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Tribuna

Esteban Fernández-Hinojosa

Médico intensivista del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla

Alegría fatigada

Al comienzo del golpe se pudo apreciar cómo las iniciativas cívicas y sus estrategias horizontales resultaban más diligentes y menos negligentes que respuestas del Estado

Alegría fatigada Alegría fatigada

Alegría fatigada / rosell

Más allá de las imágenes de sanitarios bailando, el holocausto hospitalario vivido estas fechas ha despertado dos de las más perniciosas emociones que pueden latir en el pecho humano: el miedo y la tristeza. Miedo al ver que el reparto de tragedias del retorcido virus adquiría dimensiones de leyenda. Y tristeza al saber que los más débiles, además de condenados a un archipiélago de soledades, eran privados de una buena muerte. Y es fácil renunciar a la libertad -y a la razón- cuando se está cautivo de estas emociones. Ahora, en medio del bosque oscuro, recobra inusitada claridad el significado de las palabras "frágil" y "vulnerable". No sorprende que, a propósito de esta crisis en EEUU, el nonagenario H. Kissinger reclamara un mayor cultivo de los valores de la Ilustración, soporte del contrato social con cuyas leyes e Instituciones el Estado puede ofrecer seguridad frente a la fragilidad de los ciudadanos.

Los intensivistas aprendemos pronto en nuestras UCI que deliberar bajo el influjo del miedo es una trampa mortal (y no es literatura). Con tal emoción, nadie puede pensar con claridad, ni afrontar las tragedias que en el futuro volverán a azotar a la humanidad, y de las que alguna palabra se ha dicho en esta Tribuna. Quizá sean la versión más moderna de los jinetes del apocalipsis, que ahora cabalgan despacio y sin anunciarse al toque de trompetas: qué decir de esa crisis sanitaria latente que finca sus raíces en el cambio climático; un cambio determinado por las mutaciones naturales de los astros, sí, pero al que tanto contribuye la carbonización de la biosfera desde que nuestro estilo de vida la convirtiera en basurero de la civilización. No sé por qué muchas personas fruncen el ceño al comentario de este infortunio, cuando en realidad los deletéreos efectos sobre la salud humana, igual que los del maldito coronavirus, no discriminan razas ni caudales. Sirva el ejemplo de Bangladesh; la crisis del clima arrasa allí vastas extensiones rurales cuyos flujos migratorios -y la ponzoña y descomunal pobreza que esos flujos concentran en su megalópolis- producen cada año miles y miles de muertes prematuras por cáncer y enfermedades cardiorrespiratorias. O qué decir de las adicciones a las drogas y a la comida, que en sociedades opulentas se extienden como plagas con una escandalosa mortandad.

Cuando rindamos el debido duelo a nuestros muertos, conjuremos los fantasmas del miedo y recobremos las rutinas de la vida corriente, no podremos olvidar algunas lecciones de la reciente experiencia colectiva. Uno, que no cree en euforias pasajeras ni en las inducidas por la embriaguez o los medicamentos, cree en cambio en una habilidad aprendida que trasciende el dolor ambiente y rezuma sabiduría. Me refiero a la serena alegría que, por encima de emociones primarias, surge de pensar que se sigue aquí, que se está aquí y ahora para dar respuesta libre y creativa a las novedades que a cada instante reclama la realidad. En este obligado confinamiento evocamos viejas lecciones -como la de nuestra secular fragilidad o la de los cimientos que levantan la civilización-, y aceptamos con él renunciar a muchas gratificaciones personales para afrontar juntos la magnitud de esta tragedia. Al comienzo del letal golpe se pudo apreciar cómo las iniciativas cívicas y sus estrategias horizontales resultaban más diligentes y menos negligentes que las compulsivas respuestas del Estado que, transformado en estólido monstruo marino, apelaba a la ley del confinamiento obligado como único armamento de su arsenal con que protegernos y espantar los miedos.

Pronto tocará salir y discutir acerca de los errores cometidos. Hace unos días el historiador F. Fernández-Armesto recordaba en una entrevista que las ambiciones fueron la causa del hundimiento de todas las civilizaciones del pasado. Hoy las ideologías sólo distorsionan la razonable meditación sobre los excesos del capitalismo, del envenenamiento del planeta, de la pobreza o del crecimiento sin tasa del sistema sanitario. Hemos apostado por el progreso científico olvidando que su versión sanitaria, en la que nuestra especie ha depositado todas sus esperanzas, puede ser una burbuja, capaz de trasplantar órganos y, al mismo tiempo, no tener mascarillas con las que proteger a sus profesionales. Las enfermedades infecciosas acaban cada invierno con la vida de miles de ancianos, y apenas suscitan indignación. Necesitamos esa cierta alegría fecunda, a veces fatigada, como condición necesaria para responder a cada golpe del destino e integrar su legado de experiencia, y para que triunfe el bien, que casi siempre se esconde en lo más prosaico y cercano. Es una forma de aprender a ser buenos invitados de la vida, y a tener preparada la maleta, algo que también enseñan nuestros hospitales.

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