José Luis García del Pueyo

Profesor de San Telmo Business School

La sociedad que viene

El autor inicia hoy la trilogía 'El mundo que viene', en la que aborda tras la pandemia tres ámbitos de pensamiento , sobre la sociedad, el comportamiento de los individuos y las empresas que la componen

La sociedad que viene La sociedad que viene

La sociedad que viene / Rosell

Estamos viviendo una época que aparecerá en los libros de historia con renglón propio. Ha sido la primera crisis con origen sanitario de la era moderna, que está siendo no ya internacional sino global, no de clase sino transversal y no por etapas sino simultánea, lo que le otorga unas singularidades desconocidas hasta el momento y cuyos aprendizajes serán estudiados por muchos años. Tendrá efectos devastadores en la economía, las empresas, los consumidores, y causará la caída de gobiernos de distinta índole. ¿Qué podemos aprender de ella? ¿Se podrán obtener algunos aprendizajes positivos?

La humanidad nunca ha tenido un periodo tan intenso de reflexión y debate, que haya coincidido en ámbitos geográficos y temporales sobre un único tema, lo que ha dado lugar a la mayor campaña de comunicación, concienciación y compromiso de la historia. El Covid-19 lo ha fagocitado todo. Analizado este fenómeno en clave positiva, nos permite abrir un paréntesis de tiempo confinado para pensar sobre la evolución de la sociedad global y su rumbo. Vivimos en una sociedad competitiva, abierta, marcada por la prisa y rapidez, pero que se paró súbitamente por un hecho no previsto en ningún plan de crisis ni de gobiernos, ni de las grandes corporaciones, salvo en ensayos de ciencia ficción. Se habla acerca de que esta pandemia del coronavirus ha supuesto una lección de humildad para el ser humano, una herida en su narcicismo, al poner de manifiesto su debilidad frente a un enemigo minúsculo, invisible y letal. ¿Pero cuál es el escenario donde se esta representando esta obra que en otra época hubiera sido interpretada como un castigo de los dioses en cualquier religión? ¿Estaremos ante un paréntesis en nuestras vidas o tendrá efectos de cara al futuro?

La humanidad había alcanzado las mayores cotas de bienestar de la historia y algunos problemas del Tercer Mundo como el hambre, la mortandad infantil y ciertas  enfermedades endémicas, tendían a mejorar en el marco de los Objetivos del Milenio de la ONU. Este se reproyectó en 2015 hasta 2030 en los llamados Objetivos Mundiales (ODS) a modo de marco conceptual ambiguamente consensuado entre gobiernos, ONG´s e incluso grandes corporaciones empresariales. Había quedado atrás la grave crisis financiera de 2008 que diezmó a las clases medias, ensanchó las desigualdades sociales e hizo tambalear y cuestionar la viabilidad del Estado Europeo del Bienestar puesto en marcha 60 años antes. ¿Qué quedó de aquella? Cambios de hábitos y además sus perniciosos efectos auparon los movimientos nacionalistas y populistas de distinta ideología política, que recordaron a la Europa de los años 30 y que tuvieron efectos distorsionantes desde el Brexit hasta Cataluña, pero también desde Estados Unidos hasta Latinoamérica. La nueva crisis que viviremos entre 2020 y 2023, ¿Tenderá a minimizarlos o a exacerbarlos? A tenor de lo que estamos viviendo ahora, parece que desafortunadamente será lo segundo. ¿Esta radicalización es una tendencia global o nacional? ¿Es consecuencia de los cambios geoestratégicos que estamos viviendo, donde el eje del poder mundial ha pasado de Europa a Estados Unidos y de este hacia China, a modo de proceso de ajuste de capas tectónicas? ¿Son espontáneas o pueden tener interpretaciones desestabilizadoras? El pensamiento conspirador enmascara en muchas ocasiones la tozuda realidad.

