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Cataluña desde dentro

  • El 90% de la población cree que se puede ser catalán y español al mismo tiempo

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El dilema de Cataluña El dilema de Cataluña

El dilema de Cataluña / Metroscopia

Cataluña está, políticamente, partida en dos. Ésa es, probablemente, la consecuencia más clara hasta ahora del proceso independentista. Desde el soberanismo, la resistencia a reconocerlo es grande. No entraba en sus planes abrir un frente entre catalanes. Pero abierto éste, parecía llegado el momento adecuado para una pausa que permitiera reflexionar, reconocer mejor el terreno y recoser Cataluña. Pero ha podido la emocionalidad, la rauxa, tan fácil de destapar como difícil de reconducir y no se prevé, de modo inmediato, cambio alguno, en la dinámica política catalana.

El tejido social catalán, pese a su sólido y reconocido civismo, se ha resentido, sin lugar a dudas de cuanto se ha dicho y hecho en este tiempo último. El ambiente se ha enrarecido. Discuten quienes nunca habían discutido y por asuntos que nunca fueron entre ellos objeto de debate. El cultivo del encono ha tenido un cierto éxito. Pero en modo alguno total. Hay datos que invitan a una cierta esperanza.

Para empezar, el 90% de la población catalana actual cree que se puede ser catalán y español al mismo tiempo. Lo afirma el 100% de los votantes de los partidos "constitucionalistas" (Ciudadanos, PSC, PPC), el 99% de los de Catalunya en Comú y, en conjunto, el 80% de quienes votan a cualquiera de las tres formaciones que han apoyado el proceso independentistas. Lo cual, de entrada, parece despejar una importante primera cuestión: la ciudadanía catalana, de forma que cabe considerar unánime, no considera que exista una insalvable línea separadora entre ambas identidades (la española, la catalana).

No parece esta una afirmación ciudadana meramente retórica o una concesión a lo políticamente correcto, sino el reconocimiento de lo que cotidianamente constata la propia población del Principado. En efecto, desde 2014 hasta este pasado julio, y de forma llamativamente estable, algo más del 70% de los ciudadanos del Principado han venido indicando que se sienten tan catalanes como españoles (o al revés). Por supuesto, no necesariamente en la misma medida: hay quienes declaran considerarse más catalanes que españoles (en torno al 20%) y otros más españoles que catalanes (en torno al 6%), pero el grupo mayoritario de población está compuesto precisamente por quienes se consideran tan catalanes como españoles (46%). El hecho, en todo caso, es que prácticamente tres de cada cuatro catalanes expresan su sentimiento de identidad nacional en una clave que no es ni monolítica ni excluyente. Por el contrario, definen su sentimiento de pertenencia en modo de nacionalismo incluyente (por utilizar la expresión que acuñara Juan Linz hace ya casi cuatro decenios): es decir, como un nacionalismo plural, flexible, abierto, multicultural, capaz de integrar y armonizar rasgos y elementos de procedencia muy dispar y hasta, quizá, creídos incompatibles. Como corresponde, por cierto, a una sociedad avanzada cuya característica principal es el estallido de pluralidad en su seno: el mundo actual es ya -y lo será en cada vez mayor medida- individualmente multicultural. Es decir, somos las personas (no las sociedades) quienes nos estamos haciendo progresivamente plurales y diferenciadas en la conformación de nuestro personal universo cultural (del que forman parte todos nuestros sentimientos de pertenencia grupal y de identidad colectiva).

Así las cosas, tratar de entender, o de presentar, el actual y complejo conflicto catalán como un enfrentamiento entre catalanistas y españolistas parece difícilmente sostenible: sencillamente, porque prácticamente toda la actual población de Cataluña se define y siente catalana. El problema no es pues de catalanidad (pues esta identidad de base es compartida por todos), sino de qué es lo que por la misma cada cual entienda. Y eso no parece estar claro, lo cual no es de extrañar: en toda sociedad abierta, compleja, libre y plural, como es la Cataluña actual, las interpretaciones personales de los rasgos considerados comunes suelen ser multicolores, no monocromas. Pero una cosa sí parece clara: prácticamente nadie (apenas un 11%) interpreta en la Cataluña actual que catalanidad signifique, sin más, independentismo. El que unos propugnen la independencia y otros se opongan a ella no supone, según el sentir general, que unos sean más o mejores catalanes que los otros. No es este un punto precisamente baladí: implica un prácticamente unánime reconocimiento de que no hay una única forma de sentir y vivir la identidad catalana y que todas las posibles variantes en que cabe hacerlo merecen por igual llevar el sello de catalanidad.

Por otra parte, los datos disponibles indican que siempre han predominado, de forma clara (con solo ocasionales fluctuaciones en los porcentajes) los catalanes que piensan que la independencia no podrá llegar a ser posible. Es decir para muchos representa más bien un idealizado punto de referencia que -como el horizonte- puede ayudar a orientar los sentimientos, las emociones y la propia andadura vital, pero sin resultar, en la práctica, alcanzable.

Pero hay más: en el Parlament de Cataluña todos sus integrantes hablan en catalán, y en esa lengua van redactados los principales documentos y normas; en la calle, en el trabajo y en casa, los ciudadanos utilizan indistintamente castellano y catalán, sin conflicto alguno. Nunca el uso del catalán ha estado tan normalizado, tan extendido, tan fomentado y tan indiscutidamente apoyado. Nunca ha tenido Cataluña un nivel de autogobierno como el actual, con un abanico de competencias propias superior al de muchos estados en democracias puramente federales. Independentistas y no independentistas consideran por igual a la senyera como su enseña distintiva propia.

Con todos estos datos ¿cómo no pensar que, en algún momento, pueda encontrarse una puerta de salida, para el problema catalán, lo suficientemente alta para que nadie tenga que bajar en exceso la cabeza al pasar por ella, por decirlo con palabras de un catalán insigne? Urge, sencillamente, que Cataluña se reconcilie consigo misma.

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