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Tribuna

José Manuel Jareño

Ex decano del Colegio de Abogados de Cádiz

Pepe Gutiérrez (Trueba, por supuesto)

Cuando suena el teléfono a primeras horas de la mañana y es mi decano Pascual Valiente, me echo a temblar. ¡Ha muerto Pepe Gutiérrez Trueba! Y se me hiela todo.

Siendo yo un niño de 5 o 6 años conocí a Pepe Gutiérrez, porque iba a casa de mi abuela que vivía en Sacramento, calle en la que también vivía José Antonio, a estudiar juntamente con mi tío Juan Pablo Rodríguez-Sánchez, Manolo Rodríguez-Piñero, padre, y otros compañeros más. Eran alumnos de la academia que tenía Miguel Fernández Melero, luego también decano, y del fiscal Alfredo Salvador Bosque, que llegó a fiscal del Tribunal Supremo. En una de las habitaciones del piso alto, se reunían chavales de unos 20 y 21 años a preparar Romano, Civil, Procesal, Mercantil, temas que debían cantar por la tarde. Eran los llamados alumnos libres, que tanto controlaba Francisco de Pelsmaecker e Iváñez, coco del Derecho Romano, quien, por cierto, veraneaba en Cádiz.

Yo andaba por allí, seguro que incordiando, y desde luego sin saber ninguno que acabaríamos siendo colegas cuando me di de alta como abogado. Hace ya muchos años.

Convivimos como profesionales, aunque salvo un par de asuntos que arreglamos muy bien, prácticamente nunca estuvimos enfrentados procesalmente. Sí trabajamos, entonces yo abogado joven, Pepe GT de edad media y el decano Fernández Melero para elaborar el Estatuto del Colegio. (Luego tuve ocasión de reformarlo como vicedecano y después de hacer otro ya como decano, bajo su dirección y consejo).

Allá por el año 1998, y cuando el inefable caballero, muy querido amigo, el decano Julio Ramos, que se nos fue el 1 de octubre del año pasado, nos anunció que no seguiría, un grupo de amigos (Emilio Beltrami que tan prontamente se nos fue, Ernesto J. Martínez Gómez, José Adolfo Baturone y alguno más que siento no recordar ahora) decidimos llamar a Pepe Gutiérrez y nos reunimos en la cafetería Miami. Pepe Gutiérrez, a la sazón 65 años, se sorprendió, se ilusionó, y llegamos a la conclusión de que podría ser un buen candidato a decano, por su carácter y cualidades, su conocimiento de la profesión aglutinaría a muchos compañeros. No se lo esperaba aceptó y salió sin oposición. Fue una satisfacción enorme para él. Estuve con él, sentado a su derecha cinco años y cuatro más, como vicedecano, sin un sí ni un no, en la parte económica con el apoyo de Antonio Miño, hombre afable, y experto interventor de la Diputación, y en la cocina del Colegio como secretario a José Mendoza, de reconocida eficacia, conocedor de la maquinaria y entresijos colegiales; ambos acertadísimos ‘fichajes’ de Julio Ramos.

Tomamos posesión el 30 de enero de 1998, aciago día en que, ya de noche, asesinaron al concejal sevillano Jiménez Becerril y Ascen, su mujer. No celebramos nada.

Me consta que Pepe Gutiérrez Trueba, hombre de consenso y por ello presidente del Consejo Andaluz de Colegios de Abogados –del que fue uno de los Fundadores Julio–, Consejo que logró pacificar, y en el que, como pude comprobar in situ, dejó un estupendo recuerdo.

Pepe, tras nueve años de decano, no quería repetir y sé que gustoso me hubiera dejado paso, para, si así lo decidían los colegiados, yo pudiera acceder al decanato. No es momento de recordar lo que una minoría se dedicó a hacer.

Yo tuve el honor al llegar a decano de que se le concediera a Julio, a Pepe y a José Luis Suárez Villar, ex vicedecano, la Cruz al Mérito en el servicio a la abogacía. Los tres con amplia trayectoria de servicio colegial, y a la abogacía en general. Solo me constó el ‘trabajo’ de pedirla en el Consejo General, y el nihil obstat fue inmediato. Bonito día el del acto de imposición. Y posterior almuerzo con el Casino Gaditano a tope. Y me consta que fue una jornada muy feliz para Pepe.

En el ultimo año, desgraciado año, nos mandábamos guasap, vídeos cachondos… comentábamos la actualidad, criticábamos la situación, le envié los últimos el 10 y 12 de marzo y me contestó solo con un escueto ‘pasado’; el del 13 de marzo, ya no tuve respuesta.

Teníamos pendiente, “cuando esto se aclare”, convinimos, un par de Tío Diego, nuestro vino, y una comida en la terraza del Terraza. También otra los tres eméritos y el decano Pascual Valiente. Ya no será posible. El 13 de abril habría cumplido 88 años, pero su espíritu animoso y valiente le permitía funcionar como si tuviera 30 años menos. (“Ahora estoy confinado en Vistahermosa, llevo aquí casi un año, pero tú me puedes llamar cuando quieras”, me escribió).

Tocó todos los ‘palos’, porque tenía arte, habilidad y gracia para dar y tomar. Era directo y noble, popular y leal en su amistad. Nunca le oí llamar vino al pan y al pan vino.

El tiempo, que diría Luis Cernuda, lo alcanzó. Y no, no es ‘ley de vida’, es una cruel, implacable e incoercible ‘ley de muerte’.

No te digo, querido Pepe Gutiérrez Trueba, eso de descansa en paz, me hubieras espetado, seguro, con tu inconfundible voz ronca: “Chico, ¿y a ti quien te ha dicho que yo esté cansado?”. Fuerte abrazo, Pepe, y que nadie te confunda en la eternidad.

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