Tribuna

José María García León

El fraude de los barcos rusos

El 21 de febrero de 1818 arribó al puerto de Cádiz una escuadra con cinco navíos de línea y tres fragatas procedente de Reval, actual Tallín. Pronto se corrió la voz de que habían llegado en muy malas condiciones

José Vázquez Figueroa, ministro de Marina de Fernando VII.

José Vázquez Figueroa, ministro de Marina de Fernando VII. / D. C.

El 21 de febrero de 1818 arribó al puerto de Cádiz una escuadra de barcos rusos compuesta por cinco navíos de línea y tres fragatas. Al mando del contralmirante Von Müller había salido del puerto de Reval (actual Tallín) el 27 de septiembre del año anterior, pasando por Gotemburgo y una estancia de dos meses en el puerto de Portsmouth, lo que supuso un inexplicable e interesado retraso en su singladura por parte de los ingleses.

Siguiendo al Diario Mercantil del día siguiente, conforme se iban acercando al puerto, un buen número de gaditanos acudieron curiosos a las murallas, oyéndose las correspondientes y recíprocas salvas de ordenanza. Asimismo, este periódico daba detallada información de estos buques, con expresión de sus características, denominaciones y mandos correspondientes. También, aunque de forma algo más escueta, en el parte de vigía de Cádiz del mismo día se daba la información oportuna.

Dichos barcos, adquiridos a Rusia en virtud del llamado Tratado de Madrid de 11 de agosto de 1817, cuyo máximo inspirador sería el general absolutista Francisco Eguía, debían entregarse a España debidamente “armados y aprovisionados”, corriendo a costa del erario español también el coste de la vuelta de sus respectivas y originarias tripulaciones a la base naval de Kronstadt. El importe total de la operación se cifró en unos 68.000.000 de reales, abonándose en principio 41.500.000 provenientes de Inglaterra a modo de compensación por la abolición española del tráfico de esclavos. El resto se pagaría antes del 1 de marzo de 1818.

Información sobre la escuadra en el ‘Diario Mercantil’, el 22 de febrero de 1818. Información sobre la escuadra en el ‘Diario Mercantil’, el 22 de febrero de 1818.

Información sobre la escuadra en el ‘Diario Mercantil’, el 22 de febrero de 1818. / D. C.

Pronto se corrió la voz de que dichos barcos habían llegado en malas condiciones y de que la operación había resultado ser un rotundo fracaso.

Las graves carencias de nuestra Armada

A partir de los inicios del siglo XIX la Armada española entró en un franco declive. A raíz del desastre que supuso la batalla de Trafalgar, en realidad un empate técnico entre contendientes con la salvedad de que para España supuso la pérdida de lo mejor de su flota, la Marina apenas pudo recuperarse. De ser una de las mejores del mundo en el siglo XVIII, no solo por su capacidad militar sino también técnica y científica, bajó considerablemente de nivel.

La Guerra de la Independencia, seguidamente, supuso otro duro golpe añadido, con la particularidad de que muchos de sus oficiales pasaron a ser movilizados para combatir en el Ejército, en una contienda básicamente terrestre. Para que nos hagamos una idea del estado de la cuestión, digamos que entre 1795 y 1825 se perdieron un total de 79 navíos entre acciones de guerra, bajas por mal estado y accidentes varios. En cambio solo hubo 11 altas en este periodo, entre las cuales, por muy chocante que parezca, hemos de incluir esos barcos rusos agenciados en 1818.

Navio de línea de 74 cañones. Navio de línea de 74 cañones.

Navio de línea de 74 cañones. / D. C.

A la altura de ese año el continente americano, en su totalidad, seguía siendo una constante fuente de problemas para España. El contencioso con Estados Unidos pasaba porque esta nación no reconociera a las nacientes repúblicas hispanoamericanas en su lucha contra la Metrópoli, así como acabar con la continua piratería en aquellas costas. En cuanto a su disputa por Florida, el Consejo de Estado había dictaminado su cesión a los norteamericanos, a cambio de que se le concediera a España “un razonable equivalente a la parte occidental de Misisipi (sic)”.

Por otro lado, por si esto no bastara, urgía dotar una flota lo suficientemente capaz para llevar tropas con destino a la América Española con las debidas garantías como para cortar todos los conatos independentistas posibles, muchos de los cuales se hallaban ya prácticamente consolidados. De ahí las prisas por dar solución a este problema tan apremiante.

Corrupción e ineptitud

La operación, en cuestión, se hizo secretamente sin el conocimiento de los ministerios de Marina, Hacienda y Asuntos Exteriores, participando solamente en ella el entorno más íntimo del Rey, más conocido como “la camarilla”, junto con el embajador de Rusia, el bailío Dimitry Tatischef. En conjunto, una serie de personajes pícaros y arribistas, por lo general de cortas luces, que gozando del favor real, arbitrario y poco conocedor de lo que se traía entre manos, dieron como resultado un penoso negocio, aunque pingüe para algunos. Conviene aclarar que, aunque se quiso presentar como un acercamiento en las relaciones de entre ambas naciones, lo cierto es que dicha operación no fue más que un simple contrato de compraventa, sin otro significado político ni diplomático.

