Algeciras

José Chamizo, un chico como ese en un lugar como aquel

José Chamizo de la Rubia José Chamizo de la Rubia

José Chamizo de la Rubia / E. S.

Cuando nos conocimos, parecía que yo era el cura. A él le recuerdo a punto de dejar de ser veinteañero –era otoño de 1978—bocabajo sobre el suelo de la Parroquia de San Isidro Labrador en Los Barrios. Las ordenaciones sacerdotales guardan un no se qué de ritual esotérico y a quienes no estamos acostumbrados a semejantes parafernalias nos sorprendía ver cuerpo a tierra a aquel tipo con el que yo empezaba a compartir aventuras literarias: por aquel entonces, José Chamizo se afanaba en el ciclostil de "Flor de Tintero", una revista de divulgación poética que puso en marcha con Domingo Mariscal junto a otros paisanos suyos y en la que escribían hasta los analfabetos. Faltaba un cuarto de hora para que, con Juan Gómez Macías, con Pepe Guerra, con Antonio Marín, con Manolo Ruíz Torres y con muchos otros fletáramos “Cucarrete” y el Colectivo del Sur: inéditos de Ernest Hemingway servidos por Fernando Quiñones, recitales poéticos por los pueblos y las barriadas a modo de las misiones pedagógicas de la Segunda República, versos, canciones, fotografías, cuadros y pirograbados en la plazoleta de San Isidro de Algeciras.

Allí, en aquella iglesia parroquial del pueblo donde había nacido en 1949, estaba el obispo Antonio Dorado Soto con todos sus avíos, estaba su familia y sus amigos, venidos de todas las esquinas de aquella sociedad fronteriza del Campo de Gibraltar en la que lo mismo cabía un cortijero que un yonqui que todavía no sabía que lo era o que iba camino de serlo. Chamizo había nacido en ese predio que data de antes de la conquista inglesa del Peñón, en el seno de una familia fundada por Emilio, el veterinario que llegó a alcalde de la transición y a candidato andalucista. Licenciado en Historia de la Iglesia por la Universidad Gregoriana de Roma, en Historia Contemporánea por la Universidad de Granada y diplomado en Bibliotecotonomía por la Ciudad del Vaticano, eso dicen; sin embargo, lo que no suelen contar las crónicas es que, en realidad, en la Ciudad Santa aprendió en realidad bohemia y diplomacia, por el lado bueno de la Escuela Oficial de la Familia Borgia: esto es, es especialista en sobrevivir a zancadillas y puñaladas por la espalda, que también las hubo en su larga carrera de abrazos populistas y premios de campanillas.

El mismo ha contado que desde el Trastevere al Coliseo aprendió a apreciar la alegría urbana del mundo que luego describiría en la pantalla Nani Moretti: por entonces, el mejor cine que vio Chamizo se proyectaba en vivo cada vez que tocaba ir de entierro de cineastas legendarios. Le tocó en suerte los de Pier Paolo Pasolini, Luccino Visconti y Federico Fellini. Era un mar de pamelas y trajes de tweed. Pero era también, en gran medida, el anuncio de la libertad que él iba a contribuir a consolidar en ese viejo país de todos los demonios, como llamó acertadamente Jaime Gil de Biedma a la vetusta España de aquellos días. Párroco en la Iglesia de la Palma de Algeciras, lo mismo frecuentaba los saraos benéficos de Sotogrande que los arrabales de la jeringuilla. Allí se forjó su leyenda: el maestro Antonio Burgos le llamó una vez cura obrero y yo le mandé un correo diciéndole que no, que Chamizo nunca fue cura obrero, sino cura dandy, que es una actitud distinta ante la vida, la misma que pudiera mediar entre la elegante apostura de Lord Byron, muerto por la libertad de Grecia y de la humanidad, y el mono miliciano de Buenaventura Durruti, muerto por la libertad de todos sin distinción de patrias. Chamizo, entonces y ahora, era capaz de entrar a una boutique a comprarse una camisa de seda italiana después de dar la cara en la calle por un heroinómano en rehabilitación o de haber denunciado con la energía de los valientes a quienes blanquean el dinero de la muerte. Eso sí, tuvo siempre una clara conciencia de clase: la de la belleza. Para perseguirla, había que acabar con la fealdad de la injusticia, con el desaliño de los fariseos, con un mundo cangrejero que caminaba hacia atrás y se resistía al futuro. En su fuero interno, el cura Chamizo añadía un quinto evangelio a su nuevo testamento: una doctrina que conectaba de lejos con lo que en ese mismo tiempo enunciaba la teología de la liberación, un nuevo y flexible dogma que habían acuñado los curas comunistas durante la resistencia a la dictadura y que, junto a él, estaban poniendo en marcha otros compañeros de sotana y de aventura como los algecireños Andrés Avelino, Paco Rubiales o Pedro Gómez, por poner unos casos significativos en la propia biografía de este hijo predilecto de la provincia de Cádiz que ahora recibe en Algeciras el doctorado honoris causa por su Universidad.

