Tribuna

yOLANDA ORTIZ Mallol

Fiscal

Las cuentas y la memoria

Qué no debe ser nunca olvidado y qué hemos de dejar atrás es algo que debiéramos recordar cada vez que un episodio del pasado decide marcar las directrices del hoy

Que la memoria individual es arbitraria y que los recuerdos navegan con cierta autonomía en la historia personal de cada cual es algo que experimentamos diariamente, y no sin cierta sorpresa ante cada nuevo descubrimiento. Uno recuerda lo que recuerda, y no pasa a considerarse responsable por ello. Exoneramos a los recuerdos personales de toda culpa en la convicción de que uno responde de sus actos, no de su memoria; en la consideración de que poco o nada tiene que ver el recuerdo -y, por tanto, el olvido- con la voluntad y con la idea de justicia. En cualquier caso, se trata de una rendición de cuentas personal, de la delimitación que cada cual hace de sus propios perfiles, del armazón y la osamenta con los que decide echar a andar.

El problema está cuando esa indefinición, esa falta de asiento salta a la memoria colectiva, al asfalto de todos, y nos descubrimos rescatando pasados remotos, ayeres lejanos que, sin embargo, se han deslizado de forma completamente desapercibida en otras circunstancias. Tenemos una memoria colectiva blanda, poco estructurada, caprichosa, que a veces olvida demasiado pronto y otras recuerda con demasiada insistencia. Hemos sido testigos en un solo siglo de limpiezas étnicas que ignoran la experiencia vivida de los que todavía no han muerto, tan cercanas entre sí como desdeñadas. Y estamos siendo parte integrante de un escenario en el que la extrema derecha avanza con la misma herramienta con la que lo hiciera en los comienzos de un siglo apenas recién agotado.

Qué no debe ser nunca olvidado y qué hemos de dejar atrás es algo que debiéramos recordar cada vez que un episodio del pasado decide marcar las directrices del hoy. Y sobre ello algo dice nuestra norma, la que creamos en los parlamentos y sobre la que resolvemos sustentarnos. No en balde uno de los pocos delitos que no prescribe en nuestro Código Penal es, precisamente, el genocidio; la masacre planificada, el horror ausente de pudor. Y no en balde apostamos por la resocialización del individuo en la creencia de que tenían razón tanto el poeta ("nosotros los de entonces ya no somos los mismos") como la pequeña Alicia ("podría contarles mis aventuras… a partir de esta mañana. Pero no serviría de nada retroceder hasta ayer, porque ayer yo era otra persona").

Olvidamos lo que olvidamos, sí. Y rescatamos lo que rescatamos. A veces con una arbitrariedad de jardín de infancia que se aleja de los criterios que debieran regir una sociedad basada en el sistema de leyes. Como si por un lado fuese la vida y por otro muy distinto la regla. En el descuido de que hablar de ley no significa sólo hablar del imperio de la ley, sino de toda la filosofía que hay detrás de ella y sobre la que hemos decidido erigirnos como comunidad.

En todo ello pensaba estos días mientras leía en el periódico noticias que me traían al recuerdo otros sucesos; algunos ya lejanos y algunos menos. Y pensaba en el tiempo convulso que estamos viviendo. En cómo, por ejemplo, permitimos que desalmados agazapados a la espera del momento ensucien nuestros días con pasados que no debieran transformarse en presentes, ya sea en forma de pequeños hurtos más que prescritos, ya sea -mucho peor- en forma de opiniones desatadas entre el licor y la imprudencia hace ya algo más de dos lustros. Y pensaba, por contra, en por qué hay que olvidar, sin embargo, a los muertos, por qué dejarlos en las veredas. El pasado pasado está, dirían algunos; que, aunque no sean crisantemos, ya habrá alguna margarita, tal vez un lirio, que haya echado raíces sobre sus restos, donde quiera que estén.

Somos responsables de no caer en trampas que no debieran ser nuestras. Allá queden los extractos de algas, la baba de caracol y las lenguas sueltas, y devolvámosle los apellidos a los huesos. Soy de los que consideran que tuvimos una buena Transición, ahora tan denostada por quienes ni tan siquiera llegaron a verla. Mi abuelo, que fue represaliado por el franquismo, siempre lo pensó. Se hizo lo que se pudo, y visto de dónde venimos, creo que no se hizo mal. Pero poco tiene eso que ver con el olvido de los cuerpos, con el abandono de la memoria, con el paso esquivo por valles y cunetas.

"El tiempo es todo un personaje", que dijo el Sombrerero… Y tan cierto es. Hagámosle, pues, un buen guión. Nos lo merecemos.

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