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Es posible que los dirigentes de los partidos, todos los dirigentes de los partidos empezando por los ególatras que se disputan el protagonismo en el Consejo de Ministros, estén tan encanallados por las refriegas del pasado inmediato que no sean capaces de ver la necesidad cada vez más perentoria de buscar un acuerdo nacional para los dificilísimos tiempos que se avecinan. En tal caso, que por desgracia parece más que una posibilidad una evidencia lamentable, debería arbitrarse un mecanismo por el que con una frecuencia, digamos, semanal, cedieran su puesto a otros menos ineptos para que lo intentaran en el mismo plazo, hasta conseguir que una actitud verdaderamente constructiva por parte de gobernantes y opositores se tradujera en una amplia mayoría o bien, como suele decirse, en un programa de mínimos, lo que tal como está el panorama ya supondría mucho. Para que esto fuera factible, claro, lo primero sería que los que no están dispuestos a renunciar ni siquiera temporalmente -ni siquiera con más de veinte mil muertos y millones de desempleados en perspectiva- a seguir encadenados a sus ensoñaciones tóxicas, comprendieran que si nos hundimos todos no quedará pueblo, o ciudadanía o gente o nación, grande o pequeña, a los que redimir o liberar de opresión ninguna. Y lo segundo, no menos importante, que los políticos incapaces de desprenderse de sus prejuicios -no para siempre, sólo el tiempo preciso para que otros tomen las riendas sin perder el tiempo en adornarse o insultar a los rivales- se fueran a sus casas, donde personalmente no nos desagradaría que fueran confinados por un tiempo indefinido. Puede parecer ciencia ficción, pero no lejos de este país de nuestros pecados, en el vecino Portugal, al que muchos españoles suelen mirar con desprecio indisimulado, tanto la clase política como la prensa han decretado una pausa en el conflicto partidario para hacer frente a la crisis, al mismo tiempo que sus autoridades se muestran solidarias con España y defienden con admirable dignidad los intereses comunes ante la Unión Europea. "Su suerte es nuestra suerte", le decía hace poco el líder de la oposición conservadora a un gabinete de izquierdas que ha sabido ganarse -que ha sabido merecer- el respeto de los adversarios, y tiene uno la impresión de que si la correlación de fuerzas hubiera sido inversa las cosas no habrían ocurrido de modo diferente. Si a pesar de la urgencia, en fin, no hubiera nadie entre nosotros con la suficiente altura de miras, algunos empezamos a pensar en cambiar de diputados para delegar la gobernación de toda la península en los representantes de la república hermana.

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