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Tribuna

FRancisco Ferraro

Miembro del Consejo Editorial del Grupo Joly

Tendencias mundiales: amenazas (y 2)

Tendencias mundiales: amenazas (y 2) Tendencias mundiales: amenazas (y 2)

Tendencias mundiales: amenazas (y 2)

En el artículo del pasado domingo exponía las fortalezas de la humanidad ante un futuro de incertidumbres. Frente a ellas están emergiendo algunas amenazas poderosas que sintetizó en las tres siguientes.

La primera es el descontrolado poder de las grandes empresas tecnológicas. Estas empresas (Google, Facebook, Amazon, Apple, Microsoft,...), que con su desmesurada capitalización copan los primeros puestos de los ranking mundiales, tienen la capacidad de absorber a cualquier empresa potencialmente competidora y ofrecen productos y servicios en régimen de monopolio u oligopolio. Su capacidad de innovación, su carácter multinacional y sus reducidos o nulos costes marginales (por aumentos de producción) le dotan de un poder de mercado creciente frente a la lentitud de las regulaciones antimonopolio y las limitaciones de los servicios de defensa de la competencia, de donde se derivan, entre otros efectos, notables ahorros fiscales. Pero no es el extraordinario poder de mercado de estas compañías el riesgo más grave para la humanidad, sino la extraordinaria acumulación de información personal, lo que constituye un activo del que pueden hacer uso directamente o vendiendo a otras empresas para conocer e influir en las tendencias de la demanda de múltiples productos y servicios, pero también, y es lo más preocupante, para conocer e influir en las opiniones colectivas (incluyendo la filtración selectiva de informaciones tendenciosas o falsas) con el fin de inclinar las decisiones colectivas hacia ciertas opciones políticas o ideológicas; e, incluso, utilizar la abundante información personal que disponen para ejercer influencia en las personas más allá de lo meramente comercial.

La segunda de las amenazas proviene de la combinación de los acelerados cambios tecnológicos y de la globalización. Esta última ha provocado el desplazamiento de parte de la producción manufacturera y de servicios hacia países emergentes y en desarrollo con menores costes laborales, cuya competencia ha presionado a la baja en el empleo y los salarios de los países desarrollados. Por su parte, los cambios tecnológicos están favoreciendo la desaparición de trabajos de carácter rutinario en múltiples actividades y disminuyendo sus costes. Ambas dinámicas contribuyen a la disminución de las tradicionales clases medias en los países desarrollados, la inseguridad laboral y el aumento de la desigualdad, lo que convierte a amplios sectores de la sociedad en presas fáciles de los populismos. Si a ello se suma el intenso crecimiento demográfico de África y buena parte de América Latina, el limitado aumento de su renta personal, los conflictos civiles y el mayor conocimiento (gracias a las telecomunicaciones) del diferencial de bienestar y oportunidades de los países desarrollados, la dinámica migratoria es una tendencia en aumento que tiene como respuesta la creciente xenofobia en los países receptores, alimento adicional de los populismos en estos países.

La tercera amenaza se cierne sobre los sistemas democráticos liberales por su dificultad para hacerle frente a las anteriores amenazas, lo que requeriría profundas reformas que no son populares y, en consecuencia, para la que los intereses de la mayor parte de los políticos no son favorables. Para hacer frente a los efectos negativos provocados en los países desarrollados por la globalización y los cambios tecnológicos referidos hay dos opciones teóricas: aumentar el proteccionismo o aumentar la capacidad competitiva. La primera opción no es deseable ni viable, por lo que la única posibilidad es aumentar la capacidad competitiva de los países desarrollados, lo que exige reformar el Estado de bienestar, aumentar la responsabilidad individual, y potenciar las políticas de oferta (singularmente formación e innovación) que propicien la cualificación de los factores y la inclusividad social. Esta opción exige reformas institucionales graduales y profundas, complejas en su diseño y puesta en práctica. Frente a ello, el populismo enardece el malestar colectivo y ofrece soluciones simples para problemas complejos, mientras que el juego democrático incentiva la permanente discrepancia entre los partidos políticos para su supervivencia, lo que impide o dificulta la imprescindible colaboración para abordar las reformas. Y más difícil aún es avanzar en la gobernanza mundial, como requiere buena parte de las amenazas a las que nos enfrentamos, especialmente ordenar y restringir el inmenso poder de las compañías tecnológicas y frenar el deterioro del medio ambiente.

El resultado entre las fortalezas y las amenazas no se puede prever, pero dependerá de la preponderancia de los componentes racional o emocional con los que valoremos la dinámica social y con los que adoptemos las decisiones individuales y colectivas

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