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Tribuna

Pablo gutiérrez alviz

La importancia de llamarse Pablo

En puridad, Pablo Iglesias, fundador de Podemos, es un gris profesor sin rango académico cuya tesis doctoral versó sobre el estudio comparado de los "desobedientes"

La importancia de llamarse Pablo La importancia de llamarse Pablo

La importancia de llamarse Pablo / rosell

Dicen que determinados nombres propios otorgan una distinguida personalidad. En principio, esta afirmación no parece muy razonable. Sería tanto como imaginar que un inocente recién nacido, por el hecho de recibir un nombre de "postín", entraría directamente a formar parte de una relevante secta (de tocayos). No obstante, empieza a ser preocupante la proliferación de tantos Pablos en las noticias españolas. Conviene reflexionar sobre la importancia de llamarse Pablo.

Un clásico vino a decir que el padre está obligado a darle al hijo un nombre bello que se pueda retener y pronunciar con facilidad. Y Pablo es bonito, corto y sonoro, sobre todo en inglés (Paul, léase Pol) y en catalán (Pau). En la España de la segunda mitad del siglo pasado, se ponía este nombre por razones religiosas (San Pablo de Tarso y el papa Pablo VI), o por mimetismo con algunos famosos como Picasso y Neruda e incluso, los más progresistas, en memoria del fundador del PSOE (Iglesias). Apenas había antecedentes familiares. El boom de Pablo se produce en esta centuria: figuró en el podio de los más populares desde 2006 a 2008.

Actualmente tenemos cuatro Pablos muy célebres y soberbios: Casado, Iglesias, Echenique y Hasel. Paradójicamente, Paulus, su precedente de origen latino, significa pequeño u hombre humilde. A Pablo Casado, el desnortado líder del PP, tras su fracaso en Cataluña, solo se le ocurre vender el edificio que alberga la sede madrileña de su partido sin pararse a pensar en su falta de estrategia para captar al electorado de centroderecha. Consiguió de rebote el puesto político que ocupa y, aunque bienintencionado, no deja de ser un chico con escasa preparación intelectual y una más que discutible titulación académica (máster incluido). En el sacramento de la confirmación debió tomar como nombre el de Fortunato, porque ni él mismo puede creerse haber llegado a jefe de la oposición. Tiene un hijo Pablo.

En puridad, Pablo Iglesias, fundador de Podemos, es un gris profesor universitario sin rango académico cuya tesis doctoral versó sobre el estudio comparado de los "desobedientes". Gracias a su brillante y demagógica verborrea en los medios audiovisuales ha tenido un gran éxito político. No tiene tocayos ascendientes, aunque coincide hasta en el primer apellido con el padre del PSOE. Estima que España no es una democracia plena (adolece de falta de libertad de expresión por encerrar a los independentistas catalanes y al tocayo Hasel) olvidando su cargo de vicepresidente del Gobierno. Desobedece con frecuencia a Pedro Sánchez.

Un caso muy particular de Pablo sería el de Echenique, portavoz de Podemos en el Congreso. No constan otros familiares Pablos o se quedaron en Argentina, donde nació con una gravísima enfermedad degenerativa. Sin perjuicio de su posible valía como investigador del CSIC en Zaragoza, destaca como agrio y duro acusador de las faltas ajenas mientras, amnésico, olvida que está condenado en firme por defraudar a la Seguridad Social y también, pero pendiente de recurso, por un delito de intromisión ilegítima al honor de una persona asesinada. Defiende con vehemencia al siguiente Pablo.

Hasel de apellido artístico, rapero de Lérida, quien avergüenza a su padre de nombre Ignacio. Ignoro si tiene algún hijo pero nunca debería estar registrado como Pau (también paz en catalán). Sin terminar el Bachillerato se califica como intelectual autodidacta cuando no es más que un vil charlatán que predica la violencia y amenaza con tiros en la nuca. Desde la cárcel pide fuego en las calles.

Los tres últimos y protestones Pablos coincidirían en una presunta pertenencia a la secta "cainita": antiguo y minúsculo grupo que bebe en el evangelio apócrifo de Judas, y que va contra el resto de la humanidad. Sería muy deseable que estos tocayos sufrieran una súbita conversión (como Pablo de Tarso) y, con cordialidad, aceptaran los principios democráticos occidentales.

Salvo por el citado matiz "cainita", Pablo es un nombre que no tiene mayor importancia: "no imprime carácter". Son solo cinco letras bien combinadas que arrojan una agradable sensación acústica.

Esta sobreabundancia de Pablos famosos, algunos nada ejemplares, podría provocar que en el futuro hubiera menos tocayos. Por otra parte, no parece justa causa para que algún que otro Pablo intentara cambiarse de nombre en el registro civil. Lo más lamentable sería que, en unos años, fuera frecuente la siguiente escena: padre que se dirige a unos conocidos diciendo orgulloso:

- ¿Qué os parece mi bebé? Le he puesto Pablo, por el rapero Hasel.

Lo mismo un castizo que estuviera presente exclamaría: ¡Pobrecito mío!

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