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Tribuna

vÍCTOR j. vÁZQUEZ

Profesor de Derecho Constitucional

Castellanos de alma

A la memoria de Victoriano Alonso

QUE el castellano es de alma, como es sabido, es un aserto poético de Miguel Hernández. Si en España hay pueblos de dinamita, alegría, acero o lluvia… el pueblo castellano se constituye y define, para el poeta, en la sustancia espiritual por definición: el alma. Pero la tesis lírica de Hernández no es en verdad sino tributaria de un lugar común noventayochista, el reencuentro con la tierra Castilla y el deslumbramiento místico ante su terca austeridad. Azorín, que jugó a descifrar científicamente dicho alma, lo achacó al altiplano, a la gélida claridad del páramo y a la perseverante ralentización de la vida que ofrece un tiempo sin estaciones intermedias. Una alquimia, en realidad, no muy diferente a la de ese otro pueblo al que se le imputa el alma como único andamio, el ruso. La Russkaya dusha, el alma rusa, el omnipresente existencial que atraviesa la literatura de Tolstoi, Dostoievski o Pushkin, se forja también en el centelleo estepario del frío, en ese lento juego de espejos de hielo que impone ensimismamiento y resistencia.

Fuera de la literatura, en cualquier caso, todos sabemos lo arbitraria que resulta cualquier tesis sobre estos asuntos porque: ¿qué es el alma?, ¿qué es Castilla? A esto uno puede responder desde la autobiografía, y para mí, perdonen la impudicia, lo primero y lo segundo es el azul furioso de los ojos de mi abuelo, y la calma radical que había en su fondo. Hay muchos, sin embargo, que no han visto en la vieja Castilla un territorio sino un gen dominante, gen que ayer y siempre querrá ser y hacer España frente a todo irredento. He de decir que este afán, entre colonial y narcisista, que se imputa aún hoy a los castellanos, no deja de hacerme gracia, especialmente cuando lo contrasto con quien haya sido con probabilidad la mejor representación reciente de su ser, el maestro Delibes: un hombre tranquilo, un talento que durante toda su vida fue de una mujer, de una ciudad, de un periódico, de un equipo de futbol, de una marca de tabaco, y de un editor. Castilla la Vieja, un lugar donde el pudor es rígido, no parece hoy un pueblo absorto en ensoñaciones sobre su destino. Sin esperanza, a veces, pero con convencimiento siempre, como diría de ella el poeta, la tierra de Castilla afronta desde hace años el desafío de sobrevivir a un doble trauma demográfico: el del éxodo del campo a la ciudad, y el de la ciudad a la capital. Éxodo, este último, al que no ha podido poner coto el hecho de haber puesto en pie, desde sus recursos, uno de los mejores sistemas educativos de nuestro entorno.

Si bien es cierto que la soledad es poética esta nunca deja de ser dolorosa. En el trance de una inminente rebelión contra esa sangría poblacional, contra un futuro yermo, la maldita pandemia ha golpeado a la Vieja Castilla allí donde más le duele: sus mayores. Las cifras son sencillamente trágicas. Pero si el dolor ha sido devastador, luminoso ha sido el convencimiento moral, los presupuestos institucionales y políticos desde los cuales se ha aguantado de pie este embate. Vale la pena fijarse hoy en Castilla, convertida en algo así como la región más oriental del Portugal, en medio de la gresca general de nuestro ruedo ibérico. Vale la pena, en definitiva, en unos tiempos en los que se estimula el gozo digital de embadurnarnos de odio y miseria, levantar la vista y tener presente la constancia de los paradigmas de la virtud. Es tiempo de admirar lo admirable, de dar su lugar, entre tanto grito, a esa ejemplaridad pública que no ha dejado de estar presente aquí y allá.

Y el ejemplo castellano leonés ha sido el de una gestión propia de la mejor lealtad federal, con una atención rigurosa al asesoramiento experto. El de una comunicación institucional ejemplar y un cumplimiento extremo, casi más allá de lo prescrito, de las obligaciones de transparencia. El ejemplo de la movilización de los laboratorios de investigación para incrementar de forma exponencial el número de test realizados y la fiabilidad de los mismos. El de una prudencia absoluta a la hora de proteger ante todo la vida y la salud de los ciudadanos, frente a cualquier otro cálculo. Ha sido el ejemplo del brillante y combativo procurador de Podemos, que tanto ha contribuido en Cortes a velar por la Sanidad pública, haciendo oír ahora en sede institucional su reconocimiento al ejecutivo regional por la labor desempeñada, y el ejemplo de un gobierno y de su oposición socialista que ya se han puesto a trabajar conjuntamente en los ejes básicos de la recuperación.

Probablemente todo lo que se ha dicho no son sino concreciones políticas de ese valor revolucionario tantas veces preterido que es la fraternidad. Son también indicios de lo que tendría que ser ese nuevo principio de legitimidad que debiera regir en el difícil tiempo de Reconstrucción que se abre paso. No será nada fácil, visto lo visto, pero de que ello es posible han dejado constancia esos castellanos, raros, labrados hasta ser de alma.

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