Editorial

La tragedia que no cesa

CATORCE inmigrantes de origen subsahariano que pretendían alcanzar el sueño europeo a través de las Islas Canarias fallecieron sin conseguirlo al no poder sobrevivir a una larga y angustiosa travesía por el Atlántico. El cayuco en el que se aventuraron llegó al puerto de Arguineguín, al sur de Gran Canaria, con trece cadáveres a bordo, y otro más apareció flotando en alta mar. Otros cuarenta y seis inmigrantes fueron rescatados con vida, aunque en estado de shock, agotados y desorientados. La embarcación, que había partido de Mauritania para un periplo que normalmente dura cuatro días, sufrió averías en el motor, lo que les hizo permanecer doce jornadas perdidos entre las aguas. La odisea, trágica para los catorce desdichados que fallecieron en la travesía, es otra muestra del drama de decenas de miles de habitantes de países pobres o en conflicto que empeñan su escaso patrimonio y arriesgan sus vidas en pro de un sueño de prosperidad que identifican con la cercana Europa y que muchas veces concluye en pesadilla. Aunque los mecanismos de vigilancia puestos en práctica por España y los acuerdos de repatriación firmados con diversos gobiernos africanos han reducido considerablemente la llegada de pateras y cayucos (el número de inmigrantes arribados a Canarias ha disminuido en un veinte por ciento), durante los meses de verano se ha producido un cierto repunte, con varios episodios trágicos, como el de ayer en Gran Canaria. Y es que cuando la necesidad aprieta no hay barreras suficientes para contener la oleada de los que huyen de la miseria cotidiana, impulsados con éxito por los traficantes de hombres que los engañan con un paraíso que pocos llegan a tocar. Ni siquiera la crisis actual de las economías desarrolladas sirve de freno para esta marea incontenible. Tampoco los compromisos genéricos del mundo desarrollado de invertir en las naciones de origen parecen ya creíbles ante un conflicto pavoroso al que nadie sensato ha sido capaz de pronosticar una solución viable.

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