Astronomía Una impresionante bola de fuego sobrevuela el Golfo de Cádiz a 69.000 km/hora

Tribuna

Manuel Bustos Rodríguez

Profesor Emérito de la Universidad CEU San Pablo

Lectura creyente de la pandemia

Lectura creyente de la pandemia Lectura creyente de la pandemia

Lectura creyente de la pandemia / rosell

La pandemia ha suscitado más medidas político-preventivas y temor que reflexiones. La gente y los medios han estado pendientes de su evolución y de la llegada de la tan deseada vacuna que todo lo arreglará. Es lógico que esto sea así en una sociedad secularizada como la nuestra.

En las sociedades modernas se han escindido radicalmente los dos espacios, sobrenatural y natural, que durante siglos permanecieron unidos. Las propias confesiones religiosas, las cristianas en particular, se han visto influidas por ello, incluso cuando el mal, la epidemia en nuestro caso, tiene un carácter universal y provocativo para el creyente. Las autoridades religiosas se han plegado, no sólo a ser las primeras en obedecer las disposiciones emanadas del poder civil, sino también a ceñir sus plegarias a la pronta desaparición de la pandemia, la curación de los afectados por ella, la fortaleza a los sanitarios, etcétera, aspectos todos ellos muy necesarios e importantes, qué duda cabe, aunque no suficientes. Han faltado a mi entender voces proféticas en la Iglesia capaces de ver, con ojos sobrenaturales, este signo de los tiempos.

Inicialmente se trata de una enfermedad como muchas otras que la Humanidad viene sufriendo a lo largo de la historia. El Covid tiene un carácter muy virulento, unas vías de contagio casi imprevisibles y, sobre todo, un alcance más grande, producto de la globalización. Tenemos en cambio muchos más conocimientos y medios que en ninguna otra época. Esperamos el remedio del poder de la Ciencia; es decir, de los laboratorios y centros de investigación donde se le busca afanosamente. Pero los males son cada vez más reiterativos, aviesos y difíciles de combatir. Ahí están epidemias, ya un tanto olvidadas, y no vencidas del todo, como el ébola o el sida.

Con todo, hay una lectura, hoy muy olvidada, que entra de pleno en la tradición de la Iglesia: la relación de estos fenómenos devastadores generalizados con las conductas de los hombres. Cuando vivíamos en sociedades confesionales y aparecían estos fenómenos epidemiológicos, autoridades religiosas y predicadores alertaban sobre las deficiencias morales de la población, de las autoridades e incluso del propio rey, a veces exacerbadamente, para conducirles al arrepentimiento y a la reconciliación con Dios. Hoy son muy escasos quienes lo hacen.

La pandemia coincide con un desarrollo científico-técnico inusitado. Ningún tiempo anterior en la historia de la Humanidad puede parangonarse con el actual. Sin embargo, paradójicamente, la batalla contra el Covid está perdiéndola el hombre. Hay un sentimiento generalizado de que se están dando palos de ciego, que las instituciones internacionales, los lobbies poderosos y los gobiernos, con independencia de su signo político, parecen confusos, sin saber por dónde tirar, y que la maravillosa vacuna se retrasa más de lo deseable. Justamente en una época de tecnología verdaderamente revolucionaria, que afecta en profundidad a lo humano (ciertamente favorable a un inmanentismo mayor que el actual), nos mostramos incapaces de doblegar el virus. Mas la fe en la capacidad del hombre para construirse a sí mismo y resolver sus problemas autónomamente le impiden ver más allá. Ha roto prácticamente los vínculos que le unían a lo sobrenatural, pero si piensa que su apostasía le saldrá gratis está errado.

Sería absurdo negar la frecuente concurrencia de factores trágicos a lo largo de la historia: epidemias combinadas con guerras y hambrunas, terremotos con dificultades económicas,... Es esto una tónica común y reiterada. Prudencia, por tanto, a la hora de buscar significados. Mas ello no debe hacer al creyente relegar una lectura olvidada, omnipresente en la Biblia y en las numerosas revelaciones del último siglo y en el actual, insistentemente anunciadas en puntos geográficamente dispersos por todo el planeta, y coincidentes en la relación entre olvido de Dios y la sucesión de grandes catástrofes.

El virus sigue entre nosotros, mientras se agranda el abismo que separa al hombre de las leyes natural y divina, sobre las que reposa el fundamento de su dignidad y su futuro. De momento no se atisba intento corrector alguno. Existen, qué duda cabe, actuaciones individuales que no siguen la norma general. Pero no hay una reflexión colectiva acerca de los riesgos que comporta cerrar la razón o su falta a la trascendencia.

Algunos estudiosos de la Biblia se refieren a un periodo breve de autoconciencia universal que permitiría al hombre conocer verdaderamente su situación, volver los ojos a Dios, resituarse y evitar así nuevas catástrofes. ¿Será la pandemia un signo, aunque despreciado, de la necesidad de cambio? El final de este mundo no es algo que contemple sólo la Biblia. También los científicos lo prevén. Hasta entonces, el creyente es consciente de la necesidad de una transformación radical, ahora que aún estamos a tiempo.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios