El Alambique

antonio Muñoz Cuenca

El verano

NO me gusta el verano tal y como está concebido actualmente. Mis paisajes ya no son mis paisajes ni mi mar es mi mar. Me siento foráneo en mi propia casa y la mar parece que gime con un rumor de olas extrañas ante tanta invasión. No es que uno crea que la mar, y la playa y demás paisajes aledaños sean suyos. Ni mucho menos. Lo que pasa es que fastidia ver tanta invasión en un paisaje que requiere armonía y respeto. No sé si me explico.

Armonía y respeto o armonía y silencio. Además, el mar es muy sensible ante los ruidos extraños pues él tiene su propia música que es el murmullo de sus olas, murmullo que se ve interrumpido por el griterío de los bañistas foráneos y por los juegos de estos. El mar pide miramiento.

Tal vez alguien piense que al decir uno estas cosas esté loco o que le falta un tornillo.

Sin embargo, ¿para qué están si no los equipos de salvamento y socorrismo, los equipos de limpieza de playas, los equipos de vigilancia y otros que nos cuestan a los portuenses un buen dinerito de nuestros impuestos?

La mar, el paisaje marino es algo más que ponerse morenos, echar un día de playa o comer hasta reventar dejando la playa hecha un vertedero que luego tienen que limpiar empleados municipales. La mar es una cultura, una forma de vida, un clima, un paisaje, que condicionan la vida y la historia de una ciudad como El Puerto de Santa María. Lo demás es turismo e invasión muy lícito y sano para el cuerpo, pero invasión.

No voy a la playa los domingos en verano. No puedo soportar el aluvión de coches encima de las olas del mar mezcladas con el olor de tortillas y las pelotitas de los campeones caseros de padel que te pueden dar un raquetazo y saltarte un ojo.

Ese no es mi mar, esa no es mi playa y esas no son mi gente.

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