El último combate

Sánchez e Iglesias se enfrentan con la intención mutua de que sea su última batalla: no caerá esa breva

El sintagma "El último mohicano" estremece de nostalgia y aventura, con su halo de tragedia irremisible. Cuánto nos entristece "el último tigre de Tasmania", ya extinguido; a diferencia del demonio de Tasmania que todavía colea. Borges tiene una elegía excelente, como suya, al último lobo de Inglaterra, y otra al último hombre que vio a Jesús en carne mortal. Se perdió un testigo excepcional, aunque no sabemos quién fue ese anciano o, más probablemente, anciana, que de niño o niña cruzó su mirada con el Maestro.

Si algo es muy malo, "el último" se puede usar con júbilo: "el último enfermo de ébola", ojalá. También se puede usar de forma más aséptica, constatando un orden, ya sea espacial, como "el último de la fila", o temporal, como "el último disco de Loquillo".

Lo que no cabe es utilizar el sintagma con orgullo y satisfacción, cual timbre de gloria, como mi admirado Loquillo, precisamente, que en su último disco, precisamente, se autodenomina "El último clásico". O como un estudio sobre san Josemaría Escrivá de Balaguer que han titulado El último romántico. Si hablamos de algo bueno, no se puede decir "el último" sin un nudo en la garganta. Lo propio de la tradición es empeñarse en transmitir la clasicidad o el romanticismo, sin aceptar ningún "último", más allá. Nadie mira al futuro más que un tradicionalista. Loquillo, con su rock reaccionario, está poniendo su grano de arena en este sentido, si se atienden bien sus letras. Y en el Opus Dei se trata de mantener el espíritu y el ánimo de su fundador, que marcó un camino. De hecho, es lo que él suplicaba en la frase que ha servido de pretexto para el título: "No me dejéis a mí como el último de los románticos".

Muy larga me ha quedado la introducción. Yo venía a escribir sobre el último combate que están echándose Sánchez e Iglesias. Sánchez amaga con lanzarse a las elecciones e Iglesias apuesta a que in extremis se echará para atrás. El pulso es a cara de perro, con infinidad de variables, y los dos con la intención de que resulte letal para el otro. Pero no podremos celebrar nada, porque será el último combate, ay, sólo en el tiempo. Si hay elecciones, Podemos sacará lo suficiente como para volver a condicionar un gobierno de Sánchez. Si van a una coalición, los combates serán en el consejo de ministros. Como al demonio de Tasmania, Iglesias está chungo, pero le queda vida. No lo demos por extinguido aún.

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