Tribuna

JOSÉ JOAQUÍN CASTELLÓN MARTÍN

Profesor del Centro de Estudios Teológicos de Sevilla

Estado-nación y solidaridad

Hay quienes pretenden unir al concepto de nación española políticas de rechazo del extranjero, yendo en contra de los dinamismos profundos que alientan nuestra propia historia

Ilustración. Ilustración.

Ilustración. / Rosell

El nacionalismo, por desgracia, está de moda; o por lo menos copa portada en los medios de comunicación; ya sea el nacionalismo británico del bréxit, el catalán de los independentistas, o el nacionalismo español de "los españoles primero". Este nacionalismo excluyente está tomando excusa en el reto migratorio para ganar posiciones. Y eso es una mala noticia, porque el nacionalismo es la afirmación de lo propio negando lo diverso, desconectándose de los otros, construyendo muros pretendidamente infranqueables, como si el problema de las migraciones fuera sólo un problema de seguridad y no de justicia y de desarrollo.

Y, sin embargo, el concepto de nación, tal y como surge y se desarrolla en la historia, no se define en el horizonte de exclusión sino de integración; no en el de romper la legalidad y los acuerdos, sino de poner la ley por encima de los intereses egoístas; no de separar, sino de unir.

El estado-nación significó, en un primer momento, la superación de las arbitrariedades y las guerras continuas del feudalismo; después, se moduló desde el constitucionalismo para asegurar que la nación fuera un proyecto común de justicia y de progreso. Así consta en la constitución de 1812, donde explícitamente se dice que tiene "el grande objeto de promover la gloria, la prosperidad y el bien de toda la Nación". La constitución de 1978 es aún más explícita en este aspecto; y, así, en su preámbulo define también que su objetivo último es "establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran." Es decir, que el estado-nación tiene como horizonte propio la solidaridad y el bien común. Busca que sus estructuras conformen un proyecto de solidaridad para todos los ciudadanos. La sanidad pública, la educación gratuita, las redes de comunicación, la seguridad jurídica… todo en el estado-constitucional debe estar diseñado para la libertad, la justicia y el bien común. Si bien cada nación se ha configurado de una manera distinta (unos más centralistas que otros, unos más liberales y otros más proteccionistas), el estado-constitucional se ha convertido, al menos en las democracias desarrolladas, en instrumento para impulsar la solidaridad y la integración social.

A pesar de todo ello, hay quienes pretenden unir al concepto de nación española políticas de rechazo del extranjero o de repudio de la diversidad cultural, yendo todo esto en contra de los dinamismos profundos que alientan nuestra propia historia. La identidad española es confluencia de lo diverso, preocupación solidaria por los desfavorecidos. Lo íbero y lo romano, lo visigótico y lo árabe, lo cristiano y lo latinoamericano, nos configuran. En el mismo momento de nacer la nación española y de iniciarse el imperio, Isabel la Católica en su testamento prohíbe la esclavitud de los habitantes de las Indias, siglos antes que en otras naciones se hiciera; y en cuanto se producen los abusos contra las poblaciones indígenas en América se alza la voz profética de Fray Bartolomé de las Casas y la reflexión filosófico-jurídica de Francisco de Vitoria y la escuela de Salamanca.

Las personas no somos algo ya hecho; somos haciéndonos. Los pueblos tienen esa misma característica de ser realidades dinámicas y en transformación. En la coyuntura social en la que estamos y ante el reto de una desigualdad dramática en el mundo en el que vivimos, España, en el seno de Europa, tiene que definir qué clase de estado quiere ser: si queremos que el miedo a lo diverso nos paralice y nos empobrezca, si queremos que la pretensión de seguridad haga resentirse nuestra propia humanidad, o si queremos que el instrumento de solidaridad e integración que es nuestro estado y la propia Unión Europea sean impulso de unas nuevas relaciones internacionales. Las expulsiones "en caliente", los cies, las concertinas, las dificultades de acceso al permiso de trabajo… no hablan de una Europa de los Derechos Humanos, ni de una España que se mira en lo mejor de su historia.

En nuestra actitud ante los migrantes se irá definiendo qué tipo de nación somos y seremos. Definirnos en el rechazo, en la exclusión y en la expulsión es condenarnos al empobrecimiento de la endogamia y del egoísmo. Levantar muros, reactivar fronteras, desconectar pueblos es el camino para que crezcan enfrentamientos y conflictos. Tender puentes, preocuparnos por el sufrimiento de otros pueblos, construir un futuro común es la senda para promover "la gloria, la prosperidad y el bien de toda nuestra Nación", es camino para que nuestra humanidad sea más rica y más justa. En nuestra actitud ante los migrantes, en la defensa de sus derechos, en la cooperación con sus pueblos de origen iremos construyendo nuestro futuro. No se trata sólo de migrantes; se trata de nuestros miedos y de nuestra humanidad. No se trata sólo de migrantes, se trata de quiénes, como nación, queremos llegar a ser.

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