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Tribuna

Javier González-Cotta

Editor de Mercurio

Libros sin pamplinas

El 23 de abril -y este año más que nunca- debería triunfar la narrativa dura. El mundo del libro -y en especial su parte más vulnerable- pide prosa y menos acciones de la era naif

Libros sin pamplinas Libros sin pamplinas

Libros sin pamplinas / rosell

El 23 de abril de este año huele a libro de condolencias. El Día del Libro rememora la fecha del óbito de los dos grandes plumíferos Cervantes y Shakespeare. La llamada fiesta de los libros (no sólo de la fiesta de la democracia vive el hombre) se celebra hoy bajo la pesadumbre del severísimo daño que el coronavirus va a traer al tejido, la cadena, la comunidad, la industria del libro (dígase como se quiera).

El Día del Libro suele ofrecer dos discursos. Uno es prosaico y tal vez aburrido. El otro, como veremos, suele ser enervantemente cursi. El prosaico nos recuerda que el sector del libro supone el 3,2% del PIB nacional. En España existen 3.500 librerías que dan empleo a miles y miles de personas. El sector editorial es el máximo exportador de productos culturales españoles. Frente a los grandes ententes, las editoriales pequeñas, independientes pero muy bravas, suponen el 85% de la edición en España.

En Cataluña el 23 de abril coincide con el festivo Sant Jordi en el que se regalan libros y rosas como para levantar ensueños de Alejandrías y Jardines de las Hespérides. Pero sigamos con el prosaísmo duro. En menos de 24 horas se venden este día más de un millón y medio de libros. Sant Jordi es por tanto como la Navidad florida (puede generar hasta el 30% de la facturación anual). Su celebración a cielo abierto se ha atrasado al 23 de julio. Veremos cómo se celebra de acuerdo a la escrupulosa logística que seguirá imponiendo el virus.

La primavera es época también de Ferias del Libro. La de Madrid se ha atrasado a otoño. La nostálgica estación va camino de convertirse en una reencarnación del tiempo arrebatado. La facturación de estos eventos son auténticos ventiladores de oxígeno (tan dramáticamente de moda hoy) para muchas librerías y sellos ajenos al turbión mediático que generan los grandes grupos editoriales.

Pero, decíamos antes, el Día del Libro promueve de igual modo cursilerías y poses ñoñas. Nunca faltan los madrigales del telediario dedicados al olor de los libros y al romanticismo que rodea a las hospitalarias sacristías: las librerías. El Gremi de Llibreters de Catalunya ha propuesto airear el confinamiento en Sant Jordi con una acción para que entre las 12:00 y las 18:00 todos salgan a las ventanas y balcones para leer en voz alta un libro. La cosa acabará con un aplauso y el grito bien alto del nombre de una librería.

Entendemos la tribulación del sector. Pero habría que ir evitando ya el ritualismo naif que a veces rodea a cierta concepción del mundo del libro y de la literatura (la carcoma de la ideología no le es ajena). Nos confesamos retrógrados sentimentales por naturaleza y pedimos perdón; pero echamos de menos los debates intelectuales, la seriedad socarrona que antaño se creaba bajo el humazo de la pipa de José Luis Balbín. Cierto es que hay muchísimas librerías ajenas a toda ñoñería. Su activismo cultural lo realizan con esfuerzo agotador, pero también con humor resiliente y, a menudo, bajo los gratos efluvios de los caldos de Baco.

El Ministerio de Cultura promueve hoy un homenaje virtual al poeta catalán Joan Margarit, Premio Cervantes 2020. Pero como acción naif también pide que la gente comparta fotos de su rincón de lectura favorito en casa. ¿Se mandarán fotos del retrete? Por su parte, ahora en abril, un vecino de la Alfalfa en Sevilla viene leyendo fragmentos del Quijote desde su balcón. Es su homenaje a Cervantes. Cada pasaje lo dedica a los colectivos que hoy llamamos héroes. El declamador no se olvida de los cajeros y cajeras de los supermercados cercanos. ¿Se emocionará la cajera con el pasaje de Ginés/maese Pedro? ¿O preferirá que no le den la murga y que pongan música de Luis Fonsi?

El 23 de abril -y este año más que nunca- debería triunfar la narrativa dura. El mundo del libro -y en especial su parte más vulnerable- pide prosa y menos acciones de la era naif. Pide ayudas en subvenciones (no confundir con el pienso). Pide aumentar la dotación en compras para bibliotecas públicas, universitarias y escolares y revisar el criterio aplicado. Pide la rebaja o eliminación de impuestos y ayudas puntuales a fondo perdido según qué casos. Pide desgravaciones fiscales para el noble contribuyente por compra de libros en el impuesto de la renta de 2021. Pide al Estado luchar de una vez contra la crónica piratería. Pide, de ser posible, una ley de mecenazgo o de medidas alternas que favorezcan fiscalmente al donante.

Debería existir también una vacuna contra la idea del librero como un oficio romántico. Leemos en la prensa amiga la queja de Nicola Roggero, de la librería Angolo Manzoni de Turín. Le trae al pairo que el libro sea o no un bien esencial. Y no soporta ya más "la figura retórica del librero como un romántico salvador de almas". El pan es el pan y el alma cosa de Cristo o de Palas Atenea.

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