N O se puede decir que la diosa fortuna haya cuidado a España en los últimos tiempos. La pandemia ha pegado fuerte como en todo el mundo, pero además un cúmulo de desgracias se han ido sucediendo: incendios, precios energéticos disparados y debates políticos envenenados. El golpe lo recibe ahora La Palma, una isla tranquila en la que ha rugido el Cumbre Vieja durante varios días hasta que ha soltado todo lo que tenía dentro: lluvia de fuego y rocas ardientes, y destructivos ríos de lava.

Un espectáculo de belleza sobrecogedora, pero que arrasa con todo lo que se le ponga por delante. Vidas no en este caso, funcionaron con rapidez los efectivos que estaban preparados para intervenir desde que se advirtieron los primeros síntomas de que Cumbre Vieja estaba a punto de explotar.

También las autoridades han estado a la altura, desde el presidente del gobierno que aplazó un viaje a Naciones Unidas para acudir a La Palma, hasta los dirigentes regionales, municipales y de los cabildos canarios. Previamente los profesionales habían preparado planes de evacuación por si eran necesarios y desde la Península se movilizaron de inmediato las fuerzas de la UME, a los que últimamente no falta trabajo. Hasta ahora no habían tenido que vérselas con la lava, pero esos militares expertos en intervenciones de la máxima urgencia, pueden con todo.

Lo urgente es esperar, como dijo el sabio. Tras la espera, una vez se analice la situación con cierta perspectiva, lo urgente será atender a los afectados. Muchos de ellos habrán perdido todo cuanto tenían, viviendas y cultivos; otros necesitarán apoyo psicológico para curar el miedo, el pánico y la ansiedad de unos días angustiosos. Al gobierno central y al canario corresponderá dotarlos de los medios necesarios para salir adelante en una isla a medias devastada en la que centenares de familias tendrán que empezar desde cero. Otros querrán trasladarse a en un lugar que consideren más seguro, aunque ejemplos hay en Europa de volcanes activos que sin embargo no suponen un peligro para quienes viven en su entorno. Sicilia, sin ir más lejos, una isla que atrae a millones de turistas que incluyen en sus giras culturales la subida al Etna, casi siempre humeante.

Lo urgente es esperar pero, también, es urgente no dejar de lado la erupción de Cumbre Vieja. Las autoridades están obligadas a garantizar en La Palma una alerta constante y, además, que llegará ayuda a los damnificados. Y, ya para siempre, en el futuro habrá que tener en cuenta que los palmeros necesitan fondos con los que abordar medidas estructurales, agrícolas y ganaderas y urbanísticas con las que afrontar el peligro.

La reacción inicial ha sido positiva. Debe continuar con la toma de decisiones que perduren y permitan que La Palma siga siendo una isla especial. No idílica, pero casi.

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