Tribuna

Emilio guichot

Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad de Sevilla

De aquellos polvos estos lodos

Vox no era nada antes de junio y tiene doce parlamentarios en Andalucía tras la moción de censura que aupó a la Presidencia del Gobierno a Pedro Sánchez

En una tribuna anterior (Entre todos la mataron, 31/10/2017), aludía al origen de la irracionalidad política que nos asuela, en relación con los independentismos de "ricos" y la culpa de los dos grandes partidos nacionales tradicionales, incapaces de pactar entre sí y, menos aún, de afrontar una reforma electoral que sirva para que el Congreso de los Diputados actúe exclusivamente como cámara de discusión del interés general de todos los españoles. En otra posterior (Discursos y realidades, 9/6/2018), apuntaba la falacia de los discursos políticos en los que, intencionadamente, se presenta a los rivales como enemigos radicales, frente a la realidad de la base común socioliberal y proeuropea de los partidos centrales y que inspira nuestra propia Constitución. Advertía entonces que en este juego había irrumpido con fuerza el tema de la organización del Estado, y cómo muchos votantes y ex votantes del PSOE estaban descolocados ante la tibia posición del presidente Sánchez (marcada por la necesidad de lo que el PSC entiende como su supervivencia, pese a haberse quedado ya sin la mitad de sus votantes, los de clase trabajadora) y con sus menos tibios apoyos independentistas. Algo similar ocurre en Podemos.

El CIS muestra que los españoles son mayoritariamente favorables a mantener el Estado de las Autonomías, pero, entre los que prefieren cambios, los partidarios de más centralismo superan a los contrarios. Igualmente, una mayoría se sienten tan españoles como de su comunidad autónoma, y en el resto predominan los que se sienten sólo o más españoles. Existe además una convicción generalizada de que los españoles han de tener los mismos derechos y la misma financiación para los servicios públicos (educativos, sanitarios) allá donde vivan. Ya advertíamos que eso tendría un coste electoral para el que no lo entendiera y un rédito para el que sí lo hiciera. Y se ha confirmado.

La caída del PSOE-A en las recientes elecciones tiene dos causas: una interna, con el desgaste de 36 años de gobierno, sonoros casos de corrupción intitucional, deterioro de la sanidad pública… y otra externa, la política de polarización del Gobierno Sánchez, con prioridades como hacerse con el control de TVE y exhumar a Franco por decreto-ley (apreciando, pues, "razones de extraordinaria y urgente necesidad", según exige la Constitución), y, sobre todo, mantenerse a toda costa y con el voto de cualquiera, mientras estalla la credibilidad individual de su "Gobierno bonito" con el descubrimiento de fraudes de todo tipo por parte de la mitad de sus ministros. Ante ese desconcierto, muchos ex votantes han huido a Ciudadanos o a la abstención. En cuanto a Vox, su irrupción es el fruto previsible y directo del cuestionamiento de la pax constitucional por parte del trinomio independentistas-Podemos-Sánchez. Vox ha sabido oler la preocupación que cunde en una parte de la población ante el cuestionamiento de la unidad de España, la resurrección del lenguaje guerracivilista, las diferencias de trato legal por razón de género, o el errático discurso marypoppins sobre la inmigración -sin poner medios reales para su integración en la sociedad ni dejar de aplicar por lo demás la legislación de extranjería-. Apoya, además, la recentralización de las competencias en educación o sanidad como garantía de una unidad de derechos de todos los españoles, o el derecho a la educación en castellano en cualquier lugar de España. Son temas reales que no ha "inventado" Vox y que deberían ser objeto de debate social riguroso. Vox no era nada antes de junio y tiene doce parlamentarios en Andalucía tras la moción de censura que aupó a Sánchez, cuyo efecto movilizador a los críticos ha sido evidente y se reproducirá en futuras elecciones. Ya tenemos un semicírculo con cinco cuñas (la ultraizquierda, la izquierda, el centro, la derecha y la ultraderecha, para el que guste de estas nomenclaturas, que facilitan el lenguaje y dificultan el entendimiento). Todas defienden la pertenencia a Europa, el derecho de propiedad, la libertad de empresa, el derecho a la sanidad y a la educación… con sus respectivos matices, que no pasan de ahí, en especial, en los tres partidos centrales; partidos que, por lo demás, pueden jugar con el voto o la abstención para evitar, si así lo quieren, depender de los extremos. Continuar con el lenguaje y la política bandista de las identidades y de la negación del otro genera en la sociedad desgarro, extrañamiento y descreimiento en la posibilidad de un proyecto de progreso común para todos los ciudadanos. Confío en que, con el tiempo, esa mayoría de electores que creen en la libertad, la igualdad real de oportunidades y la responsabilidad individual pondrán a cada uno en su sitio.

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