Tribuna

Jesús M. Seoane Sepúlveda

En recuerdo de dos insignes gaditanos

Don José Seoane Gutiérrez, traumatólogo, fue una persona muy querida y admirada por todo Cádiz  Y Don Juan Sepúlveda Gutiérrez, al frente de la Caja de Ahorros, la Propiedad Inmobiliaria y varios consulados, una referencia en la provincia

Don José Seoane Gutiérrez.

Don José Seoane Gutiérrez. / Archivo de Jesús M. Seoane

Un gaditano de pro nos dejaba la madrugada del 1 de agosto de 1991. Esa madrugada, hace ya treinta años, Don Juan Sepúlveda Gutiérrez, se despedía de todo Cádiz, que siempre estará en deuda con mi abuelo.

Este señor, que nació durante el último año del siglo XIX, era mi abuelo materno, un hombre humilde y discreto a la vez que reservado. Cada vez que hablaba lo hacía con sumo conocimiento de causa. Además, a excepción de mi abuela Pepa, todos y absolutamente todos, desde su chófer al mismísimo ministro de la Presidencia del Gobierno de España, se dirigían a él como Don Juan. Mi abuelo, en su labor en varios consulados, así como en la Propiedad Inmobiliaria y en la Dirección de la Caja de Ahorros, hizo que la provincia de Cádiz tuviera en él una referencia única.

Mi abuelo era para mí como mi segundo padre. Siendo yo un crío, pensaba que si había un padre y una madre también había un abuelo y una abuela. Y esa “falsa creencia” mía estaba justificada por lo pronto que fallecieron mis abuelos paternos. Y así fue como poco después supe que José y María fueron los padres de mi padre.Don José había sido una persona muy querida y admirada por todo Cádiz. Amante de su tierra y de su gente, así como de su folclore y tradiciones.

Este ilustre gaditano era un brillante traumatólogo, muy trabajador y entregado a su familia y a su profesión que ejercía de manera excepcional y generosa. Mi abuelo lucía mascota y elegante traje de chaqueta y tenía un sentido del humor y un arte sin paraderos que hacía que su vida estuviera repleta de anécdotas únicas. Desde solicitar a un mayoral que atendió durante la explosión de Cádiz de agosto de 1947 que le enviase un toro a la consulta ante la insistencia de este para pagar los servicios médicos que les había prestado mi abuelo (mi abuelo no quería cobrarle ya que era un servicio que ofrecía a la ciudad) hasta obligar a hacerle cantar en absoluta primicia a Carlos Brihuega, componente de la comparsa de Paco Alba ‘Los Hombres del Mar’, el pasodoble a la gaditana como condición necesaria para hacerle el certificado médico que Carlos necesitaba para su trabajo.

Don José Seoane Oliva era todo simpatía y entusiasmo, médico de la mutualidad de futbolistas y gran aficionado al fútbol. Cada vez que viajaba a Madrid con su amigo José Manuel Pascual, no faltaban al palco del Santiago Bernabéu, siempre en compañía del presidente del Real Madrid, Don Santiago.

Desgraciadamente, mi abuelo paterno perdió a su esposa cuando mi padre tenía escasamente 21 años y sufrió una larga enfermedad que comenzó a finales de la década de 1960 hasta que finalmente se apagara un frío día de noviembre de 1973. Pero siempre tuvo allí a sus grandes amigos que le acompañaban y querían como si fuera un hermano. Desde José María Pemán a Vicente Carrasco, pasando por Enrique Villegas Vélez y Paco Alba.

Paco dedicó un hermoso pasodoble a su admirado médico en la fantástica comparsa ‘Los Forjaores’, quién siendo consciente de su enfermedad remataba su letra diciendo: “En esta casa reside y un médico vive si a esto llaman vía”. Mi padre siempre tuvo a mi abuelo Pepe como referencia y ver de sus ojos caer una lágrima era un acontecimiento imposible. Tan solo algunos recuerdos de su padre colmaban de emoción a “Don José hijo”. Nunca olvidaré esa emoción que embargaba a mi padre cuando contaba que, en los últimos días de vida de su padre, este necesitaba desesperadamente un donante de sangre para salvar su vida por momentos. Cuando la voz se corrió por la Plaza de San Francisco, había una cola de voluntarios para donar sangre a mi abuelo que llegaba hasta la Plaza de San Agustín. Él y mi abuelo materno Juan se tenían mucho aprecio y respeto.

Yo escuchaba a todo el mundo hablar de Don Juan y del prestigio que gozaba. Siendo un niño, al mudarnos a vivir a Bahía Blanca, tuve el privilegio de conocerlo muy bien y tener con él una gran complicidad. Y todo esto gracias a mi padre, quién me enseñó a tomar la tensión arterial y durante 7 años fui elegido por mi abuelo para tal labor. Esta era para mí la excusa perfecta para estar con él cada día. En nuestras conversaciones, mi abuelo me preparaba para la vida a través de su extensa e intensa experiencia y sabiduría.

Empezó trabajando en Chiclana en una bodega teniendo apenas 15 años y poco después vino a la capital a trabajar de conserje en la Banca Aramburu. Don Juan no tardaría en ser el hombre de confianza de Don Miguel Aramburu Inda, quién le nombraría apoderado de la Banca, y así realizó de forma brillante las operaciones oportunas en Madrid ante los máximos responsables bancarios de nuestro país.

Hoy, cuando se cumplen treinta años del citado 1 de agosto de 1991, hay que ser justo y rendir este modesto homenaje a tan entrañables gaditanos. Ambos mostraron una generosidad, cariño y entrega para con sus paisanos que merecen estar en los altares de honor de la Tacita de Plata.

¡Que Dios os siga teniendo en la Gloria, queridos abuelos!

¡Un beso para los dos!

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