Tribuna

José Antonio González Alcantud

Catedrático de Antropología

Nomadismos

Hace pocos días tuve la fortuna de presentar en Granada a mi buen amigo Jordi Esteva, uno de los últimos aventureros que cruzaron el mundo por amor al nomadismo

Nomadismos

Nomadismos / rOSELL

QUÉ duda cabe que hemos vivido la edad de oro del viaje exprés. Los aviones, surcando el planeta tierra, sin límites, han permitido en los últimos treinta años un intercambio universal que fue catalogado de "globalización". Mientras las fronteras se iban haciendo más densas y cerradas, sin que lo percibiésemos, los aviones surcaban libremente los cielos introduciéndonos en una noosfera de sensaciones antes solo reservadas a unos pocos aventureros.

Hace pocos días tuve la fortuna de presentar en Granada a mi buen amigo Jordi Esteva, uno de los últimos aventureros que cruzaron el mundo por amor al nomadismo. Significativamente ha llamado a sus memorias, recién editadas por Galaxia Gutenberg, Impulso nómada. Nos cuenta Esteva que, habiendo nacido en una época pacata y reservada, los años cuarenta, cuando todavía permanecía muy viva la guerra civil, en un país aislado y cabizbajo -más aún, en un medio catalán temeroso de casa bona-, sintió desde el muy niño el deseo de salir de esa atmósfera malsana. Soñaba con aquellos miembros de su entorno familiar que tenían una vida de aventuras, que se le antojaban felices, como una tía suya metida a flamenca, y un primo cineasta y traficante de diamantes en África. Soñaba con ser aventurero para escapar del tedio. También con aquellos gitanos nómadas contra los que se prevenía a los niños. Su deseo de ser raptado en un carromato me recuerda las aventuras de Jan Yoors, un joven holandés que, durante el tiempo que rodeó la II Guerra Mundial, tuvo esa experiencia asumida voluntariamente: unirse a los romaní lovara. Con este paso, al ser aceptado muy joven por ellos, Yoors entraba en el dominio del nomadismo puro, de un sentido de la existencia que cuestionaba el mundo y su sedentarismo, y por ende sus valores, desde su misma raíz.

Cuando llegó a la primera juventud, Jordi Esteva no pudo refrenar el impuso nómada. Incluso la oposición al franquismo le pareció insignificante en relación con los mundos a los aspiraba conocer. Y comenzó a viajar por tierra y mar. Primero fue el Atlas marroquí, luego el tour del Mediterráneo, luego la isla de Wight y su festival hippie. Fue probando y experimentando todo.

Al final, lo esperaba el viaje ineludible al Oriente, hasta arribar a la India y el Himalaya, pasando por Irán -que ahora pasados los años le atrae más, tal es su poderío-. No fue víctima, sin embargo, en aquellos años setenta, del "sentimiento oceánico" que le llamó Freud, es decir de la sensación de plenitud que arrastró a tantos jóvenes conversos al hinduismo, sobre todo, al nihilismo vital y/o a quedar atrapados de los psicotrópicos. En su viaje al Oriente, el sueño de juventud, que lo había dejado seducido a través de las películas, y sobre todo de la música de la diva Oum Kalsoum, fue Egipto. Su destino último. Y allá comenzó a tratarse con la bohemia y a frecuentar el transpaís, en particular el oasis de Siwa. Hasta que una abrupta e inesperada detención policial, acusándolo de no sé qué conspiración política, de la que ni siquiera era consciente, acabó por romper el encanto nómada. En ese punto acaba su relato, ya que, nos asegura rotundo, lo que siguió ya fue otra historia. La ingenuidad del soñador había terminado en las puertas de la realidad.

Las memorias nómadas de Jordi Esteva podrían haber sido subtituladas como las de un "escéptico", que sin embargo siempre quiere ir a los límites del "espíritu". A aquellos lugares -Sudán, Costa de Marfil, Socotra, Cabo Corrientes (Colombia), y hasta las altiplanicies desérticas de Granada y Almería-, donde la humanidad presenta su rostro de ingenuidad, crédulo, donde podía creerse en los "yenún", los genios, como si fuese un cuento contado al amor de una generosa lumbre. Las fotos, escritos y películas de Jordi Esteva son reliquias, que lo han ido poseyendo. Al oír el tono con el que contaba ciertas historias ante el público con el que dialogábamos en Granada no tuve más remedio que decirle, que se había transformado finalmente en un contador de cuentos. Es decir, en alguien que consigue devolverle el encanto a nuestra existencia en un mundo vulgar, donde la caída de la noche, con sus sombras, ya no significa nada.

En este mundo, apostillado por el confinamiento, que no esperábamos que trastornase tanto nuestras vidas, sentimos la melancolía de haber tenido que abandonar el "impulso nómada", pero también sabemos en nuestro fuero interno que "colibrizados" -o sea con la nerviosidad de los cientos de pulsaciones por minuto de un colibrí que nunca puede estar en reposo-, como estábamos, en el movimiento perpetuo de los aviones, tampoco íbamos a ninguna parte. Un auténtico nómada, como Jordi Esteva, siempre sale para intentar alcanzarnos y contarnos lo que ha visto, oído y experimentado.

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