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El Doctor Thebussem

  • El hidalgo asidonense Mariano Pardo, intelectual y apasionado cervantista

El Doctor Thebussem El Doctor Thebussem

El Doctor Thebussem

El pasado 11 de febrero se cumplieron cien años de la muerte de Mariano Pardo de Figueroa y de la Serna, un tipo singular menos conocido por este nombre, que era realmente el suyo, que por el original y extravagante pseudónimo que adoptó: el Doctor Thebussem, una humorada consistente en algo tan simple como la palabra embuste puesta del revés y que le otorgaba un cierto tono germánico al intercalarle además una hache y agregarle otra ese.

Nacido en Medina Sidonia el 18 de noviembre de 1828, ciudad en la que siempre vivió salvo sus viajes por España y el extranjero, era un hidalgo andaluz hacendado y pudiente que dedicó su vida a múltiples menesteres intelectuales, plasmados luego en una curiosa serie de publicaciones sobre lo más variado: gastronomía, filatelia, crítica literaria…

Es más conocido por su pseudónimo: embuste al revés, con una hache y otra ese

Poseedor de una casa solariega en la que se ubicó definitivamente poco antes de cumplir los cuarenta años y una valiosa biblioteca, se doctoró en Derecho, vivió una vida cómoda gracias a un holgado patrimonio que le permitió dedicarse a lo que más le gustaba, escribir, leer y el coleccionismo. Fue un típico liberal de la Restauración, condescendiente y contrario tanto al rígido jacobinismo centralista como al radicalismo federalista.

Tuvo la gran virtud de ser un notable impulsor de la obra de Cervantes, sobre la que escribió Siete cartas sobre Cervantes y el Quijote, editada en la imprenta de la Revista Médica de Cádiz en 1868, y una Octava carta, ambas con muchas notas y reseñas bibliográficas, aunque algunas de ellas no siempre exactas ni contrastadas.

Buena parte de estos estudios cervantinos, y en especial sobre El Quijote, quedaron plasmados en su copiosa correspondencia con otro gran cervantista, Francisco Rodríguez Marín, a quien calificó de Rey de los anotadores del Quijote. Éste, por su parte, distinguiría a Thebussem como El ingenioso hidalgo de Medina Sidonia que fama tuvo y santa gloria haya.

Coleccionó un gran número de tarjetas postales y sellos, destacando sus obras Literatura Philatélica (1876), Un pliego de cartas (1891) y Fruslerías postales (1895). En esta última incluye curiosos apartados como un Diccionario geográfico postal, Sellos de España e Historia del Correo.

En reconocimiento y gratitud por todas estas aportaciones, el 20 de marzo de 1880 se le nombró Cartero Honorario de España. Curiosamente, dicha distinción permitía utilizar el uniforme del cuerpo de Correos (sin sueldo) y enviar cartas sin franqueo, con matasellos propio. En 1944 se imprimió un sello a su memoria y en 1981, otro en homenaje a todo su legado.

Sus impresiones sobre la tauromaquia reflejan una reticente admiración y cierta visión crítica sobre los toros, plasmadas en su obra Un triste capeo (Madrid 1892). Tras confesarse poco aficionado, no entender nada de toros y haber visto tres o cuatro corridas en su vida, sí cuidó mucho su respeto por esta fiesta, afirmando que "no soy enemigo de ella, me agrada ser tolerante con los gustos y opiniones ajenas". En dicha obra, verdadera delicia para el investigador taurino, nos proporciona una serie de curiosas noticias así como multitud de anécdotas y referencias en las que no faltan Pedro Romero, Lagartijo y Pepe Hillo, pasando por unas observaciones sobre los apodos de los toreros. De particular interés es su capítulo Los toros de Cádiz, donde narra su encuentro en nuestra ciudad con el célebre torero Mazzantini, a quien tenía mucho interés en conocer. Lejos del estereotipo al uso, que no reflejaba en modo alguno su profesión, no oculta la grata impresión que el citado diestro le causó: "Estaba ante un hombre alto, fino y distinguido, que sabe llevar el frac y la corbata blanca con la soltura de un cortesano", alabando su cultura y lo bien "que citaba a Homero y Virgilio, aparte de hablar francés e italiano con la misma fluidez que el español".

A todo ello hay que sumar un buen número de escritos sobre genealogía, preferentemente familiar, y noticias locales sobre la historia de Medina Sidonia, muchos de ellos impresos en la pequeña imprenta y modesto taller de encuadernación que poseía en su propia casa.

Especial disposición mostró por las cuestiones gastronómicas con la misma amenidad que había dedicado a las anteriores materias, indagando sobre el origen de muchos platos y otras singularidades de nuestra cocina.

Así, en una carta que le remite el 2 de enero de 1882 Adolfo de Castro, éste le apunta que de la palabra árabe al- hachur deriva la palabra alfajor, que no es más que una forma actual, variante o alteración de aquella.

Su libro La Cocina Moderna recoge la polémica, elegante y culta, que mantuvo con el académico y político José Castro y Serrano, que firmaba como Un Cocinero de S.M., y supuso un revulsivo para un mejor entendimiento y dignificación de la gastronomía española, siendo el propio Rey Alfonso XII un reconocido seguidor de esta obra, de la que tuvo a bien tomar cumplida nota de la importancia que las cosas de la buena mesa podían tener en la imagen de la Casa Real.

Thebussem, que siempre mostró su objeción ante la extendida manía de poner en francés la redacción de los menús oficiales españoles, apostó por introducir buenos platos hispanos, adoptando una actitud moderadamente españolista frente a lo que consideraba un bobalicón seguimiento del chucrut germano, el rosbif inglés o la polenta italiana.

José María Buitrago, notario de Medina Sidonia, en una carta entusiasta donde glosaba su figura no deja de reconocer que "se ocupa en vivir con la opulencia del soltero rico, sin pensar más que en sus excentricidades".

Por su parte, el marqués de Laurencín, que lo visitó en su casa de Medina Sidonia con motivo del expediente que se le seguía para nombrarle Caballero de la Orden de Santiago, al lado de su carácter franco, expresivo y jovial que "le conquistaba bien pronto las simpatías de todos", nos lo describe también como un "dispéptico empedernido que abusaba del bicarbonato, sobrio en la comida y bebida, de enjuta complexión y aparente débil naturaleza, comiendo menos que un pajarillo".

En su biblioteca, siguiendo la máxima de que todo libro es útil, lo mismo se podía encontrar una listado de accionistas bancarios que colecciones de romances del siglo XVII junto a un prospecto de aguas medicinales.

En 1915, Thebussem, ya bastante achacoso, escribía: "Mi salud es malísima a causa de la abundancia de los años. Con trabajo y con bastón, camino desde la cama a la butaca y desde la butaca a la cama".

Murió el 11 de febrero de 1918 a los ochenta y nueve años. Al día siguiente, Diario de Cádiz se hacía sentido eco de su muerte destacando "la exquisita amenidad de sus escritos, que hacían su lectura altamente atractiva" a la par que señalaba precisamente que sus primeros artículos, sobre filatelia y el Quijote en su mayoría, aparecieron en este periódico. También señalaba que próximamente se le iba a dedicar un gran homenaje, con la acuñación de una medalla conmemorativa.

El anecdotario sobre el Doctor Thebusem, real o imaginario, es toda una fuente de sabrosas ocurrencias.

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