Por su parte, "la camarilla” no era más que un reducido número de confidentes y aduladores del monarca, que casi diariamente se reunía con él en Palacio. Un verdadero gobierno en la sombra donde se decidían importantes cuestiones de Estado, siempre al margen de los ministros de turno, que eran frecuentemente ninguneados. En ella figuraban, entre otros, personajes de la catadura de Pedro Collado, alias Chamorro, una especie de bufón, aguador en su juventud, “de lenguaje truhanesco y cercana garrulidad”, según Vicente de la Fuente. Otro era Antonio Ugarte, antiguo esportillero que había ganado cierta fortuna en los negocios gracias a su carácter ingenioso y decidido. A ellos no tardaría en unirse el propio Tatischef, hablador, intrigante y maestro en el enredo. Estanislao Bayo, demoledor al rememorar aquellos años, cuenta que, “entre el humo de los cigarros y la risa que excitaba el lúbrico gracejo de una frase improvisada, nacían los decretos que en forma de leyes gobernaban a nuestra sombría y abatida nación”.

Tal fue así que, en sus Memorias, el titular de Asuntos Exteriores, José García de León y Pizarro, injustamente cesado a raíz de estos sucesos, calificó todo aquello como “una intriga de las más sucias y criminales que se puedan imaginar”, afirmando, de paso, que si se hubiera procedido por los cauces oportunos se habría ahorrado mucho dinero al Estado y evitado mucha vergüenza ajena. Con evidente sorna, calificó a Ugarte de “sapientísimo” y a Eguía de “fidelísimo”, tildando también poco menos que de ambigua, cuando no de “extraña”, la conducta del Embajador de España en Rusia, Francisco Cea Bermúdez.

Para colmo, los nuevos barcos quedaron varios meses prácticamente abandonados en el puerto de Cádiz, sin carenarlos y sin las debidas reparaciones por los desperfectos de tan largo viaje desde Rusia. Investigaciones recientes apuntan más bien a la poca idoneidad de la madera empleada (pino), nada adecuada para los planes españoles, aunque sí mas propia para las aguas del Báltico. También, a que, si se hubieran tomado a su debido tiempo las adecuadas inspecciones y medidas técnicas, se podría haber salvado una parte de la escuadra adquirida.

Carta de José García de León y Pizarro a_Fernando VII. Carta de José García de León y Pizarro a_Fernando VII.

Carta de José García de León y Pizarro a_Fernando VII. / D. C.

Con todo, esta compra de barcos, nefasta y claramente perjudicial para los intereses patrios, nunca de saldó en su totalidad. Solo se pagó algo más de la mitad del montante, sin contar con que una parte del dinero se perdió por el camino, suponemos que en manos de quienes llevaron todo esto a cabo, sin descontar la propia figura de Fernando VII, quien, encima, nunca mostró predilección alguna por los asuntos navales de España. De todas formas, no quedó duda alguna sobre la directa implicación de la Corona en este turbio asunto.

Hubo que prorrogar los plazos hasta 1819, aunque esta medida no bastó para saldar la deuda restante, ya que en 1830 todavía Rusia la reclamaba sin ninguna esperanza, por cierto, de cobrarla en su totalidad.

Entre el bochorno y la impotencia

Curiosamente, cuando se hizo pública la venta de estos barcos a España, la noticia fue muy bien recibida, atribuyéndose el propio Fernando VII poco menos que todo el éxito de la operación. La Gaceta de Madrid, órgano al servicio del Gobierno dentro de la fuerte censura de prensa entonces imperante, no dudó en cubrir de elogios al Rey, “que ha establecido y continuado el negocio por sí mismo hasta su feliz conclusión”.

Sin embargo, conforme la opinión pública (aunque muy mediatizada) fue poco a poco dándose cuenta del fracaso y de las oscuras circunstancias que se dieron conjuntamente, la propia Corona fue desligándose de todo aquello. Es más, se fueron cargando las culpas en quienes precisamente no habían tenido nada que ver, a pesar de que oficialmente ocupaban cargos de una responsabilidad, que precisamente les había sido soslayada sin el más mínimo pudor ni respeto. Tal fue el caso del propio Ministro de Marina, José Vázquez de Figueroa, un marino honrado y competente, que desde el primer momento había sido totalmente marginado, lo que no impidió que fuera cesado de modo fulgurante.

Por contra, el único de los barcos rusos que se puso a prueba, a través de una larga travesía, fue el Alejandro I al formar parte de la llamada Escuadra del Sur, que partió de Cádiz el 4 de mayo de 1819 transportando tropas a bordo con destino al puerto de El Callao. Compuesta de cuatro navíos al mando del brigadier Porlier, iba destinada a combatir la insurgencia independentista en aquel Virreinato. A la altura de la línea del ecuador, aquel navío empezó a hacer aguas y a tener serias dificultades para proseguir la navegación, debiendo regresar a Cádiz en calamitoso estado. Se da la circunstancia añadida de que el buque insignia de aquella escuadra, el navío San Telmo, naufragó al intentar atravesar el Cabo de Hornos, pereciendo toda su tripulación, un total de 665 hombres. El resto de aquellos barcos, totalmente desechados, fueron desguazados entre 1821 y 1823. Para mayor escarnio, el zar de Rusia, en vista de lo cual y viéndose obligado a compensar en alguna medida a España, envió “generosamente” tres nuevas fragatas, que resultaron igualmente inservibles.

Finalizaba, así, uno de los episodios más chuscos y lamentables vividos por nuestra Armada, sin que ésta, en realidad, apenas tuviera responsabilidades en ello.

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