Siguió siempre escribiendo poemas. “Aunque es de noche” fue el título de un primer libro de versos que amasó con Lola Medina con quien compartimos “fondues” y tertulias hasta la madrugada. Luego, vino “Plaza Alta”, poesía de la experiencia, poesía necesaria como el pan nuestro de cada día. Párroco en la Estación de San Roque, allí sacó a un puñado de mujeres de sus casas para subirlas a escena y hacer teatro que él mismo escribía y que ahora publica con fruición y, por fortuna, de tarde en tarde, ve representado aunque fuere en lecturas dramáticas.

Antes de enfrentarse cara a cara a los camellos, a los corruptos y a los blanqueadores, llegó a sobrevivir –aunque sus biógrafos no suelen recoger el suceso-- al furibundo ataque a mano armada de un marido que no le gustaba que ayudase a su esposa a escapar de sus malos tratos. Allí y en 1989, en el brevísimo templo situado a la falda de la heroica carretera de montaña que conduce hacia Ronda, a caballo entre Taraguilla, la Estación y Miraflores, comenzó su combate contra el narcotráfico, que marcaría la década siguiente: con Miguel Alberto Díaz, con Rafael Pérez de Vargas, con Paco Mena, con Clementina Pérez y con Micaela Pérez, porque el mundo está lleno de perez corrientes y molientes que el día menos pensado dan la cara contra el poder habitual de los apellidos compuestos.

Había visto vencida por el miedo a lo mejor de su generación y no estaba dispuesto a seguir marcando muescas de sobredosis y de picos de polvo de ladrillo y matarratas en las venas de un largo puñado de rebeldes enganchados al desencanto. Aquel crimen tenía nombre y él se lo puso: a lo largo de aquel tiempo, no sólo se señaló con el dedo a los minoristas del caballo o a los funcionarios sobrecogedores sino a las fortunas aparentemente honorables que ocupaban las cimas de aquel crimen.

Siguió expulsando fariseos del templo de las falsas apariencias después de que, en 1994, le concedieran la Medalla de Andalucía y Antonio Banderas le llamase una noche para que le explicase, de tú a tú, de qué iba su guerra. No le faltaría, por entonces, cierta ayuda ocasional desde Hollywood. Y siguió ejerciendo de sí mismo desde que el Pleno del Parlamento de Andalucía le nombrase por vez primera Defensor del Pueblo Andaluz, un 16 de julio de 1996. Cuando le destituyeron del cargo, no cambió nada, sino que se limitó a fundar otra asociación para luchar por lo mismo, Voluntarios por otro Mundo. Posible o imposible: otro mundo. Cuando contribuyó a crear la Fundación Márgenes y Vínculos, se me vino a la memoria cuando en la parroquia de Algeciras ayudaba a un puñado de niños a los que sus padres forzaban a mendigar y a que no volviesen a casa sin un céntimo: uno de ellos, Jose Mari, todavía me da recuerdos para el Chami –así le llaman los suyos—cuando me cruzo con él por la plaza de abastos de Algeciras. A nadie que le conozca tampoco puede extrañarle que haya aceptado presidir Sevilla Acoge, una asociación pionera en la acogida de inmigrantes, cuando algunos prebostes que incluso se dicen cristianos empiezan a perseguir de nuevo las bienaventuranzas.

Ahora es la Universidad la que reconoce a esa especie de ONG con dos piernas que, en buena medida, tanto tiempo después, sigue siendo el viejo amigo de Carlos Cano con el que compartiera tantas utopías blanquiverdes como una globalización distinta a la que ahora beneficia a los podesosos; que, en buena medida, tanto tiempo después, sigue creyendo que puede tener un final feliz el gran teatro del mundo; que, en buena medida, tanto tiempo después, sigue de bruces contra el suelo de una parroquia de su pueblo, cuando lo hicieron padre cura y él tal vez estuviera pensando: ¿qué hace un chico como yo, en un sitio como éste?

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