Industria | una mujer en un mundo laboral de hombres

Manos de vida y Metal

  • "Me gusta este gremio, pero cada día enseño mis manos a mi hija para que busque otro futuro"

  • Es la historia de Malú Guzmán, la única mujer soldadora en el astillero de Cádiz

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Nada más llegar a la puerta de control de seguridad del astillero de Cádiz capital, no hace falta dar muchas pistas. Todos los miembros de seguridad la conocen. "Sí, Malú ha pasado por aquí".

Entramos en Navantia y nos dirigimos hacia su taller, el de Electrosan, dentro de la factoría. Allí espera ella, junto con dos compañeros. Las bromas en un taller ya se sabe, son algo más que bromas. "No hace tiempo que ésta no coge un soplete", ríe uno de los operarios que comparte fatigas. Aparece Malú, de estatura no muy grande y 37 años. Lleva más de 11 trabajando en un mundo de hombres y hoy está dispuesta a contar cómo es eso, cómo se ve la vida y el mundo del Metal desde los ojos de una mujer, la única soldadora e instaladora eléctrica que hay en el astillero de la capital. Mientras se va equipando con la mampara para soldar, Malú no para de sonreír. Es así. Pero tiene claro a dónde va porque sabe muy bien de dónde viene y lo que le ha costado.

Malú, con el soplete dentro del taller en Navantia Cádiz. Malú, con el soplete dentro del taller en Navantia Cádiz.

Malú, con el soplete dentro del taller en Navantia Cádiz. / julio gonzález

Cuenta María Luisa Guzmán Gómez que empezó en 2005 a trabajar como soldadora, después de un curso. Es madre soltera y se vio, dice, con la obligación de tener un sueldo en condiciones para seguir adelante. Recuerda que su padre, que nunca quiso que ella fuera parte de este mundo, siempre estuvo vinculado al Metal, con una empresa de instaladores, y a Malú siempre le motivó el sueldo. Su primer empleo fue en Dragados. Tras dos años llegó al sector naval con una empresa auxiliar de soldadura. En 2010 ya era instaladora de electricidad en Electrosan. Es una de las contratas más fuertes del sector, pero también ha estado en Melega, otra empresa de instaladores. Así transcurre su vida laboral: cuando una tiene trabajo, va con ellos; cuando se acaba y la otra la necesita, coge el soplete. "Entro y salgo, pero siempre hay algo, es lo bueno", admite.

En la factoría de Cádiz es la única soldadora-instaladora. En Puerto Real, dice, hay más mujeres, una tubera y una soldadora. "Por desgracia, nos podemos contar con los dedos de una mano", reflexiona, para echar la vista atrás. Cómo es este trabajo desde sus ojos y sus manos, una faena de mujer en un mundo históricamente de hombres. "Me he encontrado con gente que no está nada acostumbrada a ver a una mujer aquí, se extraña y me dice qué hago aquí, pero de eso hace ya mucho tiempo. Hoy, en el taller, mis compañeros me han acogido muy bien y me han tratado como a una más, que es lo que intento transmitir, que soy igual que ellos. Todos no son así, hay muchos que no quieren trabajar con una mujer. Pero después me ven trabajar y dicen: quiero trabajar con ella, no con él. Eso es demostrar lo que eres".

Recuerda Malú que en una empresa en la que trabajó en sus inicios, las condiciones eran muy distintas a las de hoy. "No tenía ni vestuario ni cuarto de baño para mujeres, me cambiaba en un cuarto de motores y hacía pis en un cubo. No les interesaba poner un vestuario para una sola mujer. Yo firmé ese acuerdo porque quería trabajar, si no no podía entrar". Duro. Hoy no tiene nada que ver. Asegura que en Navantia la prevención se cumple. En Electrosan, su empresa, es una mujer la que se encarga de ello, titulada, "y siempre está muy encima", dice. "Aquí tengo mi vestuario, mi taquilla, mi ducha... perfecto desde el primer día. En cada dique hay un cuarto de baño habilitado para la mujer, individual".

Pero, claro, después del trabajo tiene que pensar en su casa. Reconoce que ha sido duro. Hoy su hija ya tiene 17 años, la tuvo joven, y sacarla adelante fue el motivo por el que se metió de lleno en este gremio. "Hoy ella me ayuda muchísimo, pero cuando era pequeña tenía que pagar a una mujer para que viniera a las 5 de la mañana y que yo me pudiera ir, que la llevara al colegio, la recogiera y ya a las 7 de la tarde poder recogerla", recuerda.

