Tribuna

Rafael zornoza

Obispo de Cádiz y Ceuta

Tres días para vivir con intensidad

Si le seguimos dispuestos a sufrir y morir con Él, su vida se convierte en nuestra vida y su triunfo también. En esta certeza se basa y se edifica nuestra existencia cristiana

Tres días para vivir con intensidad Tres días para vivir con intensidad

Tres días para vivir con intensidad / rosell

Comienza el Triduo pascual con los ritos sagrados del Jueves y Viernes santo y la solemne Vigilia del sábado. Los acontecimientos que nos proponen las celebraciones son, sencillamente, la manifestación sublime de este amor de Dios al hombre de modo que podamos revivir en nosotros el misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Son días para pensar en el dolor, la pasión y el enorme amor de Jesús; para agradecer y sentirnos orgullosos de ser cristianos y para comprender que nunca amamos demasiado, para plantearnos nuevas metas y orar mucho.

El Jueves santo, con la misa vespertina de la Cena del Señor, conmemora la ofrenda total que Cristo hizo de si mismo a la humanidad. Aquella primera Eucaristía anticipó su sacrificio que quedo milagrosamente perpetuado para nosotros en cada Misa. Después de conmovernos con el gesto humilde del lavatorio de los pies, propio de los esclavos, Jesús nos dejó allí el "mandamiento nuevo" del amor fraterno que es, desde entonces, la palanca más poderosa que existe para la transformación del mundo. A continuación, la adoración eucarística nos adentra en el recuerdo de la agonía de Cristo en el huerto de Getsemaní, momento de tremendo abandono y soledad a la que siguió el prendimiento y el camino del Calvario. Allí mismo se nos llama a permanecer con El en oración, como pidió a los discípulos: "Quedaos aquí y velad conmigo" (Mt 26,38). También nosotros, como ellos, a menudo dormimos dejando solo al Salvador mientras combate contra el mal.

La Pasión, dramática y cargada de tensión, llena el Viernes Santo y contempla a Cristo que muere en la cruz descubriendo la historia de la infidelidad humana, el enfrentamiento supremo entre la Luz y las Tinieblas, entre la Vida y la Muerte. Debemos situarnos en este contexto, conscientes de nuestra "noche", la de nuestras culpas y responsabilidades, si queremos vivirlo con provecho espiritual y llegar a la luz. Destaca el corazón traspasado de Jesús, un pozo donde "están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia", como dice San Pablo, hasta tal punto que el no quiere saber "nada más que a Jesucristo y este crucificado" (1Cor 2,2). Nada tan cierto, por eso es fuente de todas las bendiciones y de un amor de proporciones cósmicas que nos lleva a la plenitud. La cruz es desde entonces el mayor símbolo de esperanza y de reconciliación con Dios. Con la ayuda de las procesiones y los "via crucis" es posible aprender la sabiduría del cristiano siguiéndole paso a paso.

En el Sábado santo permanecemos con María en oración silenciosa junto al sepulcro donde yace inerte el Señor, ya muerto y sepultado, hasta que, entrada la noche, con la Vigilia Pascual, salte festivo el Gloria como un estallido de júbilo y suene el Aleluya como un rayo de luz en medio de la noche del mundo. La comunidad cristiana se goza por el Resucitado, y por la comunión con El y el perdón que es su gran regalo. El velo de tristeza que envuelve a la Iglesia por la muerte y la sepultura del Señor queda rasgado por un grito de victoria: ¡Cristo ha resucitado y ha vencido para siempre a la muerte!

¡Cuánta paz si estamos reconciliados y renovamos las promesas bautismales! ¡Qué alegría la de los nuevos bautizados! Quien percibe el triunfo de la victoria de Cristo en la fuerza de su amor misericordioso adquiere la certeza de que el mal no tiene la última palabra y puede comprometerse con valentía y entusiasmo para que nazca un mundo más justo. Estos días tendrían que suscitar entre nosotros un deseo más vivo de adherirnos a Cristo y de seguirlo generosamente, porque el misterio que el Triduo santo nos hará revivir no es sólo el recuerdo de una realidad pasada. Es un acontecimiento actual: también hoy Cristo vence con su amor al pecado y a la muerte. Si le seguimos dispuestos a sufrir y morir con Él, su vida se convierte en nuestra vida y su triunfo también. En esta certeza se basa y se edifica nuestra existencia cristiana.

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