Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

La silente mayoría 'ceniza'

EN tierras de legendario carácter festivo y propensión a la jacaranda y la zambra como las que nos acogen en el sur, existen diversos términos, según la provincia, para calificar al disidente del riapitá y el vestido de volantes siete días seguidos, el tambor y la corneta, la tórrida procesión al sitio del preceptivo milagro local o el maratón de flamenquito en petit comité. Los llamamos esaboríos, siesos, malajes, singrasias y, ya en un registro más contemporáneo, cenizos. Sostengo, sin embargo, que la mayoría de la gente no se pirra por una fiesta, popular o moderna, en Andalucía. Ya ven, no hace falta que se advierta: está usted ante un artículo escrito por un cenizo. Y no uno patológico ni ideológico, sino sencillamente agotado: un cenizo hecho a sí mismo, o quizá un jeanettiano rebelde al que su meridional mundo ha hecho así.

Hemos convertido nuestros años en una sucesión de festejos locales estirados como un chicle que coloca y embriaga. Y ese calendario de diversión en masa, cada vez más poblado y alargado, se ve trufado, apenas salpicado en algunos casos, con semanas laborales europeas. De cenizos europeos, vaya. Las fiestas que no cesan son el soma del pueblo parado o mal empleado, pero también una oportunidad para que el dinero se mueva de una mano a otra, trasiego que parece constituir un pilar de nuestro modelo productivo. El buen andaluz parece ya no ser sino el que más tarde se retira a casa.

La Navidad ha sido otra víctima de este afán superficial; que también, por cierto, está carcomiendo alguna bellísima Semana Santa. Una forma de vivir las llamadas fiestas "entrañables" -lo son aún, quizá por poco tiempo para la mayoría- que ha dinamitado, por ejemplo, la ilusión de muchos niños y menos niños con respecto a los Reyes Magos (y aquí uno entona el mea culpa, ojo: no se nace para resistir cenizamente al embarque del ganao comprador y gargantúa en que se ha convertido todo esto que fue el Adviento y la Epifanía). Desde mediados de diciembre en que comienzan las algo kitsch e interminables comidas de empresa y amigos -no pocos asisten a varias-, hasta el día de Reyes (ya poco) Magos, el despiporre con causa campea en nuestras calles y casas. Pasado mañana, casi que ya es carnaval. A pesar de todo, uno sostiene -con cierto temor a ser señalado como alguien poco divertido y miembro de la cenicienta minoría- que somos mayoría los que no somos tan intensos y, por así decir, neotradicionales.

("Oye Peter, ¡tú estás viejo!", "Pues sí, Campanilla. A mucha honra".)

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