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La voz apagada de Anguita

Julio Anguita era quizá el último exponente de ese comunismo antiguo sin relevo generacional

En otros tiempos, la palabra comunismo llevaba consigo cierta dosis de severidad. Sin entrar a valorar la ideología, con sus errores y tragedias, desde que Marx empezara en la biblioteca del British Museum a escribir con su amigo Engels sus primeras letras a favor del socialismo y la lucha de clases, la percepción del mundo ya no fue la misma, y las derivaciones de su pensamiento (del voluntarismo hippy de los sesenta al totalitarismo asfixiante de Stalin, pasando por el eurocomunismo aggiornado de Enrico Berlinguer) han influido lo suyo no sólo en la política o en la economía, sino también en la sociedad y hasta en la Iglesia. Pocos enfoques del Cristianismo más sugerentes que algunos con base en la interpretación radical del evangelio.

Julio Anguita, fallecido en su Córdoba el pasado sábado, era quizá el último exponente de ese comunismo antiguo sin relevo generacional. Su dogmatismo de fábrica no le impedía convivir con un discurso sólido y sin concesiones, bien articulado, adornado con una oratoria elegante y un punto cargante, con cierto deje de maestro de escuela de provincias. Su discurso extremo pero coherente lo alejaba de las prácticas tacticistas tan de hoy, y su educación de hombre culto y formado procuraba una convivencia armoniosa con sus adversarios. Podía ser un comunista ortodoxo pero respetaba a los que no pensaban como él, igual que podía ser ateo pero leía a San Juan de la Cruz. Nadie que aporta sobra, y la voz de aquel califa, tan escuchada como poco valorada en las urnas, nunca dejó de ser una voz autorizada.

Nada que ver, por desgracia, con esas otras voces desagradables del neo-comunismo derrochón de esta hora. Por lo que vemos y oímos todos los días, esos que tendrían que recoger el testigo de los que van faltando no les llegan ni a la suela del zapato. Ni en formación, ni en discurso, ni mucho menos en educación. Perdidos en la gran contradicción de postularse como principales arrumbadores del entramado social y económico que los ha traído hasta aquí bien colocados sin mérito alguno conocido, apenas se sostienen apurando su anticuada dialéctica de los buenos contra los malos mientras disfrutan sin disimulo de las comodidades que dan el poder y el dinero. Y si hoy palabras como justicia o igualdad apenas resaltan entre una retahíla de frases hechas, en la voz apagada de Anguita sonaban a dignidad y respeto.

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