La política consiste en buscar problemas donde no los hay, encontrarlos, hacer el diagnóstico erróneo y poner en marcha las medidas equivocadas. Este viejo aserto marxista es de aplicación al asunto pemaniano que tan entretenidos nos tiene. Nadie lo había pedido, no existía la menor demanda ciudadana, no estaba sometido a debate ni siquiera la Ley de Memoria Histórica dice que sea preciso la retirada porque si no se hubiera hecho antes porque como cualquier otra ley (hasta la de la gravedad) es de obligado cumplimiento. Alguna Navidad los funcionarios del edificio de Isabel la Católica le ponían un gorro de Papá Noel al busto. Hasta el alcalde defendió el papel de Pemán como "referente de las letras gaditanas" cuando en Jerez quitaron su efigie del Teatro Villamarta. Se ha creado un problema donde no lo había escudados en la ley y en un dictamen de la Comisión Municipal para la Retirada de la Simbología Franquista integrada por funcionarios del Ayuntamiento junto con otras personas elegidas por el Equipo de Gobierno (¿qué méritos concurren en Sebastián Terrada?¿ha leído algo además del manual de instrucciones del microondas?). El alcalde, según parece, ha cambiado de opinión, lo que no tiene mayor demérito, todo lo contrario. El que no cambia de opinión a lo largo de su vida es un necio, porque el mundo cambia cosa diferente es que no nos ha explicado el motivo por el cual hace 4 años tenía una opinión y hoy tiene otra. Estaría bien saberlo, más que nada porque "los vecinos y vecinas", como a él le gusta decir, merecemos una explicación "y la explicación que os debo, os la voy a dar" que dijo Pepe Isbert. En la ciudad hay temas mucho más importantes que sí requieren de la atención del gobierno ( la marcha de Torrot, la enseñanza pública, el estado de las instalaciones deportivas, el contrato de limpieza, las puertas giratorias en el Hogar Fermín Salvochea, el apagón del Casco Antiguo que, esperemos, traiga más niños dentro de unos meses) aunque no siempre el ámbito de intereses de algún concejal coincide con el de los ciudadanos. A mí, sin ir más lejos, me pasa como a Javier Krahe: "Gracias a mi conducta vagamente antisocial/temo no verme nunca encaramado a un pedestal:/no alegrará mi efigie el censo de monumentos,/no vendrán las palomas a rociarme de excrementos./Y es una pena, la verdad,/porque sería muy bonito/servir de adorno en mi ciudad/sobre un gran bloque de granito./Pues qué penita y qué dolor,/no tendré estatua, no señor."

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