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Tribuna

Fernando castillo

Escritor

Chalets oscuros

En este burgués chalecito, Antonio Verardini, un gánster anarquista, instaló en 1936 una falsa Embajada de Siam para atraer partidarios de los sublevados en busca de refugio

Chalets oscuros Chalets oscuros

Chalets oscuros

El paseo primaveral, sin rumbo exigente, me lleva al cercano Viso, racionalista y solitario. Recorrer sus calles casi siempre vacías y de casas silenciosas que reposan a la sombra de acacias viejas y rugosas, al igual que en la modernista y vecina Ciudad Jardín, a veces produce inquietud, como un desasosiego impreciso. Y es que, en Madrid, algunos hotelitos de apariencia inocente esconden entre sus muros episodios oscuros, algo que ya adelantó Ramón Gómez de la Serna en su Chalet de las Rosas tras visitar la nueva Ciudad Lineal que tanto le disgustaba. Ahora, al pasear junto a los pequeños hoteles de líneas rectas, formas cúbicas y remates curvos que construyeron Rafael Bergamín y Luis Blanco-Soler en los años de la vanguardia plateada y que ha pintado Damián Flores, aparece ese soplo de incomodidad que a veces, inopinadamente, asalta en ciertos lugares.

Al llegar ante una pequeña casa de la calle Sil la tranquilidad se convierte en soledad y el silencio se vuelve inquietante. Es un típico edificio de dos cuerpos disimétricos, de geometría racionalista con ventanas en esquina, en cuyo jardín descuidado una urraca desconfiada salta graznando. Todo está cerrado y silencioso. Es el chalet en el que unos agentes gaullistas, con el señuelo de una compra de diamantes, atrajeron en junio de 1945 a Michel Szkolnikov, el más destacado y enigmático entre los traficantes del mercado negro que florecieron en la Francia ocupada, refugiado en un Madrid convertido en destino acogedor de los fugitivos de todos los fascismos de Europa, incluidos los más exóticos. La intención de los agentes franceses era secuestrarle e interrogarle para saber sus contactos y el destino de su botín y llevarle luego a la Francia recién liberada para ser juzgado, pero nada salió como habían previsto. El interrogatorio de la calle Sil fue sin duda riguroso, como se decía en el argot de la época, pues el traficante, malherido, no soportó el viaje y murió poco después de salir de Madrid, en el pueblo serrano de El Molar, donde el cuerpo fue abandonado y quemado. Los torpes agentes galos no llegaron a la frontera pues no tardaron en ser detenidos por la Policía franquista que les seguía la pista. No es solo el Viso el único lugar madrileño en el que hay hotelitos de esos que guardan secretos oscuros, pero sí es el de la calle Sil uno de los pocos que permanecen. Incluso, en el chalecito de al lado vive un muy prestigioso arquitecto, sin duda ignorante de lo sucedido junto a su casa.

No menos turbio era el desaparecido hotelito de la calle Ávila, junto a Estrecho y cerca del cine Europa, la obra del gran Luis Gutiérrez Soto que pasó de escenario de mítines a checa cenetista. Es la de Ávila una calle del literario barrio obrero de Cuatro Caminos en el que Ramón J. Sender situó a los anarquistas de su novela Siete domingos rojos y a cuya glorieta llamo Agustín de Foxá "la Cibeles proletaria". Una calle de casas bajas de ladrillos rojos y algún hotelito minúsculo que descienden a la sombra del Colegio Jaime Vera, donde estaba un pequeño chalet que se diría de juguete, convertido en 1939 en un local de Falange. Ese hotelito, que hacía esquina con la calle Lérida, en el que los interrogatorios y las palizas debieron ser frecuentes, fue asaltado unos meses antes del secuestro de Szkolnikov por un grupo de maquisards del Partido Comunista venido de Francia al mando de Cristino García. Un episodio sangriento en el complejo Madrid de la posguerra que se saldó con un par de falangistas muertos y cinco guerrilleros fusilados, al que Andrés Trapiello ha dedicado la esplendida quest colectiva que es La noche de los Cuatro Caminos. Hoy, el chalet de Falange ha dejado su lugar a un edificio anodino que tiene un restaurante donde estuvo el jardín, lo que disipa los recuerdos incómodos.

Aún más oscuro si cabe era el hotel de la calle Juan Bravo 12, un tramo cercano a la Castellana que entonces tenía una tranquilidad recoleta. En este clásico y burgués chalecito, Antonio Verardini, un conocido gánster y agente anarquista, instaló a finales de 1936 una falsa Embajada de Siam junto a otros personajes no menos pintorescos como Alfonso López de Letona. Se trataba de una legación trampa, una embajada ful para atraer partidarios de los sublevados en busca de refugio en un Madrid en que todo era a un mismo tiempo frente y retaguardia, formando un extraño universo. Su actividad siniestra impulsada por la CNT no duró mucho pues, a las pocas semanas de su apertura, la intervención de la Junta de Defensa acabó con la falsa embajada ante los rumores que circulaban por Madrid acerca de la desaparición de quienes acudían a pedir el asilo siamés. Hoy día la zona la ocupa el Museo de Escultura al Aire Libre.

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