TIEMBLO sólo con pensar en el robotizado futuro que se empeña en dibujar Google, que esta misma semana ha anunciado que los robots sustituirán a las personas en ciertos puestos de trabajo. Casi nada suena ya a ciencia ficción, los avances tecnológicos se multiplican en el tiempo y sabemos que la inquietante predicción puede que esté a la vuelta de la esquina. No sabemos si será un robot el médico al que debemos contar qué nos duele, si será una máquina la encargada de trocearnos el pollo en una carnicería, si otro autómata conducirá el autobús urbano o si una máquina parlante dará clases y examinará a nuestros hijos. Pero quienes creen que los robots dominarán el mundo desconocen que el hombre no se dejará arrebatar jamás los sentimientos, que ningún androide, por perfecto que sea, será capaz de llorar, de reír, de amar, de abrazar, de dar calor, de consolar o de acariciar.

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