En un mundo globalizado e interconectado digitalmente, ninguna sociedad desarrollada puede permanecer aislada de lo que suceda en otro extremo del planeta por alejado que pueda parecer. Cuando en Occidente se vieron en enero imágenes dramáticas de Wuhan más propias de películas, se cayó en el error de minimizarlas, como también le sucedió en febrero a más de un país europeo cuando pensó que era un problema nacional de otro. Las megatendencias mundiales acaban afectando a todos, si bien es cierto que mimetizadas con el entorno próximo. Es cuestión de tiempo.

Estamos inmersos en la denominada IV Revolución Industrial que eclosionó precisamente con la anterior crisis de 2008 y cuyas últimas esquirlas aún nos estábamos quitando. La transformación digital no es un cambio brusco, sino una de las grandes tendencias. La inteligencia artificial, blockchain, IOT, big data, 5G o la realidad virtual, cambiarán nuestra forma de relacionarnos, trabajar y producir, como ya lo hizo el smartphone hace una década. El confinamiento del coronavirus ha sido un ensayo general de la sociedad digital que viene, un gran acelerador de una tendencia clara e imparable. Más vale formarse y prepararse que no lamentarse. Las video conferencias múltiples, los asistentes virtuales, las plataformas digitales de entretenimiento, los e-sports, el e-commerce, ya no se marcharán ni retrocederán, pero ensancharán la brecha digital entre los preparados y los que no lo estén, y entre los que tengan y los que no tengan. 

Otra tendencia que nos cuesta ver es la bomba demográfica que azota a Occidente y especialmente a España. Una sociedad con la mayor esperanza de vida del mundo y la menor tasa de natalidad como sucede en España, es una sociedad con graves problemas a largo plazo. Desafortunadamente, el largo plazo no aporta votos. Los gastos de sanidad se dispararán y será necesario invertir en residencias para mayores, tan denostadas en fechas pasadas, pero también en cuidados especiales, adaptaciones variadas, etc. Por el contrario la gran distancia entre al edad de jubilación y la esperanza de vida, abre un mercado de enorme volumen que es el de los mayores. La sociedad hedonista, que prima la estética, la belleza o el ocio, también llegará a los mayores ya que los seres humanos tendemos a intentar parar el reloj biológico. Es la generación de plata, la baby boom que deberán sostener las generaciones millennials y Z, como consecuencia de haber perdido la atracción por la procreación, debido una combinación de factores económicos y también sociales. Los impuestos subirán para sostener la tramoya del Estado del Bienestar, basado en criterios demográficos finiquitados.

Pero mientras este es un problema directo de los países desarrollados, el crecimiento constante de la población mundial, lo es indirecto, pero que genera retos directos. Es necesario alimentar al mundo, pero la producción intensiva entra en contradicción con la ecológica. Crecimiento de población y miseria lleva a la emigración. ¿Se le da la espalda a la lógica emigración en busca de un mundo mejor o se admite a todos los inmigrantes? ¿Qué problemas puede causar en los países receptores? ¿Estimulará los populismos? ¿Pagamos más impuestos para ayudarles en origen? ¿Se podrá evitar la corrupción en las ayudas al desarrollo local?

Por último asistiremos a una mayor preocupación por las cuestiones medioambientales y de salud. Los recuerdos del Covid-19 perdurarán más allá de la vacunación generalizada de la población en dos o tres años y eso es mucho tiempo. Los negacionistas del cambio climático perderán fuerza, y asistiremos a un mayor auge de la economía verde porque la población general tenderá a otorgarle más importancia a la sostenibilidad medioambiental, ante el recuerdo de la crisis sanitaria. ¿Estará la sociedad dispuesta a pagar el sobre coste verde? ¿Se hará competitivo?

En 2025, tras la nueva austeridad que viene, la sociabilidad que ahora tanto se desea se habrá recuperado, pero las tendencias harán que tengamos una sociedad con matices distintos a la de 2020.

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