La firma invitada

Ramón Sánchez Heredia

Lo que la sociedad reclama

LA sociedad es dinámica por naturaleza, siempre se ha dicho que la vida cambia. Este cambio se ha acrecentado en las últimas décadas, vamos a gran velocidad. Recordemos que no hace muchos años nadie pensaba en llevar varios teléfonos encima, en la camisa o en el pantalón, incluso que hasta los niños lo llevaran, o en la existencia de internet, los correos electrónicos, los chats, los blogs, etc. Elementos sin los que no saben ya vivir nuestros jóvenes y a los que nos hemos visto obligados a adaptarnos los que tenemos más edad.

La democracia, la política, también son dinámicas. Quizás al tener una democracia joven nos creíamos que era llegar y pegar, que eran unas varitas mágicas. Este error ha traído el desengaño y la falta de ilusión actual. Muchos creemos que dimos un avance tan rápido que sufrimos vértigo. Ahora, después de más de tres décadas, nos encontramos errores, muchos graves, pero lo peor es que tenemos un estancamiento, una falta de reacción para seguir avanzando. Esto puede provocar que los pasos que se den no sean siempre hacia adelante y ello nos está pasando en algunas esferas.

Está claro que, como era lógico, nuestra democracia nació con errores, como son la falta de financiación de los ayuntamientos o la financiación de los partidos políticos, que han traído como consecuencia corruptelas de todo tipo. O aciertos que el paso del tiempo ha dejado convertidos en algo injusto como fue el sistema electoral, pensado en crear mayorías que garantizasen la gobernabilidad pero que se ha convertido -véase los ayuntamientos con cambio de alcalde del 1 de septiembre para acá- en un auténtico baile de San Vito, verdaderamente lamentable. Errores obligados por la dificultad de la transición política como el mantener estructuras centralizadas en un estado descentralizado duplicando administraciones públicas, como es el caso de las diputaciones provinciales.

Está claro que a nuestro sistema político y a nuestra democracia hay que darle una fuerte 'movida'. Es necesario una actualización a las necesidades del siglo XXI, que además reitero que va a velocidad supersónica, para evitar males mayores que en cierto modo están apareciendo ya. No quiero ser alarmista, pero algunas señales de alarma se aprecian, como es el desprestigio de las instituciones democráticas, la falta de confianza en los instrumentos del Estado, etc. En una palabra, que es necesario que nos planteemos una nueva etapa de la vida democrática y de la política, una regeneración. La sociedad nos lo pide.

Algunos dirán que no es necesaria, pero la realidad es palmaria: falta de ilusión de los ciudadanos en la democracia, alejamiento de éstos de la política, desconfianza y desprestigio de la Justicia -incluido el Tribunal Constitucional-, desánimo profesional, desconfianza en la enseñanza... todo acompañado de un número considerable de diputados, alcaldes y concejales procesados o el despilfarro clamoroso, en casos concretos, pero numerosos, del dinero público. Los andalucistas creemos que dejar esta situación hace un grave daño a la sociedad y puede ser fermento de experiencias y aventuras poco democráticas.

El problema para realizar una regeneración es que es necesario que se cuente no sólo con las ideas que podamos dar desde los partidos minoritarios sino que se asuma por los bipartidarios, las dos fuerzas políticas que mayor representación tiene a nivel de Estado, lo cual es lo más difícil, dado que a la hora de la realidad, por cómo se comportan en la actualidad, tendrían que recuperar el valor de la generosidad para consensuar una nueva etapa de la democracia.

Los andalucistas creemos que esta regeneración tiene que partir de una reforma constitucional, donde se terminara con las provincias, donde se profundizara en la independencia del Poder Judicial y del Ministerio Fiscal, se modificara el Tribunal Constitucional, acabara la configuración autonómica como estado federal, reformara el Senado para que sea una cámara de representación territorial elegida entre los miembros de los parlamentos autonómicos no federales, reforma de la ley electoral para que el distrito electoral sea la comunidad autónoma en las elecciones generales y europeas, actualizar el papel de la Corona si se quiere o no que prosiga, y crear mayores controles sobre la gestión de las administraciones públicas.

Tengo claro que todo lo anterior no sirve de nada sino hay un cambio en el comportamiento de los partidos políticos, en las personas que los conforman. Un acuerdo sobre la ética y la política, incluido el lenguaje. A la vez, esto debe ir acompañado de un consenso sobre las bases de las políticas fundamentales del Estado, la educación en su sentido más amplio, defensa de los derechos y libertades, defensa y política internacional.

Si los políticos no escuchamos a la sociedad y le damos respuesta, dejamos de ser un servicio público. Entonces sólo quedarán unos profesionales, nada más.

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