Christian Flores, pero está visto que había algunas en palacio que necesitaban más drama que otras.

Báthory era una psicópata sádica, desde luego. Pero sin duda, al mirarse en los espejos, vería en sí misma una decrepitud inasumible. El fenómeno, lo sabemos todos, es común y tiene diagnóstico psiquiátrico: el trastorno dismórfico corporal. Se manifiesta, rampante, en aquellos que sufren anorexia, bulimia, vigorexia, en quienes terminan convirtiéndose en asiduos de las operaciones de estéticas. Y no nos es ajeno, claro que no:está latente en todos nosotros. La mayoría queremos ser amados y, si no, admirados. Y el pago por caja siempre pasa por lo mismo: no por lo que eres, sino por lo que pareces.

¿Hay algo en la belleza que no se nos venda, que no exija un encaje? Por supuesto, aquello que no se mide con bisturí, metro, escuadra y cartabón. Aquello que podría tener relación con la claritas de Tomás de Aquino y que, realmente, es la venganza del desorden frente a la tiranía apolínea: el je ne sais quoi.

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