desde mi cierro

Pedro G. Tuero

Lo que no veo

Yyo aquí, desde este cierro mohoso, pero desde el que casi todo se ve. Se atisba, se divisa y hasta se imagina uno lo poco que no ve. Y ese invisible trocito de realidad que no observo es justamente lo que más me preocupa. Por delante de este familiar y compartido cierro, atraviesa con horario puntual y riguroso el tranvía fantasma, y pasa disfrazada de cocinera -por aquello del jalogüín-, la ex senadora silenciosa; al señor López que ya no es pobre, lo observo brindando con cavas y cavadas a la Vera de Griñán -futuro pontífice socialista y señor de eres y otras cosas-, porque ya puede, y se permite cambiar los repuestos de confianza por otros más cercanos o aledaños; a nuestro pintor, Alcalde Loaiza, con la brocha en la mano, lo percibo dando las últimas pinceladas y acabando, por fin, el cuadro del "Plan de Empleo para San Fernando", obra esperada y anhelada por muchos ciudadanos que desean verse reflejados en ella, lienzo en el que se podrá contemplar mayor gentío que en el de Casado del Alisal; avisto también a mi fiel y aventajado alumno, Javier Cano, que tanto aprendió de este humilde profesor y que, junto a Mas que no es Mas, resiste valientemente los envites o empujones que le endosan aquellos que codician y no se arrepienten de la arrolladora personalidad y buen porte de este destacado "Ciudadano"; veo además, desde aquí, al edil Raposo que como buen sastre, se pasea haciendo cuentas, cábalas y recortes con el metro pendiendo y colgado al cuello a la usanza tradicional; distingo también allá a lo lejos a mi amigo y hermano Duarte que con los folios bajo el brazo de su inmediata conferencia sobre El humor en la literatura, se dirige al estrado corporativo al que pertenece para invadirnos a todos de arte, gracia y de saber decir. Y tanta otra cosa que advierto y vigilo desde este cierro decadente y decrépito, pero que aún me sirve y entretiene. Aunque, lo decía antes, lo que más me acongoja es lo que no veo. Porque lo que no se ve, resulta chocante contar, ya que si digo lo que no observo, me veré entonces disfrazado de cenizas a bordo de una avioneta para esparcirlas sobre el mar (300 euros), o en el Mancomunado con derecho a porche o en lujosa parcela (97.000 euros) a la sombrita del bien y del mal. Y es que ya hasta morirse cuesta un huevo. Por eso no digo lo que no veo, si no.

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