Tribuna

Luis Humberto Clavería Gosálbez Rafael Padilla

Profesor Emérito de la Universidad de Sevilla

La extraña hora de Albert RiveraEl nuncio y la vicepresidenta

En los últimos años se dice cada cuatro días que vivimos un hecho histórico. A veces lo histórico no es sólo un hecho, sino un conjunto concatenado de ellos. Verdaderamente sólo llegamos a saber si el hecho X fue o no muy relevante cuando ha transcurrido un tiempo al menos mediano desde su acaecimiento. Por ello, ignoro si dentro de diez o de treinta años estos días que ahora vivimos en España serán reputados especialmente trascendentes o no, pero intuyo que, si lo son para los historiadores del futuro, el desventurado protagonista de esta época será Albert Rivera.

Este joven político comenzó su vida pública de un modo encomiable, creando y potenciando una formación que, en un medio más bien hostil -la anacrónica Cataluña separatista, que no es la única Cataluña-, exhibió valentía, coherencia, liberalismo y europeísmo. Un partido inicialmente catalán impulsó un sano amor a España y a Europa, con valores alejados de sórdidas tradiciones que nos remitían a un penoso pasado; es cierto que nunca me sedujeron ni su modelo económico ni su rígida concepción del modelo territorial, pero sin duda se trataba de un partido muy atendible. Desde sus comienzos contó con valiosos colaboradores y colaboradoras, una de ellas especialmente carismática, que deslumbró a toda España con sus intervenciones en la caldera del Parlament. Hasta la primavera de 2018 Rivera, tal vez entonces el político más innovador de nuestro país, se nos aparecía como una especie de Kennedy y Suárez redivivos, dispuesto a jugar flexiblemente varios roles.

Pero de pronto sucede algo inesperado. Pedro Sánchez, recobrando una sensatez que había perdido en 2016, gana astutamente una moción de censura, expulsa a un exhausto PP y ocupa la Moncloa (no digo okupa, como ridículamente se dijo). Entonces nos encontramos con otro evento, éste negativo y siniestro: el Dr. Jekyll deviene Mr. Hyde. Rivera padece una súbita obsesión contra un Sánchez ya regresado a la racionalidad, comenzando aquél a desvariar alarmantemente, arrastrando a su partido en tal desvarío. Desde el verano de 2018 Rivera deja de ser el europeísta liberal originario para devenir un cruzado contra Sánchez, prefiriendo servirse de un partido de 1940 como Vox antes de pactar con el PSOE, al que acusa absurdamente de vender a España, siendo el anacrónico acto de la Plaza de Colón un paso más en la carrera de autodestrucción de Ciudadanos. Ante el asombro de propios y extraños, en la campaña electoral de abril de 2019 promete explícita y vehemente lo que no conviene ni a él ni a su partido ni a su país, como sucede a ese pulidor que trabaja desde fuera hacia adentro de la habitación y queda encerrado en una esquina de ella. Cree que su destino consiste en convertirse en jefe de la oposición compitiendo con Casado en lugar de proyectar un benéfico papel de bisagra, que le reclaman empresarios y grupos de su ámbito ideológico. El resultado de las elecciones de abril es clamoroso, desnudándolo mucho más que una antigua fotografía suya: PSOE y Ciudadanos obtienen juntos mayoría absoluta; ya no queda Pedro Sánchez impelido a pactar con separatistas o izquierdistas radicales, de modo que España puede, por fin, entrar en el escenario ideal de estabilidad y progreso que el Ciudadanos de antes de 2018 (recuérdese el pacto Sánchez-Rivera) reputaba deseable. Conste que ese escenario no es exactamente el preferido por mí, pero sí parece el querido por la mayor parte de la sociedad española y, desde luego, el más operativo según la opinión de los agentes sociales más influyentes. Importantes figuras españolas y no españolas cercanas a Rivera le proponen obviamente esa opción. Y Rivera la rechaza, encerrado en la esquina de su pulida sala, prefiriendo la colaboración -que ridículamente pretende ocultar- de los nostálgicos del Caudillo a las conversaciones con Sánchez. ¿Tan horrible es el sanchismo?¿Tiene, por ventura, Rivera alguna información acerca de los peligros que amenazan al Estado si preside el Gobierno Sánchez? Desde luego, lo que dicen al respecto los partidos de derecha no se sostiene.

Pues bien, cabe que le suceda lo siguiente: la Historia repetirá continuamente que fue el principal causante de que España perdiera la oportunidad de consolidar la normalización que inició en 1978. Como el desgraciado de Poncio Pilato es evocado negativamente todos los días en todas las iglesias del mundo, es posible que Rivera sea recitado en los colegios en los años venideros como el primordial artífice del inquietante destino que puede esperar a España. Y todo por pulir la habitación al revés. El rencor es un pésimo consejero, pues, como Sansón, mata al rencoroso al atacar a los filisteos. ¿Es psíquicamente posible que el antes admirable Rivera advierta dónde está en estos días decisivos?

EL ya exnuncio apostólico en España, Renzo Fratini, no ha tenido otra ocurrencia que la de explayarse en el descuento de su mandato. Afirmó Fratini que el proyecto de exhumación de los restos de Franco ha conseguido resucitarlo. A su juicio, "se le ha enaltecido mucho más después de que se anunciara esto". Era preferible, añadió, dejarlo en paz "porque no ayuda a vivir mejor recordar algo que provocó una guerra civil". Y, para concluir, denunció la existencia en tal iniciativa de "motivos políticos e ideológicos" que persiguen dividir de nuevo a la sociedad española.

Sin entrar en lo dicho, para mí tengo que el diplomático se olvidó de las obligaciones de su oficio. Con sus palabras, desde luego inoportunas, ha colocado a la Santa Sede en una posición difícil. Deberán ahora reconstruirse puentes que aseguren y adveren la proclamada neutralidad que El Vaticano ha manifestado reiteradamente en este asunto. Su arrebato de sinceridad, virtud contraindicada en las embajadas, tensa unas relaciones verdaderamente complejas, obstaculiza el hallazgo de soluciones aceptables y, paradójicamente, agudiza el problema que el propio Fratini pretendía, supongo que de buena fe, encauzar. Al nuncio le sobró franqueza -tómense el término como quieran- y le faltó la proverbial finura de su bimilenaria representada.

No mucho más feliz ha sido la reacción de nuestra vicepresidenta en funciones. Desde su perspectiva, se comprende el enfado. Pero de ahí a retomar el viejo mantra socialista de revisar la fiscalidad de la Iglesia hay un trecho que Calvo no debió recorrer. Esa amenaza es impropia de un Estado democrático, en el que las cargas tributarias no constituyen nunca un premio o un castigo con el que se obsequia o se fulmina. Por otra parte, las normas son claras: en el caso del IBI, por ejemplo, están exentas las entidades sin fines lucrativos. La Iglesia católica entre ellas, aunque también los sindicatos, las fundaciones, las ONG o el resto de las confesiones religiosas. ¿Pretende Calvo hacer una excepción sólo con las entidades eclesiales? ¿Le llevaría su anticlericalismo a desoír principios básicos de nuestra legislación? Me malicio que no y que, como a Fratini, el calentón le pudo a la lógica.

En este país de locos nadie parece saber estar en su sitio. Ambos, Renzo y Carmen, se han equivocado. Y bueno sería que sus respectivas jefaturas, para recuperar una respirable sensatez, empezaran por reconocerlo.

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