El catamarán

rafael Navas

El tetris de Cádiz

EN Cádiz lo que más gusta es una buena polémica. Esta ciudad no está históricamente acostumbrada a que las cosas salgan bien a la primera y estos tiempos no iban a ser una excepción. Es difícil que todas las piezas de cualquier puzzle que se trata de montar en la capital de la provincia encajen a la perfección, por mucha falta que haga. Al final siempre aparece una pieza con una arista o simplemente se pierde y nos deja compuestos y sin puzzle.

Será la política que todo lo mueve o seremos nosotros, los propios gaditanos, que nos perdemos por una buena discusión como Dios manda. O será, en los últimos años, que no ha existido la alineación total monocromática de los astros que permite que no haya discrepancias entre las diferentes administraciones públicas.

El caso es que muchos proyectos, grandes o pequeños, no terminan de arrancar y que la ciudad se acaba dividiendo siempre en dos bandos hasta para decidir el color de las flores, las farolas o los puestos de chucherías. A menudo con la aparición de plataformas ciudadanas a favor de una cosa u otra, con la irrupción de eruditos (locales o paracaidistas) o de voluntariosos fenómenos que, sin haber leído en su vida la etiqueta del champú, están siempre en todas partes.

Contamos para todo ello con la inestimable colaboración de nuestro Ayuntamiento, que tiene una enorme habilidad para meterse continuamente en los charcos que tanto gustan de pisar esos seres a los que me refería en el párrafo anterior. Charcos como los que se forman en Santa Bárbara y que, a falta de explicaciones convincentes (al menos inicialmente), dejan servido el debate para que rematen de cabeza, a placer, los polemistas profesionales. Debate que a su vez proviene del asunto de los bloques colocados junto a la muralla, otro asunto puesto en bandeja de la polémica por una evidente mala política de comunicación entre administraciones y hacia el ciudadano. Los bloques de hormigón no encajan en la cabeza de unos ciudadanos cada vez más preocupados (afortunadamente) por el patrimonio. Son un buen ejemplo para explicar la teoría del puzzle, o del tetris en este caso, de ese Cádiz donde las cosas se pueden hacer mejor con más diálogo y menos cabezonería y orgullo. Hablamos de dinero en muchos casos, como con el carril bici, pero no siempre es el problema.

Lo que sucede es que, como en el juego del tetris, hay bloques de diferentes colores y muchos de ellos no casan o encajan entre sí. Ese es el problema de los gaditanos, los colores. Que aunque parezcan blancos, al final cada uno los pinta del color que le da la gana, el que más le conviene. Y así es imposible no ya ganar la partida, sino a veces incluso poder empezarla.

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