En tránsitoLa ciudad y los días

Eduardo Jordá carlos colón

Una vergüenzaObligación de resistir presiones

Nos ha tocado una clase política tan irresponsable que parece del TurkmenistánLa presión puede empujar a los políticos a relajar las restricciones provocando una cuarta ola

Nuestra clase política -y en especial el Gobierno de coalición, o de colisión, o de lo que sea- está sentada sobre un barril de pólvora mientras se dedica a jugar con un mechero. Nosotros también estamos sentados sobre ese barril de pólvora, claro está, pero tenemos mucha menos responsabilidad en lo que está pasando, y ya suficientemente hacemos con seguir trabajando -si tenemos la suerte de tener trabajo- y con mantener una cierta cordura en la vida cotidiana. Pero lo de la clase política es algo tan obsceno, tan vergonzoso, tan nauseabundo, que no me extrañaría que dentro de poco las protestas generalizadas se extendieran por todo el país. Y con un nivel de violencia que convertiría lo que ocurre en Cataluña -con el beneplácito de una clase política calamitosa- en un jueguecito de niños en el patio de un colegio.

En Jaén ya hubo una protesta muy seria hace una semana. Hubo otra en Linares contra dos policías que agredieron a unos transeúntes. Y hubo graves altercados en barrios periféricos de Sevilla -y en otras ciudades andaluzas- por simples enfrentamientos entre la policía y algunos jóvenes que se saltaban el toque de queda. Fueron protestas espontáneas o muy poco organizadas, que no respondían a ningún patrón político. Surgían de la rabia, del cansancio y de una irrefrenable sensación de que está pasando algo muy gordo -una quiebra económica sin precedentes- sin que haya nadie que se preocupe de manejar el timón. Y encima, con un país dividido entre una mitad mimada y protegida (los empleados públicos) y otra mitad explotada y abandonada a su suerte (comerciantes, autónomos, empleados del sector privado). Ahora se está hablando de subir la cuota de autónomos en más de un 150% mientras se ha aumentado el sueldo a los empleados públicos. ¿Qué clase de incendiarios toman estas medidas?

España tuvo suerte en los tiempos de la Transición -tan despreciada por los podemitas y los nacionalistas periféricos-, pero ahora nos ha tocado soportar a una clase política tan egoísta e irresponsable que parece propia del Turkmenistán. Y mientras tanto, los órganos de propaganda del régimen -que son prácticamente todas las televisiones- se dedican a ensalzar a sus jefecillos de una forma tan obscena que parece ya puro franquismo informativo (sólo que a la inversa). Qué vergüenza, sí, qué vergüenza.

ESTÁ claro. Se endurecen las restricciones y los contagios, ingresos hospitalarios y fallecimientos disminuyen. Se relajan -desescalada del verano o navidades- y aumentan. Hasta que el 70% de la población esté vacunada no se podrán relajar significativamente sin que ello provoque otra escalada de contagios, hospitalizaciones y fallecimientos. Si tan claro está, ¿a qué tanta presión para acelerar un proceso que tiene su ritmo marcado por el de las vacunaciones? La economía, ya. La desesperación de quienes más sufren los efectos de las restricciones. Pero la prioridad de las autoridades debe ser la salud y la vida de los ciudadanos.

A la petición de la Junta de un pasaporte turístico la Comisión Europea ha contestado que "es prematuro prever el uso de los certificados para fines distintos de los médicos". Y Simón ha añadido que "antes de implantarlo hay que hacer mucho trabajo de fondo". Es imposible ignorar lo que el turismo significa para Andalucía. Pero también, porque ya lo hemos sufrido, las terribles consecuencias de los apresuramientos y desescaladas. Las alegrías navideñas -permitidas por los políticos o irresponsablemente tomadas por los ciudadanos- nos han llevado a las terribles cifras de enero y febrero.

Las restricciones reducen contagios, ingresos y muertes. Entonces se relajan para reactivar la economía. Y vuelven a subir imponiendo nuevas restricciones que se pagan en más ruina y más muertes. Hay que salir de este círculo. Estábamos tan contentos con los buenos datos andaluces y ayer nos encontramos con un repunte de contagios (2.352, afortunadamente lejos del pico de la tercera ola que alcanzó 4.980 el 2 de febrero) y 100 fallecimientos. Los expertos que avisaron en verano de la segunda ola y en navidades de la tercera avisan ahora de la cuarta si vuelven a relajarse las restricciones.

El prestigioso epidemiólogo Cristian Drosten ha advertido: "Una vez que los ancianos, y quizás parte de los grupos de riesgo, hayan sido vacunados, habrá una inmensa presión económica, social, política y quizás también legal para poner fin a las medidas. Como consecuencia, una gran cantidad de personas se infectará en poco tiempo, más de lo que podemos imaginar en este momento". Esta presión es tan fuerte aquí que debería preocuparnos que la Junta anuncie la revisión "prudente" de las medidas tras el puente, a pocos días de la Semana Santa.

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