Tribuna

Fernando Castillo mariló montero

Escritor

El Tánger que se fuePasaporte a la vida

En España aún quedan sin vacunar 3,9 millones de personas mayores de 12 años

Sin duda existe el mito de Tánger; una más de ese grupo de ciudades de fortuna literaria, cinematográfica y artística, cuyo nombre se convierte en un reclamo legendario. Unos ecos y unas imágenes que navegan entre lo real y lo imaginado, a las que ha contribuido su carácter de urbe plural y cosmopolita debido a su condición de ciudad internacional acordada tras la Gran Guerra. Una situación única que duró unas décadas, hasta la independencia de Marruecos, que unida a su emplazamiento estratégico, permitió la aparición de una sociedad tan variada como compleja en la que confluían y convivían nacionalidades y religiones. Fue Tánger un lugar que a lo largo de la historia acogió viajeros y refugiados deseosos de seguridad y a quienes escapaban de sí mismo y del mundo en el que vivían, esos que llegaban en busca de la libertad y de los placeres que no encontraban en otros lugares. Pero también era una ciudad que amparó a los que acudían dispuestos a entregarse a negocios y tráficos más o menos equívocos alentados por la autonomía económica de la que disfrutaba la ciudad. Una hospitalidad que se hizo más compleja cuando desde 1939 Europa ardía de un extremo a otro.

Fue el de Tánger un mundo único, lleno de sutilidades, que fue adquiriendo un denso contenido literario, por obra de escritores y artistas, desde Paul Bowles, Francis Bacon y los chicos de la Generación beat, a Cecil Beaton, Truman Capote, Gore Vidal, Emilio Sáenz de Soto o Juan Goytisolo, que recogen entre otras las novelas del citado Bowles como Déjala que caiga y, sobre todo, por la magnífica novela de Ángel Vázquez, La vida perra de Juanita Narboni, sin duda la novela de Tánger y el monólogo más destacable del siglo, con permiso de Miguel Delibes y de mi amigo Javier Goñi. Sin embargo, esta diversidad cultural de aparente liberalidad se desarrollaba en un escenario en el que la mayoría marroquí era el decorado exótico, cuando no algo menos recomendable, para quienes buscaban sensaciones intensas. Unos criterios que apenas ocultaban el colonialismo que señalaba Mohamed Chukri, manifestado en el desdén por la cultura local, y en las relaciones de dominación establecidas gracias al dinero de muchos de los que se habían instalado en Tánger.

Esta situación cambió con el fin de los dos protectorados, el francés y el español, y del Estatuto Internacional tangerino. En la ciudad, y ya bajo la soberanía marroquí, permanecieron los tangerinos no musulmanes que al mismo tiempo eran españoles, británicos, franceses, italianos, sefardíes, portugueses, gibraltareños…Todos ellos quedaron atrapados entre el pasado, el mundo que se iba convirtiendo en ruinas y del que el cosmopolitismo desaparecía, y la oleada de marroquinización o, si se prefiere, de islamización surgida en 1956. Una realidad de la que eran testigos pero que negaban obstinadamente. Todo ello y en un escenario único en el que todavía conviven, o casi, el boulevard Pasteur y el Zoco Chico, la arquitectura islámica y el racionalismo de Bujajach, los hoteles El Minzah y el Villa de France, la librería Les Colonnes y los Café de Paris, Colón, Claridge o Mirador, que ya apenas conservan ese aire de decadencia que solo se logra tras haber acogido a quienes llegaban de todas partes en busca de lo confesable e inconfesable.

Urbe cinematográfica que iba a ser la Casablanca de Michael Curtiz, y que siempre ha tenido ese ambiente especial de los lugares de confluencia, en los que se reúnen personajes como los que se cruzan por las páginas de Hotel Tánger, la novela coral de Tomas Salvador cuyo merito más destacable es mostrar unos tipos que su autor, que sabía de que hablaba, consideraba representativos de la ciudad. Naturalmente Tánger no estuvo al margen de lo sucedido en el siglo XX, tanto es así que fue escenario de conspiraciones y ocupada por España el mismo día en que los alemanes entraron en Paris en junio de 1940. Luego siguió siendo refugio de personajes dispares y encontrados o de tipos perdidos casi siempre en busca de algo, y que podían leer el diario España del orteguiano Fernando Vela. Esos días de refugiados como Nicolas Muller, de espías como Mahias Goeritz y de huidos del Nuevo Orden como Magda D'Andurain, dejaron su lugar a la literatura hasta que llegó la independencia, es decir, nacionalismo e islamización. Luego se ha convertido en urbe en desarrollo y crecimiento, prospera y cosmopolita, considerada hoy la más snob y libre de Marruecos, algo que parece confirmar que algo pervive del Tánger de siempre. Y es que Tánger no defrauda ni siquiera al que se obstina en buscar los restos de la Generación beat, de los brillantes refugiados de la postguerra o de los chicos malos de los sesenta, en los cafés, bares y clubs del entorno del Boulevard Pasteur o entre las palmeras de El Minzah y el Villa de France. Ahora, por no quedar, no quedan ni aquellos que conocieron a Mariquita Molina o a su hijo, aunque siempre se recuerde a Juanita Narboni.

ESTAMOS viviendo un momento histórico desde que un virus mortal invadió el planeta. Independientemente de que sean necesarias las conclusiones sobre la investigación para que se pueda conocer, de manera certera, cuál fue el origen y si hubiera habido algún propósito o no, la experiencia de tan devastador virus no tiene precedentes. Una de las diferencias con la llamada gripe española es la vacuna. Es un hecho que los laboratorios, ante la espantosa mortalidad que el Covid causó, y sigue provocando, casi dejaron de lado otras investigaciones para centrarse en lo que, a nivel mundial, era una prioridad. Las vacunas de ARNm son el resultado de décadas de trabajo. Anteriores investigaciones para el SARS y MERS, fueron el fundamento para poder desarrollar la vacuna contra el Covid-19. La vacuna ha sido un salvavidas para millones de personas. Está demostrado que la vacuna reduce el riesgo de contagio, y en caso de contagio los síntomas suelen ser leves y reduce de manera contundente la mortalidad. Hoy se asegura que la tercera dosis es necesaria. En España aún quedan sin vacunar 3,9 millones de personas mayores de 12 años. Por consiguiente, probables contagiadores, posibles enfermos del coronavirus, y factibles fallecidos. En el debate de si debe ser obligatorio el uso del pasaporte Covid para poder acceder a lugares donde hay reuniones de público es más que sensato. En otros países se viene exigiendo sin ningún tipo de drama. Si se reserva una mesa en un restaurante, lo normal es que te ubiquen en el exterior, pero si el cliente prefiere comer dentro de local, el restaurador le pide el QR que en la tarjeta sanitaria digital demuestra que tienes las dosis inyectadas. Por lo que el interior del restaurante se convierte en un lugar seguro. En España se debate sobre si se les debe obligar a los no vacunados a que se inyecten el suero, mientras que algunas comunidades han optado por hacer obligatorio el uso de pasaporte Covid. En Andalucía nos lo estamos pensando. Parece que es lo más sensato que una vez que se ha hecho el esfuerzo de descubrir la vacuna contra el coronavirus, hagamos uso de ella además de para mantenernos alejados del contagio, seguir viviendo. El pasaporte Covid es una llave que abre las puertas. Sólo las cierran quienes no se quieren inocular. Es una decisión que toman así como asumirían que están limitando sus movimientos, pero no el de los millones de españoles que asumen la responsabilidad de acabar conjuntamente con esta pandemia que, más que agotarse, retoma vitalidad.

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