Tribuna

Alfonso lazo

Historiador

En el laberinto

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En el laberinto

De creer las noticias recogidas por televisión la extrema derecha va convirtiéndose en una plaga. Desde Viena a Sao Paulo, pasando por Baviera, Hungría, Polonia, Italia y hasta los mismos Estados Unidos, partidos hasta ahora insignificantes entran con impulso en los parlamentos y llegan a instalarse en los gobiernos. Voces de alarma por todas partes que a mí me recuerdan los terrores metafísicos de la Europa del año mil. Pero, en definitiva, qué significa "extrema derecha". Aviso al lector que vamos a entrar en un laberinto conceptual y terminológico con riesgo de encontrar en un recodo al minotauro.

Partamos al menos de un punto claro y una evidencia: la clásica dicotomía izquierdas-derechas ya nada tiene que ver con sus orígenes históricos y, en consecuencia, las distinciones que ahora se hacen son del todo caprichosas. Zapatero dijo que tomar vino era de derechas, y un presidente de la Junta soltó en un mitin que los Omeyas de Córdoba habían sido gente de izquierdas. Me siento, pues, autorizado a entender por izquierda la inmadurez adolescente (aunque se tenga 70 años); mientras llamo derecha al realismo adulto, la madurez intelectual y la eficacia. No me hago ilusiones, desde luego, de que alguien me siga en semejante aserto, pues aquí no parece posible el consenso y cada ciudadano del occidente desarrollado tiene su propia opinión. ¿Pero hay consenso sobre el significado de extrema derecha? Pienso que sí: aunque no siempre se diga, siempre se piensa que extrema derecha y fascismo son términos sinónimos. Consenso equivocado nacido de un supino desconocimiento de la Historia.

No existe fascismo histórico sin economía intervenida, de modo que los sistemas fascistas aunque reconocían la propiedad privada ejercían sobre ella una vigilancia y control constantes; se fijaban precios, salarios, entregas obligatorias al Estado, índices de producción, mercancías a fabricar y el Gobierno podía cerrar una empresa si así se le antojaba. Ahora bien, si hacemos un repaso de lo que hoy se tilda de extrema derecha nos encontramos con unos partidos que sin excepción proponen un modelo económico en extremo liberal. ¿Sorprende? Pues quizá sorprenda más saber que para los fascismos del pasado el enemigo principal no era la "revolución roja" sino la democracia liberal. Sin totalitarismo no existe fascismo de ninguna clase y no parece que en Hungría, en Austria, en Polonia, en Italia o en Brasil se estén suprimiendo las libertades.

Cierto, la Unión Europea envía sus quejas al Gobierno húngaro porque, según expresa, el primer ministro Orban pretende controlar la prensa y la Justicia. ¿Es entonces de extrema derecha Pedro Sánchez? Lo hemos visto proponer a la UE la puesta en marcha de algún artefacto que "prohíba las noticias falsas" ("censura" se llama eso); y lo estamos viendo en vivo con sus escandalosos manejos de jueces y tribunales. Pero sigamos explorando tan intrincada maleza.

Cualquier historiador conoce que tampoco existe fascismo sin nacionalismo expansivo, y aquí el acento hay que ponerlo en "expansivo" a fin de no confundirlo con el patriotismo. Movilizaciones de masas fanatizadas en torno a mitos originarios y símbolos fundantes. En España tenemos un extraordinario ejemplo de ello: el separatismo golpista catalán al que no le falta ni siquiera el discurso imperialista de "los países catalanes" a recuperar. Lo asombroso es que semejante extrema derecha aparezca sosteniendo a un gobierno español que se hace llamar de izquierdas. Barullo lingüístico e ideológico resultado de mantener conceptos políticos caducados.

Expresiones caducadas que llevan a la extravagancia. He leído comentarios de opinadores progresistas calificando como de derechas al mismísimo Alfonso Guerra; y lo hacen desde el argumento de que Guerra se ha puesto en contra de una izquierda que marcha codo con codo con el nacionalismo tribal. ¡La Internacional ha muerto. Viva el tribalismo cateto!

La confusión es tremenda, y lo único que parece distintivo es una supuesta extrema derecha que no quiere avalanchas inmigrantes sin control y levanta concertinas como las que mantiene Sánchez en Ceuta y Melilla. Un control idéntico al de la Unión Europea cuando negocia bajo cuerda con corruptos gobiernos africanos sobre campos de retención. La única diferencia entre unos y otros es que unos hablan a las claras, y otros engañan con un discurso buenista. El peligro en Europa no llega por la derecha; el peligro es el de una casa construida sin cimientos.

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