Preguntamos a Malú si su hija seguirá sus pasos y los de su abuelo. Responde de inmediato. "Yo le enseño todos los días mis manos y le digo que se busque un buen futuro. Ella quiere ser profesora de inglés y va en camino. Pero claro, hace falta el dinero. Intento eso o que sea ingeniera si quiere estar en este gremio. Y te tiene que gustar y a mí me gusta trabajar en el Metal, tanto la soldadura como la electricidad. Si mi hija un día me dice que le gusta, pues a intentar ser la mejor profesional posible".

Malú no se esconde. Toca todos los asuntos que hay que tocar, por espinosos que sean. Afirma tajante que el 'sambenito' de que en la Bahía no hay profesionales "es mentira". "Aquí hay profesionales; y si faltan es porque se van porque hay poco trabajo, los picos... No trabajamos todo el año, solo tres cuatro meses. Si la carga de trabajo fuera continua no nos tendríamos que ir. Mi empresa, como todas, si no hay faena, no puede quedarse con todos los empleados, por eso siempre somos eventuales, no podemos aspirar a tener un contrato fijo. Yo desde el año 2007 soy eventual y aquí la mayoría es eventual, muy pocos tienen un contrato fijo".

Y, cómo no, el leit motiv de esta entrevista, el motivo por el que Malú ha querido exponerse a la sociedad gaditana: la igualdad y el esfuerzo por ser mujer. "Yo siempre he cobrado igual que un compañero. Empecé de especialista, para lo que me he hartado de trabajar, y gracias a mi esfuerzo terminé de oficial de primera de soldador, que es muy difícil y más siendo mujer". Vuelve atrás, cuando empezó de aprendiz. "No se fiaban de que una mujer cogiera una tubería. Poco a poco, en la hora de la comida me ponía a practicar. Al principio daba unas puntaditas, no alta presión. Comía rápido, cogía un tubo y me ponía a practicar sin que me vieran. Cuando lo tenía terminado se lo enseñaba al jefe y así he ido demostrando lo que soy, con hechos".

Pese a ello, tardó un año en ascender, cuando sus compañeros, dice, lo hacían a los tres meses. "Pero después todos fueron despedidos menos yo, que quedé la última, como ahora. No por mi cara bonita, sino porque sólo tienes que verme las manos. Lo que pasa es que siempre se piensa mal. Escuchas a gente decir: claro, una mujer, la última en despedirla, estará peloteando al jefe. Cuando me veas todos los días trabajar entonces tendrás una opinión de mí. Eso ocurre creo en todos los trabajos".

Malú entra en el meollo: "Un hombre es un compañero igual que yo soy su compañera. Es cambiar la mentalidad, yo no soy rival de un hombre. Ahora con el nuevo feminismo, no lo entiendo cuando se dice que la mujer es superior al hombre. No, perdona, el feminismo de verdad es igualdad entre hombre y mujer, y ahora creo que hay mujeres que lo malinterpretan y lo llevan por otro camino. Eso nos echa tierra encima a las mujeres que sí somos realmente feministas y que creemos en la igualdad entre hombres y mujeres. No me creo superior, para nada, solo que puedo hacerlo igual que tú. Que eres más alto, tengo una escalera; que eres más bajo, me agacho. Pero puedo apretar una llave igual que tú".

Hoy encuentra en Navantia a otras mujeres con puestos de responsabilidad. "Una amiga mía desde el colegio, de hecho, es la que me han asignado de jefe de obra. Te acostumbras siempre a ver hombres y cuando ves a una mujer a tu lado te alegras. Aquí hay 7-8 mujeres encargadas y están las limpiadoras, que son todas mujeres". Desde el interior del taller, Malú no ve excusas para que no haya más mujeres en el sector del Metal. Sólo tienen que "seguir luchando, que se preparen, sólo tienen que ponerse en la puerta del dique y pedir trabajo. Este mundo para las mujeres está escondido y no debería ser así, no se fomenta a la mujer. Como es un mundo tan para el hombre, puede que no sepan lo que hay aquí. Yo lo viví desde pequeña, pero la que no lo tenga cerca ni se le pasa por la cabeza que es un buen trabajo, que te respetan y tienes tus derechos intactos y un sueldo con una base de cotización que, con un título de FP, no se encuentra en Cádiz en la vida en otro sitio".

Malú se pone en la piel de otras mujeres gaditanas en su misma situación hace 17 años. "Hay muchas mujeres que lo necesitan y este trabajo les salvaría la vida, como me la salvó a mí, porque a mí hoy no me mantiene nadie. ¿Cuántas mujeres madres solteras hay en Cádiz o que sus maridos están en paro y ellas no pueden trabajar? ¿Por qué no? Pueden igual que yo". Pero claro, es un buen sueldo que sólo cobra unos meses al año. El jueves Malú volverá al paro, hasta mediados de septiembre. Mientras tanto, tirará administrando lo ganado.

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