El virus se irá de nuestras vidas dejando muerte, sufrimiento y congojas de todas clases. Una huella indeleble en el mundo del siglo XXI y en la España que más lejos había llegado en bienestar, prosperidad y libertad. Se irá más pronto que tarde. Soy más escéptico sobre la ruina económica y la devastación social que ha traído. Durarán más tiempo y nos harán peores.

El pesimismo no viene sólo por la baja consideración que se han ganado los que estando al timón porque ahí los pusimos no han sabido manejar la nave en este tiempo de zozobra, ni por la insuficiencia de los instrumentos que creíamos magníficos y no lo eran tanto (sistema sanitario, sin ir más lejos). También porque, y esto sí lo sabíamos, la base material y económica de nuestro país no era todo lo sólida que hace falta para combatir un vendaval como esta pandemia que vino de Oriente.

Es la dependencia del turismo y el ocio, la debilidad del tejido empresarial, la escasez de cualificación profesional, la precariedad del empleo y la insuficiente inversión en ciencia y tecnología lo que explica que la economía española se encuentre en tan mala posición para afrontar la recuperación. Más concretamente, entre las peores posiciones de Europa. El jueves salieron las previsiones de la Comisión Europea: España es la nación (o nación de naciones, a gusto del consumidor) de la Europa de los 27 (ya no cuentan con Reino Unido) en la que se registrará la mayor caída de su PIB en 2020, tanto como un 12,4%; la segunda en nivel de desempleo, después de Grecia; otra vez la primera en déficit, y la tercera en deuda, tras Grecia e Italia. Las autoridades españolas son más optimistas, pero, ¿qué quieren que les diga?, su optimismo exagerado sobre el coronavirus y sus consecuencias se ha demostrado infundado en el pasado inmediato, y en el presente.

Dos personalidades independientes, el gobernador del Banco de España y la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal, acaban de enfriar el renovado optimismo oficial. El primero descalificó el triunfalismo de los Presupuestos Generales del Estado, con previsiones de ingresos exageradas y de gastos desproporcionadas, y la segunda concretó en 9.000 millones la cifra de ingresos que María Jesús Montero ha metido en las cuentas sin ninguna seguridad de conseguirlos con una economía en recesión. Papel mojado que hace dudar si vamos a saber aprovechar la generosidad europea. La ruina.

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