Editorial

Cuatro elecciones generales en cuatro años

La repetición electoral es un claro fracaso de toda la clase política española, pero especialmente de Pedro Sánchez

Pedro Sánchez, en una sesión de control en el Congreso de los Diputados. Pedro Sánchez, en una sesión de control en el Congreso de los Diputados.

Pedro Sánchez, en una sesión de control en el Congreso de los Diputados.

El Rey no ha propuesto ningún candidato a la investidura como presidente del Gobierno tras su ronda de contactos con los representantes de los partidos, una decisión tras la que se abre el camino para la repetición de las elecciones generales el 10 de noviembre. Atrás quedan unos años en los que la clase política española actual ha demostrado su incapacidad para manejar la complicada situación política generada tras la crisis económica.

Cuatro elecciones generales en apenas cuatro años es un récord de ineficacia que –esperemos– difícilmente será superado en los próximos tiempos. Cierto es que fueron los ciudadanos los que eligieron un Parlamento cuya aritmética era muy complicada a la hora de articular una mayoría suficiente para gobernar, pero también lo es que no era una misión imposible.

Ante todo, había un candidato claramente vencedor, el socialista Pedro Sánchez, al que el Rey le encargó intentar la investidura. El fracaso que ahora se constata es colectivo, de todos los partidos, pero especialmente del también secretario general del PSOE. Durante mucho tiempo, Sánchez ha estado deshojando la margarita de una pacto con Podemos en el que, como no podía ser de otra forma, no creía. Dicha apuesta era un dislate que obligaba a PSOE y Podemos a recabar el apoyo de ERC y Bildu, dos formaciones –no hace falta insistir mucho en ello– acérrimas enemigas del Estado y de la soberanía nacional. Sánchez tendrá que explicar por qué se empeñó en una vía que estaba muerta desde su nacimiento.

El electorado también había votado la posibilidad de un pacto que apenas se ha explorado, sólo al final y con prisas: PSOE-Cs

Sin embargo, el electorado también había votado la posibilidad de un pacto que apenas se ha explorado, sólo al final y con prisas. Nos referimos al de PSOE y Ciudadanos para impulsar un Gobierno moderado que evitase que los populistas y los nacionalistas aumentasen sus parcelas de poder. En el fracaso de esta opción ha sido muy importante la cerrazón política de Albert Rivera, quien todo este tiempo ha estado más empeñado en lograr un liderazgo de la derecha que le es escurridizo que en aceptar el papel de bisagra que tanto el mapa político como la circunstancias le asignaban.

Si la postura de Rivera ha sido un error histórico para su partido se verá el próximo 10 de noviembre, cuando es más que probable se celebren las elecciones. Todas las encuestas apuntan a un renacer del bipartidismo, lo cual no es extraño si se tiene en cuenta que la nueva política, hasta el momento, ha traído una inestabilidad política desconocida en los cuarenta años de democracia española.

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