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El excesivo peso de la política orgánica

Mientras más mediocre es un político, más a gusto se siente en los conflictos internos de su partido y menos enla gestión de los asuntos públicos

Si hay un gremio que ha sufrido un serio desgaste en la valoración de los ciudadanos en las últimas décadas, no hay duda de que ése es el de los políticos. Al principio de la democracia, especialmente en los años de la Transición, en la política estaban algunas de las mejores cabezas de España, gente de gran prestigio intelectual y profesional que no tenía que recurrir a ninguna artimaña para engordar el currículum. A las generaciones más jóvenes les costaría comprender hasta qué punto los políticos eran valorados por una sociedad que estrenaba libertades. Sin embargo, dos fenómenos fueron minando la confianza depositada por los ciudadanos en sus representantes: la corrupción (un fenómeno que afectó por igual a todos los grandes partidos de la Transición) y el desembarco masivo en la política de personajes sin apenas talla intelectual ni profesional cuyo único mérito eran el manejo de los aparatos internos de los partidos, a los que pertenecían desde la más tierna juventud. Los políticos de hoy en día dedican casi más esfuerzos al control orgánico de sus respectivos partidos que a atender los grandes asuntos de la gestión pública. Toda batalla interna en una formación política supone, entre otras muchas cosas, un gran derroche de esfuerzos que se podrían dedicar a gobernar o a hacer oposición, ambas labores fundamentales en una democracia. En Andalucía vemos con inquietud cómo tanto en el PSOE como en el PP se están afilando las armas para sendas batallas internas, las que enfrentarán a Pedro Sánchez con Susana Díaz, en el caso socialista, y a Pablo Casado con Juanma Moreno, en el caso de los populares. Nadie duda de que la política democrática necesita de estos conflictos incruentos para que se puedan expresar las diferentes ideas e intereses, pero tanto en España como en Andalucía hay un exceso de política orgánica en detrimento de esa otra política que debe buscar la mejora de la vida de los ciudadanos. No deja de ser curioso, por otra parte, que mientras más mediocre es un político más a gusto se siente en los conflictos internos de su partido y menos en la gestión de los asuntos públicos.

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