La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

La viga racista en el ojo europeo

Estados Unidos tiene un grave problema de racismo que no han logrado solucionar ni la abolición de la esclavitud en 1863 ni, un siglo después, la lucha por los derechos civiles iniciada tras el asesinato del adolescente negro Emmett Till en agosto de 1955 y la negativa de Rosa Parks a sentarse en los asientos reservados a los negros en diciembre de ese mismo año, cuyo punto álgido fue la marcha sobre Washington del 28 de agosto de 1963 en la que Luther King pronunció su famoso "tengo un sueño".

El asesinato de George Floyd está moviendo la conciencia americana como hace 65 años lo hizo el de Emmett Till. Sería de esperar que con mejores resultados, a la vista de que más de medio siglo después el racismo sigue siendo un grave problema al que se suman otros tres: el del peligroso mamarracho que ocupa la Casa Blanca, el de los ciudadanos que le votaron y el del 40% que aún ahora le apoya. La democracia puede convertir a algunos ciudadanos en un problema para su país.

Criticar este horror intolerable del racismo y manifestarse contra él es tan absolutamente necesario como acabar con él de una vez por todas. Pero, en el caso de Europa, sin sacar pecho. Estados Unidos, con todos sus defectos que son muchos, es la democracia ininterrumpida más antigua del mundo junto a Inglaterra. Con la Carta de Derechos británica como precedente en 1689, la Declaración de Derechos de Virginia de 1776 antecede en 13 años a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano francesa de 1789. Estados Unidos nos libró -sumándose dos años después a la heroica lucha solitaria de Inglaterra- de la Alemania nazi. Con la ayuda de Stalin, ciertamente, pero sin olvidar que este había dejado que Alemania devorara a Europa pactando con Hitler. Y liberando después a la Europa Occidental de la amenaza estalinista.

Si EEUU arrastra un grave problema de racismo, Europa tiene los tristes récords -por referirme sólo al siglo XX- del genocidio belga en el Congo, el genocidio comunista de Ucrania, el genocidio turco de Armenia y, sobre todo, el Holocausto o la Shoah perpetrada por Alemania. Sólo diez años antes del asesinato de Emmett Till humeaban las chimeneas de los campos de exterminio. El genocidio bosnio tuvo lugar en los años 90. Y hoy crecen los partidos xenófobos. ¿Protestar? Por supuesto. ¿Sacar pecho? No. ¿Vigilar el auge del racismo entre nosotros? Imprescindible.

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